Tras 43 años de historia, así ha cambiado la Orquesta Filarmónica de Medellín

Detrás de la creación de Filarmed estuvo el maestro Alberto Correa, en los últimos años el cambio de dirección ha traído nuevos públicos y nuevos formatos.

hace 2 horas
  • La Orquesta Filarmónica de Medellín se fundó el 16 de abril de 1983 en el parqueadero de la casa de Alberto Correa en el barrio Belén. Foto cortesía Filarmed.
    La Orquesta Filarmónica de Medellín se fundó el 16 de abril de 1983 en el parqueadero de la casa de Alberto Correa en el barrio Belén. Foto cortesía Filarmed.
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La Orquesta Filarmónica de Medellín nació de milagro. Alberto Correa llevaba más o menos un año pensando montarla para tener una orquesta de base que acompañara al coro del Estudio Polifónico de Medellín que él mismo había fundado en 1966. El 31 marzo de 1983, el Estudio Polifónico estaba en Popayán, había sido invitado a presentar el Réquiem de Fauré durante la celebración de la Semana Santa. Era jueves santo y el ensayo estaba programado para las ocho de la mañana, pero los buses que los iban a llevar al teatro no llegaron. A las ocho y doce hubo un terremoto que en menos de veinte segundos destruyó gran parte de la ciudad, dejando más de 250 muertos y más de 25.000 heridos.

—Si hubiéramos ido al ensayo nos hubiéramos muerto todos porque el teatro se desplomó completamente. Fue muy duro, esos días tuvimos que darle acojo espiritual a unas cien personas que estaban con nosotros. Toda esa semana estuvimos pensando que ya era tiempo de hacer la orquesta y tomamos la decisión cuando volvimos a Medellín, en medio de toda esa angustia y todavía con el recuerdo de ese ruido tan raro del terremoto —recuerda Alberto Correa, en una llamada.

La orquesta se fundó quince días después, el 16 de abril de 1983, en el parqueadero de la casa de Alberto en el barrio Belén. El primer ensayo fue a las tres de la tarde y llegaron cuarenta y cinco músicos. Lo primero que ensayaron fue el segundo movimiento de la Sinfonía 40 de Mozart y la Obertura de Las Bodas de Figaro, también de Mozart. Desde entonces han pasado cuarenta y tres años, y en el camino, la Orquesta se ha convertido en un pilar fundamental de la cultura en la ciudad.

En busca de Dios

Alberto se enamoró de la música cuando tenía nueve años. Ese día había salido una hora más tarde del colegio porque lo habían castigado y tuvo que quedarse haciendo planas. En el camino de regresó a su casa pasó por el Liceo de la Universidad de Antioquia y escuchó un canto, adentro había un ensayo de la coral Tomás Luis de Victoria, y él, cómo hechizado, se quedó mirando por la ventana hasta que se acabó.

—Lo que escuché me impresionó mucho, me conmovió tanto, que al otro día volví y al siguiente también. La tercera vez que repetí la operación el maestro se arrimó a la ventana y yo me morí de miedo, pensé que me iba a regañar, pero me dijo que entrara al coro, y yo le dije que hablara con mi papá –dice Alberto y recuerda que la única condición que le puso su papá para entrar al coro fue que no abandonara los estudios.

Así empezó el camino de Alberto en la música. Un camino empírico, porque las clases fueron los ensayos de la coral, mirando fijamente al maestro para entender lo que hacía, como se aprendía las partituras, como dirigía y transcurría el ensayo. Fue ahí en la coral donde empezó a dirigir, cuando su maestro se fue para Europa. Alberto tenía más o menos once años.

—Yo no tuve niñez ni juventud, todo el tiempo estuve con gente adulta, y en los años cincuenta empecé a trajinar con la filosofía, el existencialismo, el nadaísmo, y fui perdiendo la noción de Dios y eso me preocupó mucho, entonces me fui para el seminario de Yarumal, pero no me querían recibir porque yo no tenía vocación —dice Correa.

Insistió tanto que lo recibieron. Entró en 1956. Ahí estudió filosofía y siguió haciendo música al lado de un compañero, Gustavo Yepes Londoño. Juntos hicieron la coral Penta Philia y la coral Santa Cecilia. Luego Alberto dejó el seminario, volvió a Medellín para estudiar medicina y se unió de nuevo a la coral Victoria, salió e hizo el Grupo de Música Antigua de Medellín, la Coral Ciudad de Envigado, luego el Estudio Polifónico de Medellín en 1966, más adelante la Orquesta de Cámara de Medellín, que funcionó hasta 1980 y en 1983 la Orquesta Sinfónica de Medellín de la que fue director hasta 2013.

