En la geopolítica, como en las grandes novelas, el escenario suele ser un personaje que termina por dictar el destino de los protagonistas: Ana Karenina no sería lo mismo en el trópico que en la fría Rusia. Groenlandia, la inmensa mole de hielo que durante décadas fue solamente una referencia blanca en los mapas escolares, hoy es el epicentro de una “obsesión” que en Washington no distingue entre el histrionismo de Donald Trump y la frialdad de los estrategas del Pentágono.
No es una rabieta de magnate inmobiliario. El interés de EE. UU. responde a una razón estratégica de peso: evitar que el patio trasero de América del Norte se convierta en la puerta de entrada para Rusia o China. Pero analicemos los hilos de esta marioneta glacial a través de los hechos.
1. El ojo que todo lo ve (y lo vigila). Para Estados Unidos, Groenlandia es, antes que nada, seguridad. Según reporta Independent Español, la Base Espacial de Pituffik (antes Thule) es el “ojo en la nuca” de sus adversarios, coordinando la alerta temprana de misiles para la OTAN. Además, la isla es el pilar de la brecha GIUK (Groenlandia, Islandia y Reino Unido), un corredor marítimo por donde Rusia intenta asomar la nariz hacia el Atlántico. Perder el control de este flanco sería, para Washington, quedar ciego en el Ártico.
2. El botín bajo hielo. El deshielo es para el mercado una oportunidad extractiva. DW y la BBC coinciden en que la isla es un santuario de tierras raras. En un mundo que se electrifica, depender de China para conseguir el neodimio o el praseodimio de los imanes de un coche eléctrico o de un misil es una vulnerabilidad que Estados Unidos quiere sepultar. Groenlandia tiene lo que el futuro necesita, y Washington lo quiere bajo su bandera.
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