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El petrismo y el uribismo hoy

hace 1 hora
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  • El petrismo y el uribismo hoy
  • El petrismo y el uribismo hoy

Por Aldo Civico - @acivico

En estos días me acordé de un libro que leí en mi tardía adolescencia: *Breve curso de política*, del jesuita siciliano Ennio Pintacuda. Años después trabajé con él y escribí su biografía intelectual, mi primer libro. Pintacuda distingue con precisión entre partido y movimiento. El partido administra el poder existente; el movimiento lo cuestiona desde su raíz. Además, resalta que los movimientos no se definen por sí solos, sino siempre en relación con su antagonista. Sin un enemigo constituido, el movimiento pierde su razón de ser. Esta distinción, elaborada en la Italia de los años setenta, resulta útil para leer lo que ocurre hoy en Colombia.

El petrismo hay que entenderlo como un movimiento genuino. Encarna la primera expresión orgánica de sectores que durante décadas no tuvieron representación en el sistema político formal y pagaron con sangre el costo de intentarlo. La victoria de Petro no fue solo un cambio de gobierno: fue la irrupción de lo excluido en el centro del poder. Además, cambió el lenguaje de la política. La desigualdad, la transición energética y la reforma agraria, que antes eran temas periféricos, se volvieron centrales.

Pero Pintacuda advertía sobre la trampa de los movimientos que llegan al poder, porque para gobernar necesitan pactar y, al hacerlo, traicionan parcialmente su razón de ser. El petrismo hoy vive esta contradicción. La hiperpolarización como estilo de gobierno y un liderazgo tan personalista erosionaron la energía fundacional sin producir las transformaciones prometidas. Es aquí donde entra Iván Cepeda. Su candidatura representa el momento en que un movimiento intenta sobrevivir a su fundador. Hijo de Manuel Cepeda Vargas, senador asesinado en 1994 como parte del exterminio de la Unión Patriótica, encarna la memoria y la causa del petrismo condensadas en una sola persona. Su apuesta es la del heredero consciente: la misma dirección ideológica, pero un estilo de conducción distinto. Menos confrontación, más negociación institucional. Si lo logra, el petrismo puede convertirse en una fuerza duradera. De lo contrario, quedará solo la nostalgia.

Por otro lado, el uribismo ofrece el cuadro inverso. También fue un movimiento genuino, con su promesa de seguridad, de orden y de la derrota de la guerrilla. Eso conectó con un país exhausto por la violencia. Pero los movimientos entran en declive cuando su propuesta pierde su pertinencia histórica. En este sentido, la paz de Santos fue la primera fractura importante. Lo que siguió fue la descomposición característica de un movimiento sin sucesor legítimo. Con la presidencia de Iván Duque se agudizó la crisis interna del bloque hegemónico uribista.

En este declive apareció De la Espriella. No es la continuidad ni la evolución del uribismo, sino el síntoma de su tramonto. Como Bolsonaro, con el conservadurismo brasileño, ocupa el espacio emocional que deja un movimiento en descomposición, con una propuesta más radical y difícil de institucionalizar. No funda nada nuevo, sino que capitaliza la energía residual del uribismo. Sin una doctrina coherente, su riesgo es la improvisación permanente, como ocurre con Trump. Es, en última instancia, el síntoma de un sistema político incapaz de producir una renovación genuina. Probablemente dure solo mientras dure el incendio que lo alimenta.

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