En esos treinta años dirigió cerca de tres mil conciertos, óperas, zarzuelas y oratorios. En 2011, con setenta años, se graduó de la Escuela de Dirección de Orquesta y Banda Francisco Navarro Lara de Huelva (España) y obtuvo un Diploma de Licenciado en Dirección de Orquesta por la Royal Schools of Music. En Colombia recibió un Doctorado Honoris causa de la Universidad de Antioquia, una Licenciatura Honoris causa en música de la Universidad Adventista y el Premio Vida y Obra 2013 de parte del Ministerio de Cultura.

—Fue muy difícil, pero yo soy un creyente absoluto. Yo le dije a Dios, “yo hago esto por ti”. A la filarmónica yo la defino como una sinfonía de milagros, porque en la orquesta todo ha sido un milagro. Hace poco estuve en la asamblea y me mostraron una orquesta moderna, una orquesta impresionante. Lo han hecho perfecto –dice el hoy Director Emérito de Filarmed.

El milagro de la música

María Catalina Prieto llegó a la orquesta hace casi diez años y hace cinco asumió como Directora Ejecutiva. Venía de trabajar como subdirectora de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Al principio iba a estar sólo cuatro meses asesorando a Ana Cristina Abad, que recién había asumido el cargo de Directora de Filarmed.

—La orquesta tenía como tres meses de vida, y nosotros en ese momento dijimos: “Nos revolcamos o nos morimos”, porque la realidad es que no se puede vivir solo de hacer conciertos, una orquesta tiene que ser relevante para la comunidad. El primer ejercicio que hicimos fue pensar cuál era el sentido de tener una orquesta como esta en Medellín. Y lo segundo, buscar orquestas que nos pudieran servir como referente —dice María Catalina Prieto.

El revolcón fue total. Cambió la estructura, el modelo de gobernanza, el número de conciertos y la oferta de la orquesta, que fue más allá de la música en vivo. En poco tiempo el equipo administrativo pasó de diez a veintidós personas. La orquesta creció en personal, pero también en presencia y en la percepción de la ciudad. Entre otras cosas, la orquesta, dice María Catalina, se despojó del complejo de superioridad.

—Había que ser conscientes de que la música sinfónica no hace parte del día a día de los colombianos, a nosotros nos criaron con otra música, entonces si la gente no sabe de la orquesta ni de esta música no es culpa de ellos, sino de nosotros —dice.

Para construir puentes entre la orquesta y la ciudad, han hecho un poco de todo: incluir en el repertorio cada vez más músicas —desde rock y salsa hasta K-pop— llevar la orquesta a los barrios y crear programas sociales para atender algunos de los problemas más urgentes y apremiantes de la ciudad, como el programa Soy Músico, para jóvenes y adultos con discapacidad o neurodivergencias; el Coro Reconciliación, que une en una sola voz a personas que han sido víctimas del conflicto armado con firmantes del proceso de paz; la Orquesta Filarmónica Infantil y Juvenil de Urabá, que brinda formación musical a los niños, niñas y jóvenes de la región y Sonidos que cuidan, que trabaja por la salud mental y el bienestar a través de la música.

—Ha sido muy bonito porque yo creo que la ciudad se ha enamorado de la orquesta. Ha entendido que somos distintos. A mí cada vez que hacemos conciertos en el Metropolitano me parece una belleza, porqu e si hubiéramos tomado una foto hace nueve años, el público es muy distinto al de hoy –dice Prieto.

Entre las cosas que han cambiado, según María Catalina, se destaca el promedio de edad y el estrato de los asistentes. Desde que empezaron a hacer mediciones en 2018, han encontrado que el perfil de edad pasó de los sesenta y cuatro a los treinta y tres años, y que la mayoría de asistentes, que solían ser de estrato cinco y seis, ahora son de estratos uno, dos y tres.

Sólo en 2025 más de dos millones de personas vieron a la orquesta en conciertos, actividades presenciales y transmisiones por televisión. Hicieron 129 conciertos, 516 ensayos abiertos, 12 charlas, 51 talleres y clases maestras, e interpretaron 775 obras. Además, hicieron la primera gira internacional con la orquesta completa en Argentina, luego, hicieron dos presentaciones sold out del Lago de los cisnes al lado del Ballet Metropolitano y estuvieron de gira por Urabá con la orquesta completa.

En estos años la orquesta no sólo se ha preocupado porque la escuchen, sino por escuchar.

—Yo peleo mucho con el concepto de formación de públicos, porque eso implica ponernos en una posición de que nosotros le estamos enseñando a la gente, y no es así. Estamos construyendo comunidad, yo te estoy mostrando una cosa del mundo, pero tú también me estás mostrando otras cosas. Para mí la labor del músico es la labor del juglar, que es contar una parte de la historia a través de la música, cómo la sociedad vive sus momentos a través de la historia —dice María Catalina.

