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Esculcar

hace 11 horas
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Por Diego Aristizábal - desdeelcuarto@gmail.com

Mucho antes de leer las Crónicas de Narnia, a mí ya me gustaba meterme dentro del ropero de la casa de mi abuela materna y de una tía. Y digo ropero para mantener la fantasía, pero en realidad el ropero eran cajones, baúles, armarios, todo lo que pudiera abrirse. A mí me gustaba esculcar, así de sencillo, descubrir lo que guardaban los otros. ¿Qué niño no siente curiosidad, mucho más por lo que no se ve? Si alguien quiere descubrir el mundo tiene que meter la mano y el cuerpo y la imaginación en lugares oscuros, esos que, incluso, se cierran con doble llave y se guarda la llavecita en una caja de galletas.

Algunos dirán: Pero esculcar es feo, un mal hábito que debe erradicarse desde la tierna infancia. Yo pienso lo contrario, a un niño hay que dejarlo que explore, que sacie su curiosidad, que sienta los nervios del explorador ante lo inimaginable. Lo que más desea un niño es que los adultos hablen entre ellos y lo olviden por un momento, que no le digan lo que debe hacer y lo que no; por eso los adultos temen tanto el silencio de los niños, porque en esos momentos los niños son fantásticos, mitológicos, se prestan para el asombro y disfrutan como nunca la felicidad del hallazgo y las consecuentes preguntas. La alegría para un niño siempre será encontrar algo que lo encante, que le permite seguir soñando. La alegría para un adulto, a veces, se me desdibuja porque muchos se pierden en sus propias certezas, en tantas cosas materiales, en la ausencia de fantasía: una moneda es una moneda y un maletín es un maletín. Alguien crece cuando le cuesta meterse en el ropero. Un niño cabe enterito en un cajón y ve en todo algo precioso, digno de colección.

COLETILLA: Esta semana, el lunes, murió Antonio Vélez, divulgador científico que, por supuesto, creía ante todo en la ciencia y pensaba que la psicología evolutiva y cognitiva pueden ayudar a comprender la mayoría de los comportamientos humanos. Fue profesor durante casi medio siglo en varias universidades de este país. Fue un curioso, ¡eso!, ante todo fue un curioso que con seguridad esculcaba los cajones de sus tías. La primera vez que supe de él fue en 2007 cuando leí un libro fascinante, “Homo sapiens”. Durante la pandemia, en un podcast que tenía, lo invité para que armara su propio mundo y explicó con gracia y profundidad que su mundo lo armaría con Malthus y Ogino. Como sabía que no le encuentro mayor gracia a las dedicatorias en los libros, gocetas como era, me mandó uno de sus libros con la siguiente: “Para Diego Aristizábal, a pesar de que no le gustan los libros con dedicatoria. Olvidemos esta. Con aprecio, Antonio Vélez”. En este país, deberíamos honrar, admirar y seguir a más hombres como él, no tanto a esos personajes públicos y farsantes que en realidad son como pólvora, tan insulsos y ruidosos, y aportan muy poco.

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