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El caos tiene libreto

En lugar de fortalecer nuestras capacidades, Petro, debilita a la Fuerza Pública. En vez de cooperar con aliados, los confronta.

20 de julio de 2025
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  • El caos tiene libreto

Por Cristina Plazas Michelsen - opinion@elcolombiano.com.co

La semana pasada expusimos los cuatro puntos que muestran cómo el presidente Petro está atentando contra la democracia colombiana: la milicianización del país, el fortalecimiento de los grupos armados ilegales, la desinstitucionalización deliberada y el libreto del fraude electoral.

Hoy, esa alerta se amplía. Porque lejos de corregir el rumbo, el gobierno acelera su proyecto de poder. Y lo hace con cinismo y estrategia.

Ahora Petro propone que Colombia se desligue de la OTAN y, en su lugar, plantea la creación de un supuesto “ejército de la luz”, justo cuando el país atraviesa una de las peores crisis de seguridad.

Esta no es una simple declaración ni un desliz retórico. Forma parte de una estrategia que están siguiendo al pie de la letra. Porque la OTAN no es solo defensa internacional. Es cooperación en inteligencia, formación militar, tecnología de punta y respaldo frente al crimen transnacional organizado: narcotráfico, contrabando, tráfico de armas y lavado de activos.

Lo más grave es que Petro quiere romper esa alianza estratégica justo cuando más la necesitamos: en el 75% de los municipios del país hay presencia de grupos armados ilegales, el número de integrantes pasó de 15.000 en 2022 a más de 22.000 en 2024, los asesinatos y heridos de miembros de la Fuerza Pública aumentaron más de 120% este año, según el Ministerio de Defensa.

En lugar de fortalecer nuestras capacidades, Petro, debilita a la Fuerza Pública. En vez de cooperar con nuestros aliados, los confronta. Y mientras tanto, avanza la Ley Montealegre, una reforma judicial hecha a la medida del crimen y la impunidad.

Como bien lo advierte la exministra de Justicia Ángela María Buitrago, quien hizo parte de este gobierno, lo que propone el actual ministro, Eduardo Montealegre, es una forma de camuflar la condonación de penas a delincuentes ya condenados por la justicia.

“No hay autorización en la Ley de Paz Total ni en el fallo de la Corte Constitucional para desconocer los principios de la justicia penal. Las personas que ya fueron condenadas deben cumplir su pena”, afirmó con claridad.

Es decir: mientras aumentan los asesinatos de policías y soldados, el gobierno ofrece impunidad a los criminales que los atacan. Y todo esto ocurre mientras Petro escala su confrontación con Estados Unidos, nuestro principal socio diplomático, económico y en materia de seguridad. Lo hace no solo por ideología, sino porque busca victimizarse, construir el relato del asedio extranjero y justificar así su alineación con regímenes como Venezuela, Cuba, Nicaragua, Rusia y China.

No se trata de rechazar nuevas alianzas o diversificar relaciones exteriores. Se trata de no destruir las que son fundamentales para nuestra soberanía, nuestra economía y nuestra seguridad.

Esta semana, quedó todo más claro. En un acto oficial en Caracas, el jefe de gabinete, Alfredo Saade, declaró sin rodeos: “Este es el inicio de un sueño, de un sueño que nació en Bolívar, que continuó el presidente Chávez, que hoy tienen Maduro y Petro.

Nos decían que exagerábamos. Que comparar a Petro con Maduro era una locura, una distorsión malintencionada. Pero no. No estábamos delirando. Hoy está frente a nuestros ojos: el proyecto de Petro y el de Maduro es el mismo. En el 2026 tenemos una responsabilidad histórica: sacarlos del poder con el voto.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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