Medellín es una ciudad musical. No sólo porque la industria colombiana se ha forjado aquí, sino porque la ciudad está contada en las canciones, en géneros que se han asumido como propios, desde el tango, el rock, el metal, el punk, el rap, el reguetón. Estas músicas son textos que han contado su contexto, ahí está guardada un parte de la historia de la ciudad: el proceso de modernización, el afán civilizatorio, la violencia, el narcotráfico, el amor, la relación con el dinero y las ambiciones, la vida. Cada género define una ética y sus estéticas. Son músicas que hablan de nosotros. La música clásica o sinfónica, también cuenta una ciudad, pero es un lenguaje todavía tan desconocido, que muchos no lo reconocen ni se ven ahí.

El porvenir

A mediados del año pasado la orquesta anunció a Ana María Patiño Osorio como nueva Directora Titular. Es la primera mujer que asume el cargo, pero también la persona más joven en hacerlo. Ana es menor que la orquesta, pero en pocos años ha sumado una experiencia enorme, que muchos no lograrán jamás. Ana María nació en La Unión, en 1995, a los siete años entró a clases de música en la Casa de la Cultura del municipio; como instrumento escogió el saxofón, aunque ser directora siempre le llamó la atención. Nadie en su familia es músico, nadie toca un instrumento y ni su papá ni su mamá son profesionales, pero Ana dice que les encanta la música y todavía se admira de cómo, en esos años de tanta violencia, llenaron la casa de libros, de música, de cultura.

—Mi papá ha estado obsesionado con la música desde siempre. Él no habla, siempre canta. Mi casa estaba llena de CDs y él terminaba de ordeñar las vacas a las seis de la mañana y nos despertaba cantando Silvio, Mercedes, Los Chalchaleros —dice Ana, desde una habitación en Los Ángeles, donde está trabajando como becaria al lado del renombrado director venezolano Gustavo Dudamel y la Filarmónica de Los Ángeles.

Estudio música en EAFIT e hizo las prácticas en Filarmed, aprobó con honores el posgrado de Dirección Orquestal de la Escuela Superior de las Artes de Zúrich, con Johannes Schlaefli. En 2024 obtuvo el segundo premio, el premio del público y el premio del jurado en el Concurso Malko para Jóvenes Directores celebrado en Copenhague. Desde que empezó la temporada 25/26 en septiembre del año pasado, ha dirigido a la Orquesta Nacional de España, la Orquesta Sinfónica de Galicia, la orquesta de la Escuela Reina Sofía, estuvo de gira con la orquesta del País Vasco, vino a abrir la temporada con la Orquesta Filarmónica de Medellín, dirigió la Orquesta de Stavanger en Noruega y la Orquesta Sinfónica Nacional de Dinamarca, además, este año es una de las beneficiarias de las Becas Dudamel con la Filarmónica de Los Ángeles.

Ana María es una estrella en ascenso, pero es difícil verla brillar si no se conoce el circuito de la música clásica, tan distinto al mainstream. En este último lo que deslumbra no es tanto la trayectoria, como los números, las reproducciones y el dinero por millones, el espectáculo. La música clásica habla otro lenguaje, uno que apenas estamos aprendiendo a hablar.

—Nosotros somos jóvenes con respecto a la música clásica, cuando yo hice la maestría tenía una compañera cuyos padres y hermanos habían tocado en orquestas. La historia de nosotros es diferente, pero la distancia se ha acortado mucho, en Latinoamérica pasa una cosa increíble, y es que la música clásica va a una velocidad impresionante, porque tenemos una sed y una obsesión como de descubrirnos y descubrir esta música –dice Ana.

En Medellín eso ha sido posible, en parte, por Alberto y la orquesta, ellos han sido referentes de directores como Alejandro Posada y Andrés Orozco, que luego han sido los maestros de esta nueva generación, que empezó su formación, en gran medida, en escuelas públicas como la Red de Escuelas de Música de Medellín, por la que han pasado más de ochenta mil niños, niñas y jóvenes en treinta años.

El legado de Alberto Correa ahora está en las manos de una generación muy joven, Ana María Patiño Osorio, en Filarmed, y Tatiana Pérez Hernández, en el Estudio Polifónico. Este cambio cierra un ciclo y abre otro, en el que la música clásica se hace y se piensa desde otro contexto.

—En casi todos los rincones de nuestro continente la música es un salvavidas, es la manera de salir de algún lugar, de hacer algo más allá de lo que te imaginas con tu vida, es una manera de ser alguien, de tener una voz, por eso la relación que tenemos con la música es mucho más visceral. No hay nada que nos haga sentir tanta luz como esto. Yo quiero que Filarmed sea cada vez más un lugar donde la gente se encuentre y se sienta libre de ser quien es, que sea también un espacio de refugio, de consuelo, de esparcimiento, un lugar donde la gente pueda sentirse vista, escuchada, entendida, sobre todo los jóvenes. Me interesa mucho que los jóvenes sientan que la Filarmónica de Medellín es una orquesta que los recibirá siempre con los brazos abiertos. También quiero que los conciertos sean memorables, quiero que tengamos la mejor filarmónica de Medellín que hemos tenido musicalmente —dice Ana.

Más generación