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hace 16 horas
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Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com

Lidiar con la pobreza suele ser difícil. Sin embargo, en una compatibilidad perfectamente armoniosa para quienes los conocían, cuando se trataba de los padres de Félix las carencias en lugar de desesperarlos los estimulaban. En medio de un romance apasionado y sin ningún rastro de animosidad el embarazo los había tomado por sorpresa 16 años atrás. Eran jóvenes, nada les importaba y dejándose llevar trajeron al mundo, valga decir a su mundo, a un hijo. Tenían todo el tiempo por delante para abrirse paso en algún lugar deshabitado frente al mar, querían ser libres, criar a Félix lejos de los “horrores de la civilización” y, sin pensarlo dos veces, le dieron la espalda al pasado volando a donde nunca los encontrarían. No se habían arrepentido de no volver a saber de sus familias, en cuanto a sus amigos todavía menos. Se sentían dichosos rodeados del viento y las olas.

No supieron en qué momento su hijo empezó a dejar de prestarles atención y, acompañado de un aislamiento que por obvias razones muy pocos lograban, Félix focalizó su interés en conocer al dedillo todos los fenómenos y aconteceres de su exuberante entorno. Al amanecer salía del estrecho rancho a observar cada piedra, cada flor, cada hoja, cada caracol y cada elemento que encontraba a su paso. Jugaba con los animales, con luces, sombras y penumbras, aprendía de los ramilletes de estrellas, del sonido del silencio y de la furia del mar. Se comunicaba con cuanto ser en movimiento se cruzaba en su camino e incluso le quedaba tiempo para trazar y dibujar figuras en la arena. Con respeto y asombro hacia todo lo viviente, el horizonte dueño de bellas tonalidades a veces doradas a veces sangrantes, lo instruía sobre la grandiosidad de la existencia.

¿Se trataba de un gen recesivo o de un misterio insondable? Sea como fuera Félix era un muchacho genial inclinado a hacerse preguntas sobre lo habido y por haber y, empeñado en resolverlas, fabricó un bote y una brújula para lanzarse al desafío de navegar al otro lado de lo visible. No sabía que más allá de donde el cielo besaba la tierra existían jóvenes que también anhelaban conocer el mundo, e igualmente aislados exploraban la red, surfeaban online y navegaban por sitios web.

Félix y sus desconocidos semejantes vivían la misma travesía: se enfrentaban a situaciones de doble filo con confianza e incertidumbre, ventajas y desventajas y a impactos significativos dependiendo del uso que les dieran a los recursos. La clave residía en cómo emplear sus talentos y gestionar sus errores, en entender que las equivocaciones eran aprendizajes y, enfocándose en las soluciones a las dificultades, desarrollar una visión de sí mismos ajustada a sus capacidades.

A todos les convenía entender que“el éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal, lo que cuenta es el valor para continuar”, donde se resaltaba la perseverancia, la valentía y la capacidad de superar los obstáculos y seguir adelante como la verdadera medida de la plenitud personal.

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