x

Pico y Placa Medellín

viernes

3 y 4 

3 y 4

Pico y Placa Medellín

jueves

0 y 2 

0 y 2

Pico y Placa Medellín

miercoles

1 y 8 

1 y 8

Pico y Placa Medellín

martes

5 y 7  

5 y 7

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

6 y 9  

6 y 9

Suscríbete Suscríbete

Del espejismo de una transición energética hacia un apagón

05 de junio de 2025
bookmark
  • Del espejismo de una transición energética hacia un apagón
  • Del espejismo de una transición energética hacia un apagón

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

La transición energética en Colombia, repetida hasta el cansancio en discursos oficiales y celebrada como una promesa de modernidad, se asemeja cada vez más a un espejismo que a un proyecto con fundamentos sólidos. Mientras el país proclama su intención de avanzar hacia fuentes limpias, su sistema eléctrico evidencia un desgaste estructural, y las condiciones mínimas para sustentar ese cambio —una generación robusta y una red de transmisión eficiente— siguen sin garantizarse. No hay transición sin infraestructura. No hay futuro energético sin planeación.

Treinta años después del apagón de los noventa, Colombia vuelve a mirar con inquietud el nivel de sus embalses, la fragilidad de su red eléctrica y la capacidad instalada del sistema interconectado. A las amenazas naturales, como El Niño, se suman decisiones gubernamentales erráticas, improvisadas y, en muchos casos, marcadas por un populismo que privilegia el discurso sobre el conocimiento técnico.

La demanda energética crece de forma sostenida, pero la capacidad instalada no se expande al mismo ritmo. Proyectos de generación avanzan con retrasos, y otros han sido suspendidos o cancelados por barreras ambientales, inseguridad jurídica, incertidumbre tributaria y falta de claridad regulatoria. Sin reglas claras ni confianza institucional, la inversión se retrae, y con ella, la posibilidad de sostener el sistema en condiciones estables y confiables.

El panorama se agrava cuando el gobierno desestima los avances logrados en tres décadas de regulación del sector eléctrico. En lugar de fortalecer lo construido, se promueve un cambio de rumbo sin diagnóstico técnico, ni diálogo con los actores del sector. El discurso oficial insiste en liderar una transformación estructural que no se refleja en los hechos: sin nuevas líneas de transmisión, sin licencias ambientales para los proyectos de generación de energía, sin inversión pública ni privada, no hay transición posible.

En lugar de construirse desde criterios técnicos, la política energética actual se ha dejado guiar por postulados ideológicos. En vez de convocar a gremios, academia y expertos, se recurre a decretos unilaterales que debilitan la institucionalidad y erosionan la confianza del sector. La transición no puede convertirse en una consigna repetida ni en un espectáculo ecológico internacional. Frente a esta crisis, necesitamos ante todo ser realistas: asumir el deterioro del sistema, garantizar el funcionamiento de la matriz energética existente y, paralelamente, reactivar la exploración y explotación de petróleo y gas mientras se consolidan otras fuentes.

La crisis climática es real y urgente, pero no se enfrenta con slogans ni socavando la economía de un país. Se gestiona con coordinación institucional, rigor técnico y sentido común. Colombia necesita construir una transición energética ordenada, gradual, técnicamente sólida. Apagar la luz —otra vez— sería bastante más que un fracaso técnico. Sería una derrota colectiva y la confirmación de que, en nombre del cambio, decidimos avanzar a ciegas, en contravía de la seguridad y soberanía energética del país.

Sigue leyendo

María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

LEER Crítica arrow_right_alt

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD