Entre los conciertos, los desfiles y las cabalgatas que habrá esta semana en siete de las nueve subregiones de Antioquia, en el marco de las fiestas municipales, lo que está ocurriendo en Girardota podría considerarse como una rareza. En el municipio, ubicado en el norte del Valle de Aburrá, también están de celebración, pero en el parque principal no hay tarimas ni shows musicales, y tampoco fritangas, sancochos o cualquier tipo de feria gastronómica tan propia de días de jolgorio.
Le puede interesar: Marinilla, El Santuario y los nueve municipios de Antioquia de fiesta este puente
Sin embargo, el ambiente no deja de ser festivo. Desde que uno ingresa por esa callecita estrecha que conduce al parque lo comienzan a saludar las banderas blancas y rojas que, a lado y lado, están izadas en balcones, ventanas y postes de la luz. Y no, no es la bandera municipal, que en realidad es verde, amarilla y blanca, sino que la que acompaña al visitante hasta la Catedral Nuestra Señora del Rosario es símbolo de los honores al patrón del municipio, el Señor Caído.
Durante diez días, desde el 2 de enero hasta el próximo domingo, Girardota estará en las Fiestas en honor al Señor Caído. Esta celebración religiosa, que ya es una tradición de la primera semana de enero de todos los años, tiene cada día de su programación dos únicos eventos: una novena y una procesión. Lo que cambia es el punto de salida de esta última, que cada día es una parroquia diferente del municipio, y sus organizadores, que se distribuyen entre los comités PRO-SALVE de los diferentes barrios y de las 28 veredas del municipio.
“Es un trabajo comunitario muy bonito. Cada barrio y vereda se prepara con amor, con esfuerzo y con actividades solidarias como rifas y colectas para rendir su homenaje al Señor Caído”, señala el presbítero Héctor Hernán Acevedo, párroco del Santuario.
Todos estos días, a las 6:30 de la tarde, sin falta, en los lugares de encuentro están dispuestos los devotos, los sacerdotes, los monaguillos, entre tres y cinco bandas marciales y, por supuesto, la réplica de aquel Jesucristo en el piso, a punto de desfallecer luego de cargar la cruz en la que sería sacrificado. Ese, el que se mueve a paso lento gracias al camión blanco que lo lleva en su parte trasera, es el destinatario de las súplicas de los girardotanos, que lo acompañan a pie durante estos diez días o que, desde sus ventanas, puertas y balcones, se paran solo para verlo pasar. Es por eso que, en las primeras horas de la noche de estos días, uno siente que Girardota es como una especie de pueblo fantasma: todo queda en silencio, los televisores enmudecen, las cantinas apagan la música, para que lo único que se escuche en esas casi dos horas y media que duran las procesiones sean las oraciones y alabanzas a ese patrón que va a gatas en el suelo.
Como es una verdadera fiesta, además de banderas, por el camino del santo también hay globos, arreglos florales, pancartas y hasta gemelos en miniatura que los creyentes sostienen como si fuesen niños en brazos mientras le susurran sus peticiones. Y es que la fe al Señor Caído en Girardota es cuestión de larga data: fue el 17 de diciembre de 1767 cuando la imagen que reposa en la Catedral municipal llegó a esas tierras desde Quito, Ecuador, traída por el médico Carlos de Molina y Cataño. Poco a poco, el Caído comenzó a ser reconocido por sus milagros, que van desde reconciliar familias y lograr embarazos hasta curar enfermedades.
Regístrate al newsletter