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Por Juan Guerra - opinion@elcolombiano.com.co

El Führer

La grandeza de un líder no consiste en derrotar adversarios con una frase incendiaria; consiste en elevar la conversación cuando todos esperan que la rebaje.

hace 2 horas
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  • El Führer

Por Juan Guerra - opinion@elcolombiano.com.co

Hay palabras que no envejecen.

Pasan las décadas, cambian los gobiernos y caen los imperios, pero algunas siguen cargando el peso de la historia. No porque estén prohibidas, sino porque representan heridas que la humanidad decidió no olvidar. “Heil Hitler” es una de ellas.

Por eso sorprende que un presidente la utilice para responder a una opinión. No importa si el comentario es acertado o equivocado, ni si quien lo escribió merece aplausos o críticas. Lo preocupante es que, en lugar de debatir una idea, se recurra a una de las referencias más oscuras que ha conocido la política.

Las democracias existen porque aceptan una verdad fundamental: quien piensa distinto no es un enemigo.

Un presidente tiene derecho a controvertir, a defender sus posiciones y a responder con firmeza. Pero sus palabras nunca son solamente suyas; viajan más lejos que él, cruzan fronteras y se convierten en titulares. Para millones de personas en el mundo, representan la voz de un país. Y ahí está el problema.

Mientras nosotros discutimos sobre política, muchos observan a Colombia a través de las palabras de quien ocupa la Presidencia. El presidente se convierte, para bien o para mal, en la carta de presentación de la nación. Por eso duele cuando el lenguaje se degrada.

Colombia es mucho más que sus peleas políticas; es mucho más que sus gobiernos de turno. Es un país de científicos, artistas, emprendedores, campesinos, maestros y millones de ciudadanos que cada día intentan construir algo mejor. Sin embargo, con demasiada frecuencia terminamos explicando los excesos verbales de quienes deberían ayudarnos a mostrar nuestra mejor versión.

La investidura presidencial implica una responsabilidad que va más allá de gobernar. Implica representar incluso a quienes no votaron por uno. Representar significa comprender que cada palabra proyecta una imagen del país y ayuda a construir —o deteriorar— su prestigio ante el mundo.

La grandeza de un líder no consiste en derrotar adversarios con una frase incendiaria; consiste en elevar la conversación cuando todos esperan que la rebaje. Al fin y al cabo, las palabras son el espejo del poder. Y cuando el lenguaje pierde altura, también se erosionan el respeto por el desacuerdo, la confianza en las instituciones y la dignidad del cargo.

Los presidentes pasan. Las palabras quedan.

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