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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
Tanto Washington como Moscú quieren ver al mediático gobernante afuera y ambos insisten en elecciones presidenciales cuanto antes.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
El 24 de febrero de 2022 el presidente Vladímir Putin tomó los micrófonos oficiales para informar acerca de una operación militar especial en Ucrania. En palabras directas, sin eufemismos, la notificación daba cuenta de la invasión militar a su vecino. Una acción de una envergadura como no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. En pocos días el mundo recordará esa fecha como el inicio de la catástrofe. Se harán resúmenes básicos de un enfrentamiento que según algunas cifras, supera las dos millones de bajas. Se propondrán balances. Se anunciará también —conociendo a los líderes de las potencias mundiales— algún tipo de acuerdo entre las partes. Necesitan una foto y un apretón de manos. El alcance de ese pacto y sus consecuencias geopolíticas hacen que Europa aguante el aliento.
Donald Trump y Marco Rubio, de la mano del ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, trabajan para lograr un compromiso que pueda ser informado al mundo en esa fecha. Volodímir Zelenski desconfía. Ha estado excluido de reuniones fundamentales en las que se define el futuro de su país. Sabe que la integridad de Ucrania está en juego y es muy probable que, cuando los fusiles callen, sus fronteras se muevan hacia el occidente para entregar enormes zonas del Donbás que se integrarán a la Federación Rusa. El presidente ucraniano entiende que, incluso, su continuidad está en la mesa de negociación. Tanto Washington como Moscú quieren ver al mediático gobernante afuera y ambos insisten en elecciones presidenciales cuanto antes. Estas, muy posiblemente, terminarían con su derrota. El líder ha pasado a ser criticado por sus propios gobernados y el apoyo a su gestión está en mínimos, al punto que encuestas recientes sitúan su popularidad en menos del 30 por ciento.
Los cuatro años de barbarie en esta guerra reconfiguraron la política mundial. Europa descubrió de la peor forma que Rusia no es un socio de confiar y que 35 años después del colapso de la Unión Soviética la posibilidad de integración de Moscú al ideal diseñado por Bruselas es, en el mediano plazo, imposible. La Unión Europea, ya herida profundamente desde el Brexit del 2016, sufrió un golpe devastador y la OTAN tuvo que plantearse a profundidad de qué forma redefine su financiación, sus objetivos y su capacidad de respuesta. A todo esto, que ya parece bastante preocupante para el continente, hay que sumarle la variable de Donald Trump. El presidente estadounidense le soltó la mano a sus históricos aliados y con un pragmatismo tan radical como errático, convirtió la previsibilidad geopolítica en un asunto del pasado.
La forma de negociar de Washington, entre la amenaza y el matoneo, tiene una de sus radiografías más claras en el conflicto de Ucrania. El republicano está obsesionado, desde antes de posesionarse, con anunciar que ha terminado una guerra. Para él en qué términos se firmen los acuerdos o cuáles pueden ser las consecuencias para las partes a mediano y largo plazo son minucias.
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.