En Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, matemático y profesor de Oxford, una niña entra en otro mundo persiguiendo un conejo. El viaje la llena de revelaciones mientras vive experiencias estrambóticas. Carroll era un autor astuto y escondió en esa aventura una breve colección de maravillas. Ejercicios de filosofía del lenguaje, paradojas lógicas, juegos semánticos, surrealismo, manifestaciones de lo inconsciente y hasta de la lógica de los sueños. Un equipaje de lujo para empezar el viaje del alma que es la vida de un joven.
No pasa lo mismo con las Alicias de este mundo, perdidas en el jardín de la terapia. Aquí se estrellan contra su propia constitución emocional. El amor, la amistad, la vida profesional, los rollos familiares son un enigma. No es ningún secreto que la arquitectura mental con la que el adulto enfrenta la vida muchas veces no alcanza. Alicia hallará en el celular las ofertas refritas, el shot de dopamina, el tarot y la ouija; regulará el cortisol, la microbiota y la serotonina; viajará hacia su inconsciente con psilocibina, se desdoblará astralmente, subirá la oxitocina y hará abrazoterapia. Conocerá al taita, al bufo, al jaguar, al dragón, a la lechuza mística y vomitará al ex tóxico, a la madre tóxica y a las malas energías sin sospechar ni de lejos que los rituales empobrecen la vida.
Aquí viene el diablo y sopla: en el contexto de una sociedad que abandona a sus asociados, la persona que sufre no solo está indefensa frente a sí misma, sino frente al mercado. Y no venga nadie aquí con el cuento de la “resiliencia”, que no es más que otra trampa de humo del marketing “psico” para promover el masoquismo crónico. ¿Las heridas de la infancia? Son un recurso de peor calaña que la “autoestima”. Son términos que revictimizan y confunden. Pero el inconsciente humano, aún perdido, no se vence. Si no tengo acceso a la salud mental, me la compro en San Andresito. Cuando la realidad es una miseria, nuestra mente se repliega hacia la imaginación, como hizo Don Quijote, que se acostó muriéndose de pobreza y despertó siendo caballero andante. Si mi sociedad no tiene como contener mi angustia, me voy a mundos más gratos, aunque sean los del delirio.
Metida hasta el cuello en el fárrago de la virtualidad, Alicia vivirá el melodrama, pegará retazos de neurociencia con marketing de ventas y pensamiento mágico infantil. Pagará por negocios fabulosos para librarse de sí misma. De esa parte que es inconsciente pero efectiva. A nuestra Alicia no le va tan bien como a la de Carroll. Nada habla peor de una sociedad como el tamaño de sus ilusiones.
Cuentan que una mujer le pidió consejo a Freud para no fallar en la crianza de sus hijos. “Vaya y cometa los errores”, respondió el viejo brujo de Viena, “no hay otro camino”. Si la vida de los niños es más difícil de lo que se puede pensar, imaginen la de los adultos. No hay cosa más exigente que crecer. El proceso está lleno de estragos y azares, la estabilidad no está garantizada y el objetivo nunca se corona del todo. Crecemos económica, profesionalmente; colgamos títulos de la pared, pero la pregunta por quiénes somos y qué deseamos pende todos los días sobre nuestras cabezas.
Los humanos entran a ramalazos en la incertidumbre. Unos llegan a la adultez en la provinciana ñoñez de la infancia; otros llegan como si vinieran de un incendio. En el camino se quedan los vestigios entrañables y horrorosos de uno mismo. Esas huellas borrosas de un Yo que no conocen el tiempo, que se repiten en síntomas y que a veces halla un terapeuta, si hay suerte.
Nuestra humanidad no está asegurada y es perdible. Baila en la cuerda floja. Quien se descuida con la moralidad de sus acciones, la caga. Quien se atiborra de teorías de moda para evadir el pensamiento propio, la recaga, y de ahí a dar vueltas como el perro que se muerde la cola. Y se activa lo que el psicoanalista Christophe Dejours llamó el tribunal de la subjetividad. Se viene la culpa transformada en malestar, en autocastigo y en síntomas. Nos morimos incompletos, pedaleando tras los fantasmas de nuestras ilusiones, en la imperfección que nos hace humanos. Justo ahí es que Freud dice: paren todo y preguntemos ¿Será ese el destino humano?
