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Por Cristian Halaby Fernández - opinion@elcolombiano.com.co

El sueño colombiano

hace 1 hora
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Por Cristian Halaby Fernández - opinion@elcolombiano.com.co

“Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada... puedes afirmar que tu sociedad está condenada”. — Ayn Rand

​Es una estadística que debería sacudirnos, pero que ya se nos volvió paisaje: más del cincuenta por ciento de los colombianos dicen que, si pudieran, empacarían maletas y se irían del país. Y no es que sean apátridas o no quieran a Colombia. La gente no se va por falta de arraigo, se va porque aquí no encuentra oportunidades claras para salir adelante. Para entender el tamaño del problema, miremos la historia. Igual que Irlanda en los años 40 y 50, Colombia lleva 20 años teniendo como principal producto de exportación a su propia gente. Y hay que decirlo sin rodeos: cuando el principal producto de exportación de un país son ciudadanos en edad de trabajar y de construir, hemos fracasado como sociedad. La diferencia con la Irlanda de esa época es que hoy recibimos a cambio cifras récord en remesas, un dinero que sostiene la economía y termina tapando la incapacidad del Estado para generar riqueza interna.

​Si a los que ya se fueron y mandan plata le sumamos las miles de visas negadas cada mes, estamos hablando de que casi un 20 % del país vive por fuera o busca desesperadamente cómo salir. Es el momento de enmendar este rumbo para fundamentar el verdadero sueño colombiano. Aquí es donde entra el concepto de la ciudadanización. La premisa es básica: el Estado tiene que estar al servicio del individuo y no al revés. Hoy en Colombia gastamos demasiado tiempo y energía simplemente en “sobrevivir”. Emprender, generar empleo o hacer un trámite es un desgaste enorme por culpa de un aparato burocrático que asfixia y expulsa a la gente.

​Lo que los colombianos quieren no es irse a pasar frío ni a vivir prestados en otra cultura. El sueño colombiano es disfrutar de nuestras raíces, pero con las garantías económicas, jurídicas y de paz de un país desarrollado. Queremos un país incluyente, pero desde la creación de riqueza: con impuestos bajos que atraigan inversión, donde todo se pueda hacer a un clic y la tramitomanía desaparezca. El sistema tributario no puede seguir castigando al que produce.​Queremos quedarnos para disfrutar lo que nos hace únicos: la familia colombiana, nuestro campo, nuestros mares, nuestra comida, las tiendas, los estaderos y ese desparpajo de vivir en nuestro país en un ambiente seguro y saludable. Queremos ser paisas, pastusos o costeños en nuestra tierra. No tenemos por qué elegir entre el amor por nuestras raíces y la estabilidad económica. Se puede vivir aquí con las mismas oportunidades de crear riqueza y construir familia que hoy la gente va a buscar a Estados Unidos o a Europa.

​Para que esto pase, necesitamos extrema coherencia en la administración pública, y esto no es un simple eslogan, es un principio estricto de gestión. No se puede hablar de bienestar mientras las políticas ahuyentan la inversión y frenan la libre empresa. Hay que desmantelar el Estado que estorba y construir uno que deje trabajar. Si logramos ciudadanizar a Colombia —dándole libertad económica a la gente y simplificando las reglas del juego— la fuga de capital humano se va a detener.

Los colombianos no nos queremos ir; lo que exigimos es un país que nos permita quedarnos, trabajar y prosperar. Ese es el verdadero sueño colombiano.

Nota de autor: El nuevo gobierno de Abelardo de La Espriella tiene la gran oportunidad de emprender este camino, pasar de la retórica a la acción y devolverle por fin el Estado al ciudadano..

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