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¡Callar no es una opción!

Hoy más que nunca, defender la libertad de prensa es esencial para salvar nuestra democracia.

03 de noviembre de 2024
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  • ¡Callar no es una opción!

Por Cristina Plazas Michelsen - opinion@elcolombiano.com.co

La libertad de prensa es un pilar fundamental de cualquier democracia. Sin embargo, bajo el gobierno Petro, este derecho ha sido objeto de ataques constantes y sistemáticos. No es exagerado decir que, hoy en Colombia, cualquier periodista que se atreva a señalar la corrupción, los abusos o las contradicciones del actual gobierno corre el riesgo de ser censurado, atacado o investigado.

El operativo de la Superintendencia de Industria y Comercio en Caracol, RCN y Canal Uno fue escalofriante; se percibió más como una maniobra intimidatoria que como una medida de regulación, sugiriendo que la prensa libre y crítica constituye la verdadera amenaza para este gobierno.

Estas acciones, junto con las declaraciones públicas del presidente, los ataques de los bodegueros pagados con nuestros impuestos y el accionar del círculo cercano, envían un mensaje aterrador: en Colombia, alzar la voz contra el gobierno puede tener graves consecuencias.

Vicky Dávila se ha convertido en un caso emblemático de la cruzada del gobierno contra el periodismo; más allá de las opiniones personales que se puedan tener sobre ella —mi postura es de admiración y respeto—, la denuncia presentada en su contra por un activista cercano a Petro, quien trabajó con Piedad Córdoba, es alarmante y se percibe como un intento claro de intimidar a la prensa y de silenciar a quienes se atreven a investigar y exponer la corrupción en el gobierno de Petro.

Lo más inaudito es que se alega que Vicky Dávila accedió a información obtenida a través del software Pegasus; sin embargo, hasta el momento no se ha aclarado si alguna entidad del gobierno de Duque adquirió dicho software, si se utilizó o con qué propósito.

Los hechos que exigen justicia siguen acumulándose sin que la Fiscalía actúe con celeridad y eficacia. El proceso contra el confeso Nicolás Petro sigue dilatándose. El Pacto de la Picota, impulsado por el hermano del presidente, permanece engavetado. El caso de Marelbys Meza, el billonario desfalco de la UNGRD y los escándalos que salpican a Laura Sarabia sacuden al gobierno.

La Flip ha lanzado múltiples advertencias sobre el acoso del gobierno a los periodistas. En el caso de Dávila, ha recibido respaldo de varios medios de comunicación y un grito de alerta de distintos sectores que ven como el gobierno intenta controlar y amedrentar a aquellos que no siguen su línea.

Resulta irónico que quienes se proclaman defensores de la libertad busquen hoy generar miedo, controlar la narrativa y silenciar voces. Esto es propio de los autoritarismos.

Lo cierto es que toda la información filtrada proviene de funcionarios del gobierno. En lugar de estar unidos en busca del bien común, lo que vemos es un campo de batalla interno en el que todos se atacan entre sí, en medio de celos, intrigas y lucha por el poder.

Hago un llamado: hoy más que nunca, defender la libertad de prensa es esencial para salvar nuestra democracia. Despertemos; estamos en grave riesgo, si no es ya demasiado tarde.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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