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Decisiones non sanctas

La decisión de revocar una licitación de 1.5 billones de pesos, destinada a mantener la plataforma tecnológica del SENA y asegurar la capacitación de 250.000 estudiantes, por un monto de 14 millones de pesos, es un despropósito.

18 de octubre de 2023
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Por Cristina Plazas Michelsen - opinion@elcolombiano.com.co

El Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) de Colombia, a pesar de adversidades políticas y otras dificultades, ha mantenido un desempeño aceptable. Más de 250.000 estudiantes se capacitan de manera continua en sus aulas, adquiriendo habilidades técnicas y prácticas que facilitan su subsistencia. Los aprendices del SENA son altamente valorados por las empresas debido a su notable formación y evidente deseo de superación.

Durante los últimos 16 años, la entidad, sin sucumbir a corrientes políticas ni ideológicas, ha optado por contratar una plataforma tecnológica robusta. Esta decisión permite capacitar virtualmente a todos los estudiantes en todos los municipios de Colombia. La ejecución del contrato tecnológico, normalmente billonario, involucra diversas actividades, desde la adquisición de equipos y servidores hasta garantizar la continuidad de los aires acondicionados para operar esos equipamientos. El presupuesto más reciente para este propósito estaba planeado en 1.5 billones de pesos.

Históricamente, empresas líderes en telecomunicaciones, como Claro y Telefónica, asociándose con otras compañías importantes como Indra y Carvajal, han obtenido las licitaciones. Este año, debido a una mala planificación del SENA, la licitación no pudo abrirse a tiempo y en junio se declaró una urgencia manifiesta para contratar con Telefónica, quien ha estado ejecutando el contrato ganado hace 4 años tras una licitación pública reñida.

Esta urgencia trajo complicaciones, pues el presupuesto de contratación de 4 años se vio automáticamente reducido, no solo por 6 meses, sino también por gastos adicionales, dado que Telefónica tuvo que incurrir en compras de emergencia y adquisición de licencias.

A pesar de estos retos, el proceso finalmente se abrió. No obstante, Claro, su gran competidor, comunicó que, aunque cumplía con todos los requisitos, el presupuesto no le permitía presentar una oferta. Ante esta situación y tras un cambio ilegal de la ley de contratos por parte del presidente, a través de su cuenta de Twitter, que indicó que no podía haber licitaciones con un único oferente, contradiciendo la ley 80 de 1993, el SENA decidió revocar el acto de apertura del proceso. Alegaron que la especificación técnica de una planta eléctrica, valorada en $14.000.000, era confusa y que esta probablemente fue la causa por la cual no participaron otros oferentes. Tremenda nimiedad, que, de ser cierta, se podría haber superado con herramientas que otorga la ley y no anulando un proceso que estructuró la Universidad Nacional por la no despreciable suma de 3 mil millones de pesos. La decisión de revocar una licitación de 1.5 billones de pesos, destinada a mantener la plataforma tecnológica del SENA y asegurar la capacitación de 250.000 estudiantes, por un monto de 14 millones de pesos, es un despropósito sin igual y suscita dudas sobre las verdaderas razones que podrían ser non sanctas. Ahora, el contrato tiene un costo casi un 35% adicional al que tendría si se hubiera llevado a cabo una licitación pública.

Según las fuentes, el problema podría intensificarse ya que el presidente y sus “genios” asesores han decidido descentralizar la contratación, alterando un proceso que hasta el momento ha funcionado adecuadamente. En vez de realizar una licitación pública centralizada en Bogotá, los 1.5 billones de pesos se distribuirán entre las 32 regionales del SENA a nivel departamental, lo cual podría incrementar el riesgo de ineficiencias y corrupción.

El gobierno que se erigió como símbolo de cambio y que juró luchar sin cuartel contra los gamonales y políticos corruptos que han saqueado nuestro país, pasará a la historia no solo por entregar la contratación pública a los mismos delincuentes que prometió eliminar, sino también por destruir lo que se ha construido con tanto esfuerzo.

Una vez puede generar dudas, pero cuando esto comienza a percibirse como una práctica sistemática, la pregunta que nos formulamos es si lo que realmente desean es cederle todo a estos grupos con el fin de perpetuarse en el poder.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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