La frontera es una línea imaginaria, un invento remilgoso de los hombres: nada. De un lado y del otro, poco cambia en términos reales: el aire, el sol, casi todo es lo mismo. Sin embargo, lo etéreo –la cultura, el acento, los gustos–, sí se transforma. El diamante de béisbol Luis Alberto Villegas queda en el occidente de Medellín, justo donde se cruzan las avenidas Centenario y Colombia. Pero es cuestión de acercarse a la puerta para sentirse en Venezuela: este lugar es el refugio de muchos que migraron para no olvidar sus raíces, lo que fueron, lo que anhelan volver a ser.
Es miércoles al mediodía. En la entrada un hombre moreno, alto, de una contextura gruesa, que su camiseta blanca no camufla, lleva una gorra patriota, con la V grande y vende chicha venezolana en un carrito. El letrero parece improvisado: anuncia el producto con una letra que se ve escrita con marcador, pero en realidad está impresa porque, en el fondo, tiene la bandera tricolor con sus 7 estrellas.
Un vaso vale 5.000 pesos. Le echan canela a la base. Después sirven la bebida, que es espesa, algo viscosa, como la avena casera colombiana, y lleva mucho hielo. Sabe rico, suave, como a avena. Sin embargo, al paladar de los venezolanos que salían del diamante con sus hijos, después de verlos jugar en el Baby béisbol Gatorade, gustaba a los recuerdos en la casa: una tarde en Maracaibo, podría decir una señora oriunda de esa ciudad que vive en Cali y acompañó a su descendiente al juego que tuvo en la mañana con el equipo del Valle del Cauca.
¿De dónde viene el equipo venezolano que juega el Baby Béisbol 2026?
La mujer lleva ocho años radicada en Colombia. Llegó a Cali en 2018. Su familia hace parte de los 7.9 millones de personas que salieron del país en la diáspora más grande de nuestros tiempos. Muchos anhelaban que Nicolás Maduro dejara el poder para regresar.
Otros, como Yaritza Garrido y su familia, se quedaron, criaron sus hijos en medio de la “crisis”. Ella nació en Mérida, en los Andes venezolanos, donde el béisbol compite en popularidad con el fútbol. Su esposo es de Barquisimeto, la capital del estado Lara. Ahí la pelota caliente es muy fuerte. La pareja tiene tres hijos: dos mujeres (una de 20, otra de 15), y un niño: Andrés Urquiola.
El menor nació en Mérida hace 11 años. Es delgado, de piel bronceada por el sol y tono de voz suave. No es tímido. Por el contrario, se expresa con tanta seguridad que parece mayor. Su acento es marcado: se salta algunas “s”, pero se expresa despacio. El miércoles, en las graderías del diamante de béisbol de Medellín, contó que juega de segunda base porque es su posición favorita, donde mejor rinde y le aporta más a su equipo. Urquiola es uno de los 14 beisbolistas que el entrenador Wiston Márquez, dueño de una academia que lleva su nombre en Mérida, Venezuela, trajo para participar en el Baby Béisbol 2026.
Andrés es el menor. En el equipo la mayoría tienen 12 años. Él no los ha cumplido. Empezó a jugar béisbol cuando tenía siete. Se enamoró del deporte después de ver, junto a su papá, un partido entre Los Cardenales de Lara, equipo del que es aficionado, y Navegantes de Magallanes, uno de los elencos más tradicionales de la Liga profesional de ese país.
Lo llevaron a la academia de Márquez, una de las más sólidas de los Andes venezolanos. Ahí entrenan desde niños pequeños, hasta juveniles que están cerca de firmar contrato con equipos de la Grandes Ligas estadounidenses. “El béisbol es una pasión, pero también un deporte que da mucha disciplina, inteligencia y que, para muchos, se convierte en una opción para mejorar sus vidas”, aseguró el mánager.
Andrés sueña con ser beisbolista profesional. Le gustaría jugar en Los Bravos de Atlanta, o en los Cardenales de Lara, para hacer feliz a su padre y seguir los pasos de Domingo Escalona, su abuelo que fue pelotero. Sus padres lo apoyan. Yaritza, su progenitora, viajó con él a Medellín. Suele acompañarlo: hace dos semanas estuvo con él en Caracas, en los nacionales prejuveniles.
Llegar a la capital de Antioquia no fue fácil. Arribaron el lunes 5 en la noche, después de más de 24 horas de viaje. Salieron de Mérida a Cúcuta en bus. El trayecto fue de cerca de 8 horas. Cruzar la frontera colombovenezolana no requirió mayor esfuerzo, a pesar de lo complejo que se puso el orden público tras la extracción de Maduro por el ejército de Estados Unidos.
Después, viajaron en bus, por más de 11 horas, desde la capital de Norte de Santander, hasta Medellín. Yuritza y otros padres, hicieron el viaje para acompañar a sus hijos. Andrés, con una cadena tricolor en el cuello que dice le da suerte, jugó en la capital de Antioquia como si estuviera en Venezuela: las fronteras no existen.
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