A Juan Diego Parra-Valencia lo conocí hace ya un tiempo en una tienda cervecera de Carlos E. Como yo sabía que era un investigador profundo del fenómeno del “ultra metal”, esa variante del rock extremo que se inventó en esta ciudad, le pregunté por los mitos alrededor de Mauricio Montoya, primer baterista de la banda Masacre y mejor conocido como Bull Metal. Meses después de esa charla, Parra-Valencia presentó su serie documental Metal Medallo, una historia entre capítulos sobre cómo en los años ochenta cambió la música en la ciudad. Nos reunimos para hablar.
¿Qué fue exactamente la Batalla de las Bandas de 1985 en Medellín?
“Fue un concierto que se realizó el 23 de marzo de 1985 y que, visto en perspectiva, marcó un momento decisivo para la historia del rock pesado en Medellín. Allí apareció por primera vez ante un público amplio un movimiento musical que hasta ese momento existía casi en secreto: el de los jóvenes que estaban empezando a tocar metal pesado en la ciudad. Era un movimiento muy generacional, compuesto sobre todo por muchachos entre quince y veinte años que se reunían a escuchar discos, intercambiar casetes y ensayar en garajes o casas. La Batalla de las Bandas fue la primera vez que ese universo subterráneo salió a la luz y se presentó públicamente como una escena”.
¿Ese movimiento llevaba tiempo gestándose antes de ese concierto?
“Sí. Desde más o menos 1983 ya había pequeños grupos de jóvenes que estaban escuchando metal y tratando de tocarlo. Lo que pasa es que ese proceso era muy silencioso. No había una industria musical detrás ni espacios formales donde presentarse. Todo ocurría en circuitos muy informales: reuniones entre amigos, fiestas, intercambios de música grabada. Lo interesante es que en muy poco tiempo esos jóvenes comenzaron a formar bandas y a construir un sonido propio. Cuando llega la Batalla de las Bandas en 1985, ese proceso llevaba ya dos años de maduración”.
¿Qué tipo de bandas participaron en ese momento?
“Participaron varias agrupaciones que estaban en ese primer momento del metal en Medellín. Muchas de ellas todavía estaban en formación, pero representaban las distintas vertientes que empezaban a aparecer dentro del rock pesado de la ciudad. Algunas terminarían siendo muy importantes para la historia del metal colombiano. Lo fundamental es que ese evento permitió ver que no se trataba de casos aislados, sino de una escena que empezaba a consolidarse”.
¿Cómo era Medellín en ese momento para que surgiera un movimiento así?
“Era una ciudad muy convulsionada. Estamos hablando de mediados de los años ochenta, cuando Medellín empezaba a entrar en uno de los periodos más violentos de su historia. El narcotráfico estaba creciendo, la violencia urbana se intensificaba y el ambiente social era muy tenso. En ese contexto, muchos jóvenes encontraron en el metal una forma de expresar su inconformidad con la realidad que estaban viviendo. Era una música que canalizaba la rabia, el desencanto y la sensación de que el mundo alrededor se estaba desmoronando”.
¿De dónde venían las influencias musicales de esos jóvenes?
“Principalmente del metal europeo y estadounidense. Bandas como Iron Maiden, Judas Priest o Black Sabbath eran referencias fundamentales. Pero también había influencia del punk y de otras corrientes del rock pesado que estaban circulando en ese momento en el mundo. Lo interesante es que esas influencias no se copiaron simplemente, sino que se reinterpretaron desde la experiencia de vivir en Medellín en esos años. Eso terminó produciendo un sonido muy particular”.
¿Cómo llegaba esa música a Medellín en una época sin internet?
“Llegaba de muchas maneras. A veces alguien viajaba y traía discos, otras veces aparecían grabaciones que circulaban entre amigos. El casete fue clave porque permitía copiar música y distribuirla fácilmente. También había tiendas de discos donde se podían encontrar algunas novedades del rock internacional. Todo eso creó una red informal de circulación musical que fue fundamental para que esos jóvenes se conectaran con lo que estaba pasando en otras partes del mundo”.
¿Por qué la Batalla de las Bandas terminó siendo tan importante?
“Porque permitió que ese movimiento se hiciera visible. Hasta ese momento era algo que existía en los márgenes, pero ese concierto lo puso frente a un público amplio. A partir de ahí comenzaron a organizarse más conciertos, aparecieron nuevas bandas y se consolidó un público que se identificaba con ese tipo de música. En ese sentido, la Batalla de las Bandas fue un punto de inflexión para la escena metalera de Medellín”.
Con el tiempo Medellín se convirtió en un referente mundial del metal extremo. ¿Ese proceso empieza ahí?
“En buena medida, sí. Ese evento es uno de los primeros momentos en los que la escena se articula públicamente. Después vendrían otros conciertos, la grabación de demos, la circulación de fanzines y las conexiones con escenas internacionales. Todo ese proceso terminó posicionando a Medellín como una ciudad muy importante dentro del metal extremo, especialmente en los años noventa”.
¿Quiénes asistían a esos conciertos?
“Principalmente jóvenes. Muchos eran estudiantes de colegio o universitarios muy jóvenes. También había gente de barrios populares que encontraba en esa música una forma de identificarse. Era un público muy apasionado, que se sentía parte de algo nuevo que estaba naciendo en la ciudad”.
¿Cómo reaccionaban las autoridades o los medios frente a ese movimiento?
“Con mucha desconfianza. El metal fue estigmatizado durante muchos años. Se asociaba con violencia, con satanismo o con comportamientos antisociales. Eso generó mucha presión sobre la escena. Pero al mismo tiempo fortaleció la identidad del movimiento, porque los jóvenes que participaban en él se reconocían como parte de algo que estaba por fuera de lo aceptado socialmente”.
En tu investigación sobre este tema, ¿qué fue lo que más te sorprendió?
“Me sorprendió la capacidad de organización que tenían esos jóvenes. No tenían recursos ni apoyo institucional, pero lograron crear una escena cultural muy activa. Organizaban conciertos, producían grabaciones, hacían fanzines y establecían contactos con músicos de otros países. Todo eso lo hicieron de manera autogestionada”.
El documental trata sobre una cosa fundamental: el encuentro entre Medellín, esa ciudad más acomodada y rica, y Medallo, una ciudad de los barrios, pobre, rebuscadora, venida de la ruralidad...
“En el tercer capítulo del documental se aborda justamente ese choque entre Medellín y Medallo. La denominación Metal Medallo usa el topónimo Medallo como una especie de alter ego de Medellín. Es decir, no se habla simplemente del metal de Medellín, sino del metal de Medallo, que representa otra ciudad: la de los barrios populares, la de las comunas, la de los jóvenes que estaban viviendo directamente la violencia y la transformación social de los años ochenta.
En la literatura, esa distinción aparece muy clara. Por ejemplo, en La virgen de los sicarios se habla de esas dos ciudades: Medellín y Medallo. En el documental mostramos cómo esa tensión también aparece en la música. En la Batalla de las Bandas se ve casi de manera frontal: los de Medallo llegan a Medellín, a un espacio que no era el suyo, y ahí se produce ese encuentro entre dos mundos que convivían en la misma ciudad pero que tenían experiencias muy distintas”.