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Terapia cognitivo conductual para la salud mental en niños y jóvenes

La evidencia es clara: una buena salud mental en edades tempranas sienta bases sólidas para generaciones más productivas y menos violentas.

20 de marzo de 2025
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  • Terapia cognitivo conductual para la salud mental en niños y jóvenes

Por Isabel Gutiérrez R. - JuntasSomosMasMed@gmail.com

La Terapia Cognitivo Conductual (TCC) aparece como uno de los hallazgos más relevantes de la psicología moderna. Se trata de una intervención respaldada por evidencia científica robusta, cuyo enfoque práctico y sistemático brinda herramientas concretas para abordar trastornos tan diversos como la ansiedad, la depresión y los comportamientos agresivos.

En un país como Colombia, donde la pobreza, la violencia y la incertidumbre económica afectan el desarrollo infantil y adolescente, la TCC representa una alternativa viable para promover la resiliencia y mejorar la salud mental a gran escala. Estudios recientes demuestran mejoras significativas en indicadores de bienestar psicológico cuando la TCC se aplica de manera temprana, reduciendo la probabilidad de que los jóvenes desarrollen patrones disfuncionales que comprometan su desempeño académico, su interacción social y su capacidad de insertarse productivamente en la sociedad.

La principal fortaleza de la TCC radica en su enfoque de resolución de problemas: ayuda a detectar y reconfigurar pensamientos distorsionados, mientras fomenta la autorregulación emocional y el establecimiento de conductas más saludables. Es un enfoque que se adapta con facilidad a diferentes contextos y que, a diferencia de otras terapias, enfatiza la adquisición de habilidades prácticas con efectos a largo plazo.

Invertir en TCC no es un lujo, sino una necesidad. Colombia afronta desafíos históricos en materia de violencia y desigualdad, y la falta de atención a la salud mental de los jóvenes perpetúa este ciclo. Una política pública que incorpore la TCC en colegios, centros comunitarios y programas de prevención podría reducir la deserción escolar, la violencia intrafamiliar, la participación en actividades criminales y la perpetuación de patrones que afectan comportamientos colectivos.

La evidencia es clara: una buena salud mental en edades tempranas sienta bases sólidas para generaciones más productivas y menos violentas. Ignorar esta realidad implica resignarse a una sociedad con altos niveles de conflicto y bajos índices de bienestar. Por el contrario, apostar por la TCC es reconocer la importancia de intervenciones sostenibles que incidan directamente en la capacidad de los jóvenes para enfrentar adversidades.

El gran dilema de los funcionarios públicos está en como invertir los recursos escasos en programas que entregan mayores beneficios y mejores resultados. La TCC aparece como una alternativa de política pública que ya ha sido probada en distintos contextos. Ofrecer TCC a temprana edad no solo salva vidas y reduce el sufrimiento individual, sino que también promueve la estabilidad y el bienestar colectivo.

Hoy en EAFIT estamos acompañando distintas iniciativas de trabajo con jóvenes y niños en TCC. En nuestra colaboración con la Alcaldía de Medellín para la estrategia Parceros, por ejemplo, hemos observado mejoras significativas en los síntomas de depresión y ansiedad, así como en la disposición a estudiar de jóvenes participantes. Cada peso invertido en este programa ha tenido unos retornos sociales enormes, que se materializan en un mayor bienestar para los participantes, sus comunidades, y la ciudad en general. La TCC puede marcar un antes y un después para niños y jóvenes, y, en consecuencia, para el futuro del país.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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