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Hasta la eternidad, maestro

Nos despedimos de un gigante del arte cuyo impacto trasciende el lienzo y la escultura. Sus obras, llenas de vida, nos desafiaron a repensar lo que verdaderamente significa ser bello.

27 de septiembre de 2023
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Por Cristina Plazas Michelsen- opinion@elcolombiano.com.co

Hoy rindo homenaje a un gigante en el mundo del arte, un maestro cuyo legado trascenderá a través del tiempo. Fernando Botero, con sus pinceles y esculturas, dejó una huella imborrable en la historia del arte. El legado artístico de Botero es tan vasto como su creatividad. Sus obras, caracterizadas por sus figuras voluptuosas y colores vibrantes, han cruzado fronteras y se han convertido en iconos de belleza y singularidad. Sus donaciones de arte a museos y su apoyo incansable a la educación artística han sido fuentes de inspiración para innumerables artistas emergentes.

Hoy no solo recordamos a Botero por su destreza artística, sino también por su profunda humanidad.

Nos despedimos de un gigante del arte cuyo impacto trasciende el lienzo y la escultura. Sus obras, llenas de vida, nos desafiaron a repensar lo que verdaderamente significa ser bello.

En un mundo que a menudo nos dicta que solo lo esbelto es hermoso, Botero nos recordó que la belleza abarca todas las formas y tamaños. Sus personajes regordetes desafiaron los estereotipos y nos mostraron que la plenitud de la experiencia humana es hermosa en su totalidad.

Este mensaje adquiere aún mayor relevancia en un mundo donde la presión de las redes sociales puede llevar a los jóvenes a luchar contra trastornos alimentarios para encajar en un estándar poco realista de la belleza. Las obras de Botero se convierten en un símbolo de resistencia contra esta presión para ser delgado y un recordatorio de que la autenticidad supera la conformidad.

El legado de Botero nos insta a cuestionar las nociones convencionales de belleza que a menudo nos hieren. Nos inspira a amar y respetar nuestros cuerpos tal como son, en lugar de someternos a dietas extremas o comportamientos dañinos para alcanzar una imagen inalcanzable.

Su mensaje resplandece con una luz de autenticidad en un mundo obsesionado con las apariencias y la validación en línea. Nos motiva a explorar la profundidad de la belleza en lugar de buscar simples “me gusta”. En una época donde la búsqueda de aprobación a menudo supera la búsqueda de significado, su ejemplo nos guía hacia una apreciación más profunda de la belleza humana.

Hoy, mientras nos despedimos de este maestro, celebramos su arte asombroso y su regalo al mundo: la comprensión de que la verdadera belleza no tiene límites y que ser auténtico es el camino hacia un entendimiento más rico de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.

En un mundo que a menudo prioriza la superficialidad y celebra a aquellos que no han logrado nada verdaderamente trascendental, es esencial que los jóvenes se inspiren en figuras como Botero. Ojalá se distancien de las influencias efímeras y abracen el arte, la historia, la literatura, la ciencia y el deporte, que son fuentes inagotables de conocimiento y enriquecimiento personal. Que encuentren la inspiración necesaria para elevarse por encima de las limitaciones superficiales de la vida moderna y abrazar lo que realmente nutre sus almas.

Descanse en paz, maestro Botero. Como colombianos, le agradecemos por llevar en alto el nombre de Colombia, por ser un hombre de paz, por ser un hombre honesto. Su legado artístico y su carácter ejemplar nos llenan de orgullo y admiración. Su huella perdurará como un faro de inspiración para todos nosotros.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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