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Dormir con lobos, despertar con escándalos

01 de julio de 2025
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  • Dormir con lobos, despertar con escándalos
  • Dormir con lobos, despertar con escándalos

Por Cristina Plazas Michelsen - opinion@elcolombiano.com.co

Hay nombramientos que definen un gobierno. El de Álvaro Leyva no solo fue una señal de hacia dónde iba la Cancillería, sino una muestra del tipo de alianzas que Gustavo Petro estaba dispuesto a hacer. Las consecuencias, hoy, están a la vista.

Leyva siempre fue el embajador oficioso de las FARC. Durante décadas operó en las sombras, negociando en nombre de la guerrilla, repitiendo sus relatos y justificando sus excesos. Nada de esto era un secreto. Todos lo sabían. Y aun así, Petro lo puso en uno de los cargos más importantes del Estado.

Uno como presidente puede equivocarse con alguien sin antecedentes, pero no cuando el historial es tan evidente. Leyva ha sido un civil al servicio de las milicias. Nunca ha ocultado de qué lado está. Por eso resulta indignante que ahora algunos finjan sorpresa. Si alguien como él conspira, no es una traición: es simplemente coherente con su trayectoria.

Petro, desde que llegó al poder, ha alimentado la narrativa de un golpe blando. Todo el que no está de acuerdo con él es, según su lógica, de extrema derecha. Y ha repetido hasta el cansancio que todos los gobiernos anteriores fueron de derecha, cuando cualquier profesor de ciencia política —de los que enseñan ideologías con rigurosidad— podría confirmar que ni siquiera el uribismo encaja plenamente en esa categoría. Pero más allá de esa discusión, lo importante es esto: esa supuesta “derecha golpista” nunca ha intentado derrocarlo. Lo que muchos colombianos queremos es que termine rápido este caótico gobierno, sin mártires ni excusas, para pasar la página institucionalmente. Respetamos el Estado de derecho y por eso protegemos la democracia, a pesar de quienes hoy la pisotean desde el poder.

Porque si alguien ha atropellado la Constitución, ha violado la separación de poderes y ha promovido una lucha de clases peligrosa, ha sido este Gobierno. Y esas fracturas profundas no las ha causado la oposición, sino sus propios funcionarios. Cuando se rodea de personas como Leyva, Benedetti, Olmedo López o el secretario fugitivo de Palacio, no hay que buscar enemigos afuera: los tiene en casa. Cada uno protagonizó su propio escándalo. Los audios sobre dineros irregulares en la campaña, la operación de corrupción en la UNGRD y ahora las grabaciones que muestran intentos de desestabilización desde dentro del propio círculo presidencial son prueba de ello.

La tragedia institucional no ha venido de los contradictores, sino de las mentiras del oficialismo. De su cercanía con corruptos. De su afinidad con el narcoterrorismo. Porque Petro no solo nombró a Leyva por confianza personal, lo hizo porque sabía que tenía ascendencia sobre las disidencias de las FARC. Desde el primer día lo usó como ficha clave en su proyecto de “paz total”. Leyva defendió públicamente a Santrich, repitió la teoría del “entrampamiento” y fue uno de los principales impulsores para abrirles las puertas políticas a los desertores del proceso de paz. Gracias a esa presión desde el Gobierno, tanto el Estado Mayor Central como la Segunda Marquetalia terminaron siendo reconocidos con estatus político en el marco de la paz total, como si no fueran disidencias armadas sino actores legítimos de negociación.

Ese experimento de paz no ha traído reconciliación, sino miedo. Volvimos a la Colombia de los noventa, a la incertidumbre, a las rutas tomadas por grupos armados, a los pueblos silenciados. Hoy tenemos un candidato presidencial debatiéndose entre la vida y la muerte. Es el retrato más crudo de una política de seguridad fracasada y de un país que, bajo este gobierno, retrocedió décadas.

Ahora se investiga a Leyva por conspirar para tumbar al mismo presidente que lo nombró. Por supuesto que hay que rechazar cualquier intento de golpe de Estado, venga de donde venga. Pero esta vez no se dio. Y si la justicia determina que hubo delito, que lo juzguen y pague. No solo él, sino cualquier otra persona implicada. Sería solo uno más en la larga lista de traiciones al país y de delitos que acumula.

Ojalá esto no sea el inicio de la narrativa que buscan construir para victimizar al presidente y justificar su permanencia en el poder más allá del mandato constitucional. Porque cuando los gobiernos se sienten acorralados por sus propios errores, la tentación de inventarse enemigos para perpetuarse suele ser muy fuerte.

Lo que no puede pasar es que este episodio se convierta en una cortina de humo para distraernos de otros asuntos graves que el Gobierno debe aclarar de inmediato. El principal: la posible reunión de Petro con alias Fito en Ecuador.

Una escena así no resulta descabellada. No después de haberlo visto hace apenas unos días en una tarima en Antioquia, rodeado de bandidos. Esa imagen lo dice todo: un presidente que prefiere mostrarse con criminales antes que con las víctimas.

Y mientras el escándalo de Leyva llena titulares, siguen sin respuesta las preguntas más graves. ¿Qué fue a hacer el presidente Petro, en mayo, a Manta, Ecuador, en una “agenda privada”? ¿Por qué se reunió en una mansión vinculada —según informes de inteligencia— con alias Fito, el capo de los Choneros? ¿Fue a pedirle a un narco que intercediera con las disidencias para salvar su paz total? ¿Y por qué la Casa de Nariño sigue en silencio frente a eso?

Lo dijo Mauricio Vargas en una reciente columna: sería lamentable que tengamos que esperar a que Fito hable desde una cárcel en Estados Unidos para saber qué demonios fue a hacer Petro a esa ciudad.

La democracia no está en riesgo por los críticos del gobierno, sino por el propio gobierno. Quien se acuesta con lobos, amanece aullando.

¿O será que el lobo siempre fue él?

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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