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Democracia, el terreno incómodo

La democracia no se pierde cuando alguien la ataca. Se pierde cuando dejamos de defenderla.

hace 4 horas
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  • Democracia, el terreno incómodo
  • Democracia, el terreno incómodo

Por Juliana Velásquez Rodríguez* - opinion@elcolombiano.com.co

Hay momentos en los que un país no cambia de golpe, pero empieza a sentirse distinto.

No hay estruendo. No hay un punto exacto que marque el quiebre. Es más sutil. Más difícil de nombrar. Pero se instala: en el tono de las conversaciones, en la desconfianza que se vuelve cotidiana, en la sensación de que lo que antes era evidente, las reglas, los límites, el respeto, empieza a volverse negociable.

Colombia está ahí.

Las tensiones institucionales, la polarización y la desconfianza dejaron de ser episodios aislados para convertirse en una atmósfera. Y en medio de esa atmósfera hay una pregunta que no podemos seguir evadiendo:

¿cómo estamos cuidando la democracia?

Porque la democracia no se rompe de un día para otro.

Se erosiona.

Se erosiona en el lenguaje, cuando dejamos de argumentar para empezar a descalificar.

Se erosiona en las instituciones, cuando se cuestionan no para mejorarlas, sino para debilitarlas.

Se erosiona cuando empezamos a justificar lo injustificable porque coincide con nuestras convicciones.

Y se erosiona, sobre todo, cuando olvidamos que las reglas no son un obstáculo, sino la única protección frente a la arbitrariedad y los vaivenes de la coyuntura.

Hace décadas, Albert Camus escribió que la democracia es, en el fondo, el ejercicio social y político de la modestia. Reconocer que no lo sabemos todo, que podemos estar equivocados, que incluso el otro, el contradictor, puede tener razón.

Esa modestia hoy escasea, sobretodo en quienes ejercen el poder.

Vivimos en una época que premia la certeza, que celebra las posiciones absolutas y que convierte la política en una confrontación de verdades innegociables. Dudar se interpreta como debilidad. Escuchar, como concesión. Pero cuando una idea se asume como única y el contradictor pierde legitimidad, la democracia empieza a ceder.

No colapsa. Se va desgastando.

Hoy vemos cómo se cuestionan las reglas de juego, cómo se deslegitiman las instituciones y cómo empieza a instalarse una idea peligrosa: que el orden constitucional es un obstáculo y no una garantía. Ese es un punto de inflexión. El orden constitucional y la batería legislativa o regulatoria no deberían reescribirse como respuesta a la frustración. Se construyen para dar estabilidad en medio de la incertidumbre.

Tampoco es cierto la idea que se instala que quienes defienden la democracia están defendiendo el statu quo. No se niega que Colombia necesita transformaciones profundas. Pero tenemos que asegurar que esas transformaciones ocurran dentro de reglas que protejan a todos, no solo a quienes circunstancialmente tienen el poder.

Por eso el cuidado de la democracia exige algo más que opiniones. Exige cuidar el lenguaje, porque las palabras preparan el terreno de lo posible. Exige reconocer que el adversario político no es un enemigo. Exige sostener las instituciones, incluso —y especialmente— cuando incomodan. Y exige algo que hoy resulta incómodo: aceptar límites. Porque el poder sin límites deja de ser democrático.

Nada de esto es fácil. Y ahí está el punto. La democracia no es cómoda. No lo ha sido nunca. Implica aceptar que nuestras ideas no son suficientes, que necesitamos a otros, que la verdad se construye, siempre de manera imperfecta, en conversación.

Es, en esencia, un ejercicio de contención. En un país donde todo parece empujar hacia la confrontación, la democracia sigue siendo una decisión: no llevar nuestras certezas hasta el punto de romper lo que nos une. Esa es la incomodidad que hoy enfrentamos. Y la pregunta de fondo ya no es solo qué está pasando con la democracia en Colombia.

La pregunta es si estamos dispuestos a sostenerla. Sostenerla cuando incomoda. Sostenerla cuando exige límites. Sostenerla cuando no nos favorece. Sostenerla cuando es peligroso hablar.

Porque la democracia no se pierde cuando alguien la ataca. Se pierde cuando dejamos de defenderla.

*Presidenta ejecutiva Proantioquia

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