Una tortuga toca el contrabajo. Una liebre, el violín. Hay un personaje extrovertido que lleva el ritmo y otro, despistado y casi torpe, que se las arregla con un triángulo.
Podría ser el comienzo de una fábula, y lo es. Pero también es una manera sencilla de explicar algo que a los seres humanos nos ha tomado siglos intentar entender: por qué la música puede juntar lo que parece diferente.
Es así como en El día de la música, Édgar Jaimes convierte a sus animales en pequeños músicos y hace que sus instrumentos dialoguen con sus personalidades. La tortuga es pausada, la liebre ágil; cada uno tiene su manera de estar en el mundo. Cuando todos ponen sus talentos en común, aparece la armonía.
Jaimes quisiera que los niños descubrieran en la música “un aliado para comunicar y conectar con los demás”. Para él, la música representa también la empatía.
No parece, a primera vista, que esta historia tenga mucho que ver con el blues, el metal de Medellín, la salsa, Gardel o un manuscrito musical del siglo XIX. Y, sin embargo, los siete libros que se cruzan este año en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín parecen estar conversando entre sí.
La 20.ª edición de la Fiesta, que se realizará hasta el 20 de septiembre en el Jardín Botánico, el Parque Explora y la zona norte de la ciudad, tiene como tema las Travesías de la lectura. Entre sus cientos de lanzamientos hay siete libros que, desde géneros y épocas muy distintos, proponen otra clase de travesía: una que también puede hacerse con los oídos. Porque en ellos la música no aparece solamente como sonido. A veces es una forma de resistir. Otras, de recordar. Puede servir para enamorarse, bailar, escapar de la rutina, reconstruir una ciudad, rescatar una memoria que parecía perdida o encontrar, en una canción, algo de nosotros mismos.
Miguel Iriarte lo dice de una manera que podría funcionar como una puerta de entrada a todos estos libros: “La música ha estado siempre dibujando, describiendo, haciendo sonar el alma humana”.
Cuando el sonido se convierte en resistencia
Iriarte habla del blues, pero su reflexión podría extenderse mucho más allá de ese género. En Bluesvalía encuentra una música nacida en un contexto atravesado por la experiencia negroafricana, la esclavitud y el sometimiento, y se detiene en una paradoja poderosa: de una historia marcada por el dolor, pudo surgir una de las formas más influyentes de la música popular.
Lo que le interesa no es únicamente la historia del blues, sino su capacidad para convertir una experiencia dolorosa en creación: “La belleza que es posible crear a pesar del dolor”, dice.
Ahí empieza a aparecer uno de los hilos secretos de estos siete libros: la música como respuesta humana a aquello que nos desborda.
En Medellín esa respuesta tuvo guitarras distorsionadas, baterías aceleradas y voces que parecían salir directamente de una ciudad herida.
Juan Diego Parra Valencia llegó a Metal Medallo. Si vis pacem, parabellum (si quieres paz, prepara la guerra) con una dificultad particular: él también había vivido aquella escena. Había sido consumidor y seguidor de los grupos que forjaron el legado del metal en Medellín. Tenía recuerdos, conocimientos y, como reconoce al mirar el comienzo de su investigación, “muchos prejuicios, muchos sesgos”.
Investigar fue también revisar esa memoria. El reencuentro con aquellos metaleros le permitió comprobar que la escena que había conocido en los años ochenta no había desaparecido con aquella década. Muchos de sus protagonistas conservaron durante años una relación intensa con el género y terminaron convirtiéndolo en una forma de identidad.
Para Parra, aquellos jóvenes habían construido “sonidos de resistencia que los protegieran precisamente de ese embate de los tiempos”.
La frase sirve para entender el metal de Medellín, pero también para volver al blues de Iriarte. En ambos casos, aunque las historias y los sonidos sean distintos, la música aparece como una manera de atravesar el tiempo sin dejarse aplastar por él.
Y hay algo más: el pasado no siempre permanece atrás. A veces sigue sonando.
La música también sabe cambiar una ciudad
Una ciudad no solamente escucha sus heridas. También baila.
En Cuando arde la salsa, Jorge Eric Palacino Zamora se aparta del registro periodístico para entrar en un territorio que las crónicas suelen mirar desde afuera: las conversaciones privadas, los romances, los celos, las rivalidades y las pasiones que ocurren alrededor de la música.
La novela le permitió entrar en ese mundo oculto. Por eso la salsa, en su libro, es mucho más que un género. Allí están los músicos, los bailarines, los melómanos, los coleccionistas, los locutores y los periodistas, pero también las personas que encuentran en ella una forma de relacionarse con los demás.
“La música puede romper la monotonía y darle otro sentido a la vida cotidiana en ciudades como Cali, Bogotá, Medellín o Barranquilla”, dice Palacino.
Y quizá por eso las viejas discusiones sobre cuál género es superior terminan siendo pequeñas frente a todo lo que sucede alrededor de una canción. Una música puede explicar una época, pero también puede explicar cómo vive la gente dentro de ella.
Eso es lo que ocurre con el tango en Medellín.
