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Los grupos armados en zonas de Caquetá, por ejemplo, trasladan la responsabilidad de la carnetización a las JAC, obligando a los líderes a realizar censos casa por casa. No es un trámite solo de elecciones; está desde 2020 más o menos.
La primera vez que Laura entendió que un carné valía más que la cédula fue una mañana cualquiera de trocha, barro y gasolina. Iba en moto desde La Aguililla hacia Andes, en zona rural del Caquetá, hace como unas seis semanas, acompañada de un amigo.
El camino era el de siempre: polvo, silencio y curvas donde sabe que, en cualquier momento, aparecen hombres armados que escampan el calor infernal bajo techos de algunas casas o de árboles de mango. Entonces vino el retén. No eran policías. No eran soldados. Eran uniformados de las disidencias de las Farc al mando de Alexander Díaz, alias Calarcá, hoy sentado en una mesa de paz con el Gobierno en medio de sus continuas fechorías.
Les pidieron los carnés. Laura sacó el suyo: estaba vigente. El del amigo estaba próximo a vencerse. Uno de los hombres llamó entonces a otro, y este tomó primero un radioteléfono y luego un celular.
Del otro lado respondieron desde la Junta de Acción Comunal de Andes. El mensaje fue simple: había que renovar rápido...