El Sábado Santo transcurre en silencio, como si el tiempo se hubiera detenido. Pero es precisamente en esa pausa, donde se prepara la celebración más importante para los cristianos, la Vigilia Pascual.
Tras el Viernes Santo en Roma, cuando el papa León XIV recorrió con la cruz las 14 estaciones completas del Vía Crucis. Un gesto que rompió la costumbre de sus predecesores y que reunió a unas 30.000 personas. “Pienso que será un signo importante por lo que representa el Papa: un líder espiritual hoy en el mundo, esta voz para decir que Cristo aún sufre. Y llevo todo este sufrimiento también en mi oración”, dijo el pontífice a la prensa. Ese clima de recogimiento y dolor da paso ahora al Sábado Santo, un día sin ruido, donde todo parece quedar en pausa.
Entérese: Viernes Santo: ¿qué significa y cuáles son sus cuatro momentos principales?
Durante años se le conoció como “Sábado de Gloria” porque la Vigilia Pascual, no se realizaba en la noche, como ocurre hoy, sino en la mañana del sábado. Esto se debía a dos razones, por un lado, no estaban permitidas las misas en horas vespertinas, y por otro, el ayuno eucarístico comenzaba desde la medianoche del Viernes Santo y se extendía hasta el momento de comulgar, lo que obligaba a que las celebraciones se hicieran temprano.
En ese contexto, la Resurrección se anunciaba desde temprano con el repique de campanas y un ambiente festivo, lo que llevó a que el día fuera identificado popularmente como un sábado de celebración. Sin embargo, cambió con la reforma litúrgica impulsada por el papa Pío XII en el siglo XX, que permitió trasladar la Vigilia Pascual a la noche, recuperando su sentido original, el paso de la oscuridad a la luz.
Lea también: Ellos son los “malvados” que le dan vida a la Semana Santa en los municipios de Antioquia
Con ese ajuste, el Sábado dejó de ser festivo durante el día y volvió a su esencia, una jornada de silencio, duelo y espera. Por eso, con el tiempo, se consolidó el nombre de “Sábado Santo”, una forma más precisa de describir lo que realmente vive la Iglesia antes del anuncio de la Resurrección.
Según ACI Prensa, para los cristianos, todo parece suspendido. El cuerpo de Jesús yace en el sepulcro y la escena es desoladora, los discípulos están escondidos, seguidores desconcertados, una sensación de final que pesa más que cualquier palabra. A este día, el papa Benedicto XVI lo llamó “el día del ocultamiento de Dios”. Y citó una antigua homilía que lo resume, “¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad, porque el Rey duerme (...) Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción a los infiernos”.
Le puede interesar: Don Joaquín: el guardián del tiempo en la Catedral Primada, testigo de la historia del país
La tradición cristiana enseña que, en ese silencio del Sábado Santo, Cristo “descendió a los infiernos”, es decir, al lugar de los muertos, para anunciar la salvación a quienes habían partido antes de su venida. No se trata de un descenso de condena, sino de victoria donde penetra hasta la profundidad misma de la muerte para liberar y abrir las puertas del cielo. Este misterio revela que no existe ámbito humano, ni siquiera la muerte, que quede fuera del alcance de su amor redentor.
Pero mientras eso ocurre en lo invisible, en la superficie domina otra escena. La de la espera. “estaban desconcertadas”, “llenas de temor” (Cfr. Lc 24, 4-5). No entendían por qué no estaba el cuerpo de Jesús donde lo habían dejado. Y en ese punto aparece una figura que atraviesa todo el Sábado Santo, María.
Cuando todo parece perdido, es ella quien permanece. No va al sepulcro, no busca explicaciones, no entra en pánico. La tradición la reconoce como la única que sostuvo la fe intacta cuando los demás dudaron. Mientras muchos pensaban, como los discípulos camino a Emaús, que “todo acabó”, María se queda.
Ese contraste es el centro del día, una comunidad que se desmorona frente a una mujer que no cede. La Iglesia, en ese momento, se parece más a ella que a los apóstoles. Por eso, en algunas tradiciones, este es también el tiempo de la “Hora de la Madre” una forma de decir que la fe, cuando todo falla, se aprende en silencio. En los templos, el altar permanece desnudo, el sagrario abierto y vacío. Y sin embargo, no es un vacío sin significado. Es una espera.
Al caer la noche, todo cambia. La Vigilia Pascual, la más importante de todas las celebraciones cristianas, ilumina en medio de la oscuridad. Comienza con un fuego nuevo, con el encendido del cirio pascual y con el anuncio de Cristo resucitado.
El sacerdote Donato Jiménez, en una entrevista para ACI Prensa, lo explica así: “Esta resurrección es la que nos enseña a nosotros, más claramente que nada, el cumplimiento de las palabras de Jesús en nuestra vida. Así como Jesucristo murió y al tercer día resucitó, así el cristiano que muere en Cristo también resucitará al fin de los tiempos.”
Entérese: Pilas, viajeros: estas son las vías con “máximo nivel de seguimiento” por la Semana Santa
La vigilia, que literalmente significa “pasar la noche en vela”, recuerda el momento en que las mujeres llegaron al sepulcro y lo encontraron vacío. En la Vigilia Pascual, la celebración se despliega en una liturgia más extensa de lo habitual, con siete lecturas que recorren la historia de la salvación, y finaliza con la comunidad celebrando la Resurrección de Jesucristo.
El Sábado Santo, es, en palabras del papa León XIV es “el día del Misterio pascual en el que todo parece inmóvil y silencioso, mientras que en realidad se cumple una invisible acción de salvación, Cristo desciende al reino de los infiernos para llevar el anuncio de la Resurrección a todos aquellos que estaban en las tinieblas y en la sombra de la muerte”, Desde ahí, el sentido se expande, alcanza incluso las zonas más oscuras de la experiencia humana y abre paso a la esperanza.
Por eso, en la Vigilia Pascual, la Iglesia pasa del silencio al anuncio y, junto a María, espera en oración la obra salvadora que vence definitivamente a la muerte.
Siga leyendo: La historia de la iglesia en Concepción, Antioquia, por la que “demandaron” a Dios, ¿cómo luce ahora?