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Cuando el poder huele a polvo blanco

En Colombia, portar una dosis mínima de ciertas sustancias no constituye delito. Pero eso no lo hace aceptable cuando quien la porta es el presidente de la República.

28 de abril de 2025
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  • Cuando el poder huele a polvo blanco

Por cristina plazas michelsen - opinion@elcolombiano.com.co

Las declaraciones sobre el presunto consumo de cocaína por parte del presidente de la República, hechas por figuras de su círculo más cercano —como Armando Benedetti en su conversación con Laura Sarabia, y más recientemente el ex canciller Álvaro Leyva— son profundamente inquietantes y no pueden ser tratadas con ligereza. A pesar de ello, la estrategia del poder ha sido el silencio, la evasiva o incluso la burla. Pero el país necesita —y merece— respuestas claras y verificables.

Si esto es cierto, ¿quién le suministra la droga al presidente? ¿Quién se la lleva? ¿La seguridad de la Presidencia, la Casa Militar, lo saben y lo permiten? Estas no son preguntas menores. Son inquietudes legítimas que tocan el corazón del ejercicio del poder y la responsabilidad del Estado.

En Colombia, portar una dosis mínima de ciertas sustancias no constituye delito. Pero eso no lo hace aceptable cuando quien la porta es el presidente de la República.

No se trata solo de legalidad, sino del ejemplo, del símbolo, del mensaje que se transmite: que el consumo, incluso cuando alimenta al narcotráfico, puede normalizarse desde el poder.

¿Cómo puede el presidente liderar una lucha frontal contra el narcotráfico si, en la intimidad del poder, contribuye a sostenerlo? No nos digamos mentiras: la cocaína no es solo una sustancia ilegal, es una cadena de sangre. Cada gramo adquirido representa dinero que termina en manos de quienes secuestran, asesinan y destruyen comunidades enteras. No importa si el consumo es ocasional, recreativo o habitual: el efecto es el mismo.

La pregunta que hoy nos hacemos muchos colombianos es tan legítima como urgente: ¿están siendo tomadas las decisiones oficiales bajo el efecto de sustancias psicoactivas? De ser así, no solo sería gravísimo, sino absolutamente inadmisible.

¿Cómo se pretende entonces liderar campañas de prevención entre jóvenes? ¿Con qué autoridad moral se habla de salud pública, de autocuidado, de responsabilidad? ¿Qué ejemplo se le está dando a una generación que crece en medio de la incertidumbre, viendo cómo el que ocupa el cargo más alto del país parece estar por encima de toda norma?

La salud física y mental del presidente es un asunto de interés público. Y si existe una sospecha seria de que no está en pleno uso de sus facultades, debe ser esclarecida con responsabilidad. No se pueden seguir ignorando señales evidentes, como sus desapariciones en momentos clave —tal como lo advirtió el ex canciller Luis Gilberto Murillo en el programa Vélez por la mañana— o los trinos publicados en la madrugada, que reflejan un comportamiento errático y preocupante para alguien que tiene en sus manos el destino del país.

Decir que está “adicto al amor”, como él mismo lo afirmó, entre risas y condescendencia de sus áulicos, es una burla al país. Decir, con tono de chiste, que se desaparece durante días, no es gracioso: es alarmante.

Y a esto se suma el caos personal convertido en espectáculo público. Múltiples voces del mismo gabinete señalan una relación sentimental con una funcionaria del Ministerio del Interior. Su vida privada le pertenece, sí. Pero cuando el presidente pasea en Panamá con otra mujer mientras Verónica Alcocer sigue actuando como primera dama, la línea entre lo íntimo y lo institucional se rompe. Si ya no es su esposa, no puede seguir ejerciendo funciones como tal, porque eso también confunde y deslegitima la representación institucional. Si se han separado, el país tiene derecho a saberlo. No se puede jugar con la figura simbólica de la familia presidencial ni con el respeto a una representación que, aunque no es un cargo oficial, sí cumple un rol público ante Colombia y el mundo.

Este gobierno ha demostrado que no le importan las formas. Pero las formas sí importan. Son reflejo de la dignidad del cargo, del respeto a la ciudadanía, de la responsabilidad con la historia.

No es posible seguir normalizando el desgobierno, el desorden, el doble discurso ni la opacidad. Si hay algo que respetar, es la verdad. Y si el presidente no la va a decir, al menos el país debe seguir preguntándola, hasta obtenerla.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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