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¡Otra vez, no!

El presupuesto para 2025 refleja desfinanciación de más de $12 billones, y en lugar de hacer los ajustes, la solución será cargar a la clase media con más impuestos. Es inaceptable que después de haber soportado una reforma tributaria ahora nos digan que necesitamos otra para tapar huecos fiscales”.

26 de agosto de 2024
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  • ¡Otra vez, no!

Por Cristina Plazas Michelsen - opinion@elcolombiano.com.co

El desastre presupuestal que enfrenta el gobierno actual es una prueba más de la incapacidad de planificar con responsabilidad y realismo. Tras haber aprobado una reforma tributaria en 2022, que supuestamente aseguraría el financiamiento de los próximos años, nos encontramos nuevamente en una situación en la que se habla de la necesidad de aumentar los ingresos tributarios. ¿Por qué? Porque el gobierno no hizo bien sus cálculos, proyectando cifras irreales y fantasiosas que ahora no se sostienen.

El presupuesto para 2025 refleja una desfinanciación de más de $12 billones, y en lugar de admitir el error y hacer los ajustes necesarios, parece que la solución será nuevamente cargar a la clase media con más impuestos. Es inaceptable que, después de haber soportado una reforma tributaria que incrementó la carga impositiva sobre los salarios y sobre sectores productivos como el minero energético y el financiero, ahora nos digan que necesitamos otra modificación para tapar los huecos fiscales.

Pero el problema no es únicamente el mal cálculo de los ingresos. Los escándalos de corrupción, como el desfalco en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), dejan en evidencia que el dinero que tanto se nos exige no se traduce en mejoras para el país, sino que termina en los bolsillos de los delincuentes. Es insultante que, mientras las arcas del gobierno se vacían por la corrupción, se espere que la clase media siga pagando la cuenta.

Los impuestos que paga la clase media son múltiples y abarcan casi todos los aspectos de la vida diaria: pagan por el carro, la moto, la casa, la finca, por comprar, por vender, por trabajar, por invertir, por ahorrar, por emprender, por viajar, por comer, por vivir y, para rematar, hasta por morirse. Y a cambio, ¿qué recibes? Un gobierno ausente que falla en proveer los servicios más básicos como seguridad, justicia, salud y educación. Este desequilibrio entre lo que se paga y lo que se recibe no solo es injusto, es insostenible e inaceptable.

La clase media no puede seguir siendo el chivo expiatorio de las malas decisiones políticas y de los multimillonarios desfalcos de corrupción. Este grupo sostiene la economía, invierte en educación, impulsa el consumo y aspira a un futuro mejor. Pero, esa promesa de progreso, esa idea de que el esfuerzo puede llevarnos a una vida mejor, se desvanece cuando el gobierno interviene con políticas fiscales que desincentivan el ahorro y la inversión.

Las familias que han trabajado años para construir su patrimonio, para comprar su vivienda, para ahorrar pensando en una vejez digna y en la educación de sus hijos, se ven hoy asfixiadas por impuestos que no dejan espacio para el progreso. En lugar de premiar el esfuerzo y la inversión, el gobierno parece castigar a quienes intentan avanzar en este país.

El Congreso tiene la responsabilidad de devolver el proyecto de presupuesto al gobierno y exigir un ajuste realista. No podemos seguir jugando a proyectar ingresos que nunca llegarán, y luego pretender cubrir el déficit con impuestos que solo empeoran la situación de los ciudadanos. La historia nos ha enseñado que estas reformas nunca son suficientes, y que, si no se toman medidas estructurales, en un par de años estaremos discutiendo nuevamente sobre cómo aumentar los ingresos.

Es hora de que el gobierno deje de actuar con irracionalidad, repitiendo las mismas fórmulas que ya han fracasado, y se enfoque en corregir sus errores antes de seguir descargando sus problemas sobre la clase media. Si no se ajusta ahora, los problemas que enfrentaremos en el futuro serán mucho más graves, y la confianza de los ciudadanos en sus instituciones seguirá deteriorándose.

No podemos permitir que la movilidad social se convierta en un mito inalcanzable debido a un gobierno ineficiente y corrupto.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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