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El fin del hombre fuerte y lo que Colombia debería aprender

Los votantes castigaron a Orbán en Hungría por el estancamiento económico, la inflación y el deterioro del nivel de vida... perdió su toque populista porque dejó de entender las preocupaciones reales. Colombia debería leer esto con atención.

hace 20 minutos
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  • El fin del hombre fuerte y lo que Colombia debería aprender

Por Diego Santos - @diegoasantos

El domingo 12 de abril, Hungría cumplió el sueño de todos aquellos que se consideran demócratas: desalojó al corrupto y tirano Viktor Orbán del poder después de 16 años. Y lo hizo de la manera que se debe hacer, por el voto de los húngaros. Péter Magyar y su partido Tisza obtuvieron más del 53% frente al 39% de Fidesz, con la participación electoral más alta desde la caída del comunismo.

Magyar, un exmiembro de Fidesz convertido en crítico, usó el propio historial de Orbán en su contra: unió a las fuerzas prodemocráticas, convirtió las divisiones que Fidesz había fabricado contra el propio Orbán, y centró su campaña en la corrupción del gobierno y el deterioro de los servicios públicos.

Orbán no fue derrotado por un candidato carismático ni un movimiento masivo de izquierda. Fue la acumulación de desastres. La corrupción, los escándalos de sus allegados, el deterioro del nivel de vida, la inflación y una ciudadanía que finalmente entendió que el relato del hombre fuerte que protege al pueblo había sido, desde el principio, una operación de captura del Estado en beneficio propio. Algo así como lo que Gustavo Petro viene haciendo.

Los votantes castigaron a Orbán por el estancamiento económico, la inflación y el deterioro del nivel de vida, mostrando que perdió su toque populista porque dejó de entender las preocupaciones reales de sus votantes.

Colombia, por supuesto, debería leer esto con atención. El populismo colombiano comparte con el húngaro varios rasgos estructurales: la polarización como instrumento de gobierno, la demonización del adversario como enemigo de la patria, el uso del aparato estatal para alimentar redes de lealtad, y la construcción de un relato donde cualquier crítica al líder equivale a una traición al pueblo. Orbán tardó 16 años en caer. Colombia tiene la ventaja de observar el modelo antes de que se consolide del todo.

El caso húngaro también enseña algo sobre la oposición. Las fuerzas prodemocráticas pueden usar la polarización contra los gobiernos autoritarios pintándolos como del lado equivocado de una división política binaria clara. Los temas que trascienden la ideología, como la corrupción y el abuso, pueden unir movimientos. En Colombia, la oposición ha cometido exactamente el error inverso: fragmentarse en disputas ideológicas mientras el gobierno unifica su base con un enemigo común.

Hay otra lección. Orbán no cayó porque sus ideas dejaran de tener audiencia. Cayó dejando abierta la pregunta de si Hungría rechazó al hombre o rechazó el modelo. El orbanismo, como sistema de valores políticos y preferencias sociales profundas, sigue vivo. En Colombia eso debería generar una reflexión seria: derrotar electoralmente al populismo en 2026 no resuelve el problema si las condiciones que lo alimentan, la desigualdad, la desconfianza institucional, la corrupción sistémica, siguen intactas.

Los hombres fuertes no se derrumban solos. Se derrumban cuando la gente deja de creerles. Hungría acaba de demostrarlo. La pregunta para Colombia es cuánto tiempo más quiere esperar para aprender esa lección por las buenas.

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