Lo que una ciudad decide recordar
Cuando Carlos Gardel murió en Medellín, en 1935, el tango ya había dejado de ser una música extranjera para muchos habitantes de la ciudad. Había entrado en sus espacios de sociabilidad, en sus formas de diversión y en sus imaginarios sobre la vida urbana. Gardel ocupaba un lugar privilegiado dentro de ese universo. Pero la muerte cambió la relación.
El cantante dejó de ser solamente un artista para convertirse en parte de la memoria de una ciudad.
María Fernanda Rodríguez Duque reconstruye ese proceso en Medellín gardeliana. Historia de la segunda capital del tango. Su investigación se detiene precisamente en esa transformación: cómo Medellín hizo suyo a un personaje que había llegado desde otro lugar y cómo, después del accidente, alrededor de su ausencia comenzaron a crecer relatos, rituales, recuerdos y símbolos.
“El mito no nació únicamente de Gardel, sino de lo que los habitantes de Medellín hicieron con Gardel después de su muerte”, explica.
Hay algo muy poderoso en esa idea: el mito no pertenece solamente a quien lo protagoniza. También pertenece a quienes lo recuerdan.
Una canción puede sobrevivir a quien la compuso o la interpretó y terminar asociada con una persona que ya no está, una casa que desapareció, una calle que cambió o una época que parece lejana. Por eso la música no solo acompaña la historia: también participa en la manera como una sociedad recuerda quién ha sido.
Y para comprobarlo no siempre hace falta mirar una figura tan conocida como Gardel. A veces basta con abrir un archivo.
Las canciones que estaban esperando
Canciones neogranadinas. Villancicos. Responsorios. Un manuscrito musical del siglo XIX en Colombia parte precisamente de ahí.
El libro presenta una edición crítica de un manuscrito musical anónimo de la segunda mitad del siglo XIX, conservado en el Archivo Perdomo de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá. La obra está firmada por Juan Francisco Sans, Mariantonia Palacios y Jaime Cortés Polanía. El manuscrito reúne partituras para voz, guitarra y, eventualmente bandola, y constituye un testimonio de algunas prácticas de los músicos aficionados de aquel tiempo.
Hay canciones de salón, villancicos y responsorios. También aparecen rastros de los intercambios musicales entre Colombia y Venezuela, de esos repertorios que cruzaban fronteras y circulaban en una época en la que mucha música de uso doméstico, al no quedar registrada en otros soportes, terminó perdiéndose.
De pronto, una partitura deja de ser una página antigua y se convierte en una ventana.
Detrás de esas notas hay personas que cantaron, tocaron instrumentos, escucharon canciones y compartieron repertorios. Hay una vida musical que durante décadas permaneció en silencio y que ahora puede volver a estudiarse, interpretarse y escucharse.
La recuperación de un manuscrito también puede ser una forma de hacer memoria. Solo que, en este caso, la memoria no se mira: se oye.
El cuerpo también escucha
Después de pasar por la violencia, la ciudad, la muerte y los archivos, la música vuelve al cuerpo.
Júnior Adilson Pantoja Montoya quiere que en Guaguancó el lector escuche “los ecos de una tradición literaria, pero también el repique de un tambor”.
Sus poemas están escritos en clave salsera. Entre los versos aparecen canciones, artistas, escenarios y momentos de la historia de esta música, pero el propósito no es construir un museo de nostalgias. “No quería que fuera un libro de nostalgias sino todo lo contrario: una exaltación del goce”, explica.
Y ahí cambia la temperatura del viaje. La música vuelve a ser baile. Aparece el cuerpo. Aparece el deseo de moverse.
Pantoja puede escribir sobre Celia Cruz y sobre el mítico concierto de la Fania en Zaire de 1974, sin haber estado allí. La literatura le permite imaginar el escenario, escuchar lo que no escuchó en vivo y apropiarse de una experiencia ajena.
La literatura permite ese viaje. Un viaje sonoro. Y quizá sea esa una de las mejores maneras de entender lo que hacen estos siete libros: cada uno encuentra una puerta distinta para llegar a la música, pero todos terminan llevándonos a algún lugar de nosotros mismos.
El blues convierte el dolor en belleza. El metal, una ciudad herida en resistencia. La salsa, la rutina en encuentro. El tango, una tragedia en memoria. Un manuscrito, el silencio en posibilidad de escucha. La poesía, el recuerdo en goce. Y una historia para niños, las diferencias en armonía.
Porque en El día de la música la tortuga no tiene que aprender a tocar como la liebre. La liebre tampoco necesita convertirse en tortuga. Cada una conserva su manera de ser y encuentra su lugar dentro del conjunto.
Tal vez ahí esté la clave. La armonía no consiste en que todos suenen igual: consiste en aprender a escucharse.
Además, seguimos buscando canciones para recordar a quienes fuimos, para acompañar a quienes somos, para resistir cuando hace falta y para celebrar cuando la vida lo permite.
A través de estos libros escuchamos y creemos que estamos oyendo una guitarra, una voz, un tambor, un violín. Hasta que ocurre algo más extraño y hermoso: una canción encuentra un lugar dentro de nosotros. Y entonces comprendemos que tal vez nunca hemos escuchado música solamente para oírla: la hemos escuchado para reconocernos. Para volver. Para resistir. Para recordar. Para bailar. Para estar con otros.
Para que, por un instante, algo de nosotros también vuelva a sonar.