No sé a quién le suene el proyecto de vivir ciegos y en el delirio. ¿Qué piensan ustedes? Eso se concreta a diario en este mundo que arde. El padre que maltrata, abandona, abusa; la madre que hace lo mismo; el jefe que hace gárgaras con plutonio; los hijos que huyen del futuro, refugiados en síntomas regresivos; la violencia que campea en el mundo. Sin embargo, la desesperanza no la tiene tan fácil porque el inconsciente humano podrá empendejarse, pero, aún loco, es inderrotable. Cada vez que un mundo entra en crisis, despiertan los poetas. Walt Whitman lee la biografía de alguien y pregunta ¿A eso llamáis la vida de un hombre? Una extraña niebla densa separa los sueños humanos de sus realizaciones. Allí donde queremos ser claros, somos oscuros; donde queremos amar, odiamos; donde queremos construir, dañamos. ¿Quiere decir eso que nos vamos todos a terapia? Por suerte, no.
La terapia no es una receta universal, ni reemplaza lo que solo se logra por el camino de la socialización y la autonomía de las personas. Hablo del papel emancipador de la política. Político es el habitante de la polis. El que está en condiciones de interrogar las instituciones de la sociedad en la que vive, y de transformarlas. Reducir una sociedad miserable a gente que tiene que ir a terapia es una tontería cósmica.
Las redes sociales hoy inundan al “público objetivo” con la nueva religión del “bienestar”; pero las “cinco cosas que tienes que hacer para sanarte” tienen mucho humo. Toman nuestra humana condición de neuróticos y la meten en la camisa de fuerza de que “todos estamos enfermos” o somos “insuficientes mentales”. Era fácil aprovecharse, pues hasta las vedettes del psicoanálisis llegaron a sostener las mismas pavadas. “Se acaban las argollas, pero no los marranos”, decían las abuelas.
La venta de hoy funciona si el paciente no piensa, y para eso fabricó un nuevo credo: “decrétalo”, “el universo no acepta un no por respuesta”, “duélalo”, “llóralo”, “grítalo”; “vuelve a la pachamama”, “bebe tu orina”, “drógate”, “atúrdete”, “embrutécete”, “eres frágil”, “eres fuerte”, “eres todo”, “eres nada”, “los otros son amor”, “huye del odio”, “la duda es mala”, “oféndete si te tocan una creencia”, “el contradictor es estúpido”; “regodéate en el error, llámalo acierto”, “convierte la vida en un ritual eterno”, “estaciónate en la mentira y llámala verdad”, “mete tus preocupaciones en un gran globo rojo”, “cuenta las cosas azules del supermercado”, “usa el lenitivo de la magia, del delirio, de las energías cósmicas”; “alaba al ángel, al árbol y a la piedra, dóblate frente al gran becerro metafísico”, “sana”.
No se aterren si las grandes bestias se apoderan del mundo cuando no hay sociedad civil. Lo que antes podía elaborarse pensando, hoy se delega en un terapeuta, en una piedra, en un amuleto, en una mascota, en un ritual, en una planta. Las redes sociales buscan clics, no curas terapéuticas. Crean un paciente bebé que exige de los demás la “responsabilidad afectiva” que se niega a desarrollar por sí mismo. Que ve a los culpables de afuera y no al responsable de adentro. Las redes nos convierten en criaturas ingenuas que cayeron del séptimo cielo por accidente en un mundo donde “los narcisistas” y “los tóxicos” se aprovechan.
¿Quién se atreve a ponerse las orejas de burro y decir cuál es la receta correcta? ¿La ciencia perfecta? La hiperespecialización de la terapia en nuestros días es un tema apasionante y oscuro. Cada día hay nuevos mapas e interacciones. Cada vez más descripciones del enorme poder de la víscera solitaria que llevamos en la cabeza. Justo allí donde se pensaba en el medioevo que habitaba la piedra de la locura.
Ante la complejidad de sus objetos, una garantía de la ciencia es su capacidad de fallar. El filósofo Karl Popper lo explicó así: “Si es ciencia, falla; si no falla, es religión”. Pero si se trata de la mente humana, la complejidad es inmensamente mayor. Hay gente que se cura con un amor, con una religión, con el monicongo de la bruja, con el grito perdido. Si se trata de lo humano, la ciencia funciona y puede dar cuenta, pero no de todo. La realidad contingente y volátil esperará siempre, enroscada por fuera de los límites de cualquier teoría científica.
Si el mercado busca que el paciente no piense, toda psicoterapia que se precie de serlo va en el sentido contrario. Nos interesa el pensamiento propio. Sin eso no hay objetivo. Uno no se acuesta en un diván nada más que a hablar de la mamá. Se acuesta a filtrar en el caleidoscopio de las ideas, dónde está refundido el pensamiento propio. Piensen eso cuando busquen lo que sí se les ha perdido en sus vidas, en el mar tramposo de las ofertas. Y piensen tres veces antes de perseguir cualquier ilusión de fácil destino que les venda la calma chicha de una solución infalible.
