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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
A pesar de los discursos prometedores, la política internacional ha enseñado que las intenciones y sus expectativas no garantizan el éxito de las empresas.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
Hay un nuevo pacto de potencias militares y más le vale a Occidente tomárselo en serio. Turquía, Arabia Saudita y Pakistán firmaron el pasado siete de agosto en La Meca un acuerdo de defensa que los unifica como bloque estratégico. “Cualquier ataque armado contra alguno de los tres será interpretado como un ataque contra todos”, reza el alma de la alianza, en una promesa que recuerda al famoso artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte y que ha llevado a que ya empiecen a llamarlos la “OTAN musulmana”.
El entendimiento de tres grandes potencias sunitas llega en un momento particularmente tenso en Medio Oriente. Con el descontrol bélico de Israel y la encrucijada iraní, la firma de la defensa colectiva aparece como una clara señal de poderío conjunto que aglutina la fuerza económica saudí, la experiencia militar turca y el músculo nuclear paquistaní. Pero, al mismo tiempo, es una derrota diplomática para Estados Unidos que puede ver de qué forma se diluye su influencia tras los errores estratégicos del último año frente a Irán y su ambigüedad al defender a estados amigos. La debacle del estrecho de Ormuz -su imposibilidad de controlar el paso más allá de la narrativa absurda de la Casa Blanca- y los continuos bombardeos a países como Catar, Emiratos o la misma Arabia Saudita, han llevado a las capitales más fuertes de la zona a explorar alternativas de respaldo.
El Pacto de La Meca, como ya se le conoce, se plantea como una reestructuración evidente del tablero geopolítico, en el que parte del mundo musulmán da un paso clave para buscar una voz que sea respetada y temida. Aunque los mandatarios de las tres naciones aseguran que el nuevo entendimiento no es una ruptura con Estados Unidos y tampoco pretende reñir con los compromisos previos, es más que evidente que una de las finalidades inmediatas es reducir la dependencia de Washington.
Pero hay un camino por recorrer. A pesar de los discursos prometedores, la política internacional ha enseñado que las intenciones y sus expectativas no garantizan el éxito de las empresas. Las tres naciones tienen intereses diferentes -en algunos casos contradictorios- y no resulta claro que, dado el caso de una guerra, los dos países restantes estén dispuestos a ofrecer una respuesta conjunta. Como disuasión es una oferta válida, pero hay cuestionamientos sobre su efectividad una vez tenga que cumplirse en batalla lo que se brindó en la diplomacia.
La primera piedra de la nueva columna defensiva, sin embargo, ya está puesta. Los firmantes están entusiasmados y llaman a otros a integrarse. Insisten en que no es un grupo cerrado y puede que el siguiente en sumarse sea Egipto, la gran potencia árabe restante que cuenta, además, con una inmejorable ubicación estratégica y el Canal de Suez a disposición. Sería un cuarto pilar para el organismo que, de sostenerse en el tiempo, podría modificar el eje de poder en Medio Oriente.
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.