¿Alguna vez ha escuchado que el dinero no da la felicidad, pero ayuda? Pues en el matrimonio, parece que los números en la cuenta de ahorros del banco tienen mucho que decir sobre cuánto puede durar el “sí, acepto” de la pareja.
La investigación, titulada Wealth and Divorce, de Alexandra Killewald, Angela Lee y Paula England, reveló que en Estados Unidos las parejas con mayor riqueza presentan menor riesgo de divorcio.
Y no se trata solo de ingresos; el patrimonio neto (activos menos deudas) se ubica como un predictor clave de estabilidad del matrimonio.
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En ese orden, en Estados Unidos, las parejas que tienen más patrimonio, es decir, más bienes y ahorros que deudas, tienden a divorciarse menos. Y ese efecto es más fuerte cuando se pasa de tener pocos recursos a contar con algo de respaldo económico. Es en esos niveles bajos de riqueza donde tener un pequeño patrimonio hace una mayor diferencia en la estabilidad del matrimonio.
Esta investigación, que analizó datos del Estudio Longitudinal Nacional de la Juventud siguiendo a personas nacidas a finales de los años 50 y principios de los 60, muestra que la riqueza no solo es un colchón contra el estrés, sino un símbolo de éxito social.
“La estabilidad matrimonial no solo es una consecuencia de estar casados, sino que la riqueza en sí misma actúa como un ancla para la relación”, concluye el estudio.
Desigualdad patrimonial y estratificación familiar en Estados Unidos
Además, los académicos encontraron que la desigualdad de la riqueza en Estados Unidos es alta y creciente. Pero el fenómeno no se queda en los balances financieros, también atraviesa la vida familiar.
Por ejemplo, investigaciones previas muestran que las parejas más ricas tienen mayor probabilidad de permanecer casadas. A la vez, permanecer casado se asocia con mayor acumulación de riqueza.
Para los investigadores, el resultado es un círculo que puede amplificar la desigualdad: “si la riqueza estabiliza matrimonios y los matrimonios estables acumulan más riqueza, la estratificación económica también se convierte en estratificación familiar”.
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El estudio también descubrió que la asociación negativa entre riqueza y divorcio es mucho más fuerte en los niveles bajos de patrimonio.
De hecho, pasar de tener por lo menos 40.000 dólares en patrimonio neto (unos $148 millones) reduce el riesgo de divorcio tanto como el hecho de no haber tenido hijos antes del matrimonio en comparación con haber tenido al menos uno.
Lo más sorprendente es que el beneficio de esos primeros 40.000 dólares es igual de potente que el de pasar de 40.000 a 400.000. Es decir, una vez que la pareja alcanza un nivel modesto de seguridad financiera, el efecto de “protección” contra el divorcio se estabiliza.
Casas y carros son símbolos de éxito que mantienen parejas unidas
Los expertos manejan dos teorías para explicar que las parejas con mayor riqueza tienen un riesgo de divorcio significativamente menor: la perspectiva material y la simbólica.
En la primera, el dinero permite subcontratar tareas del hogar, vivir en espacios menos congestionados y evitar peleas por gastos cotidianos.
En la segunda, poseer bienes visibles ayuda a las parejas a sentir que han superado la “barra matrimonial”, ese estándar mínimo de éxito que la sociedad espera de un matrimonio.
Por lo tanto, el estudio encontró que, incluso manteniendo constante el patrimonio neto total, ser dueño de una casa o de un vehículo está directamente relacionado con un menor riesgo de separación.
Estos bienes o activos son marcadores visibles de estatus de clase media que fortalecen el compromiso. Así las cosas, ser dueño de una casa en lugar de no tenerla reduce el riesgo de divorcio de forma mucho más drástica que simplemente aumentar el valor de una casa que ya tienes.
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Deudas y estabilidad financiera en hogares
¿Y qué pasa con las deudas? Aunque se suele pensar que las tarjetas de crédito destruyen hogares, el estudio arrojó un dato curioso: la deuda no garantizada (como la de tarjetas o préstamos bancarios) no mostró una relación estadísticamente significativa con el aumento del divorcio cuando se controla por la riqueza total.
Esto no significa que las deudas no pesen, sino que su impacto parece estar ya incluido en el cálculo del patrimonio neto total de la pareja. Sin embargo, “el riesgo de divorcio es mayor para quienes tienen deudas netas (patrimonio negativo), aunque es un grupo pequeño del 7% en la muestra”.
También hay que mencionar que la riqueza no actúa sola. El estudio controló variables como la duración del matrimonio, la educación de ambos cónyuges, el empleo a tiempo completo y la historia familiar.
Por ejemplo, tener 400.000 dólares de patrimonio tiene un efecto protector similar al de casarse después de los 24 años en lugar de antes de los 21, o estar en el primer matrimonio en lugar de en el tercero.
Al final del día, según el estudio, poseer bienes que otros pueden ver, como esa casa o ese carro, parece ser la “unión social” que ayuda a muchas parejas a superar las ganas de separarse.
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Los resultados muestran, primero, que entre más patrimonio neto tiene una pareja, menor es el riesgo de divorcio, incluso después de tener en cuenta muchas otras variables que podrían influir.
Pero lo más importante es que esa relación no es completamente proporcional. El efecto no crece de manera uniforme a medida que aumenta la riqueza. La protección frente al divorcio es mucho más fuerte cuando se pasa de tener pocos recursos a tener algo de patrimonio.
Es decir, en los niveles bajos de riqueza positiva, contar con un pequeño respaldo económico hace una diferencia mucho mayor que cuando ya se tiene un patrimonio alto.