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La tiranía de la sonrisa obligatoria

hace 3 horas
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  • La tiranía de la sonrisa obligatoria

Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com

El reciente lanzamiento en español de El síndrome del bienestar ha puesto sobre la mesa una verdad sumamente incómoda pero necesaria para estos tiempos actuales de hiperconectividad y autoexigencia desmedida. En su provocador ensayo, Carl Cederström y André Spicer desmenuzan con precisión quirúrgica cómo aquellos anhelos tan humanos y legítimos como estar sanos, cuidarnos o alcanzar la plenitud se han distorsionado por completo. Lo que antes era un deseo espontáneo, hoy se ha transformado en una implacable obligación moral que arrastra consigo la pesada sombra del fracaso individual. Si no logramos sentirnos plenos, el sistema nos convence de que hemos fallado por completo.

Esta sutil tiranía ha cruzado de manera alarmante el umbral del hogar para colonizar el ámbito laboral. Con asombro podemos ver cómo diversas empresas modernas acuñan el pintoresco cargo de “director de felicidad”, un rol diseñado exclusivamente para que el empleo parezca divertido y el entusiasmo sea un requisito indispensable de la cultura corporativa. Sin embargo, los autores revelan el reverso oscuro de semejante promesa optimista. Cuentan que cuando Adidas decidió hacer del running parte de su cultura, correr dejó de ser una afición para convertirse en una obligación para sus empleados, y quienes no se sumaron acabaron fuera de la empresa. Y en Björn Borg, famosa marca sueca de ropa deportiva, los empleados se sometían a pruebas físicas dos veces al año y tenían objetivos corporales como correr una maratón, mejorar marcas o conseguir abdominales visibles.

El asunto es que, si la alegría se monitorea y se introduce formalmente dentro del horario de oficina, el bienestar pierde su esencia íntima. Deja de ser un refugio personal para convertirse en un nuevo mecanismo de disciplina laboral, donde la tristeza o el simple cansancio cotidiano se penalizan con sutileza.

La búsqueda obsesiva de la felicidad nos aleja irremediablemente de ella. Hay una exigencia constante por estar un poco más en forma, comer mejor, ser padres perfectos, amigos incondicionales o parejas de catálogo. Así, terminamos convirtiendo la existencia entera en un proyecto de mejora continua profundamente ensimismado. Y quien se beneficia realmente con nuestras persistentes neurosis de perfección es esa multimillonaria industria del bienestar que sabe explotar el vacío emocional.

El peligro mayor de este repliegue hacia nuestro propio ombligo es la disolución de lo colectivo. Al asumir que la salvación es un asunto estrictamente individual, desatendemos los problemas estructurales reales que nos afectan como comunidad. Practicar mindfulness o meditar por la mañana puede ser una excelente herramienta para mitigar la ansiedad diaria, pero no podemos olvidar que la vida verdadera siempre ocurre allá afuera. Además de cerrar los ojos de vez en cuando para buscar paz interior, es urgente abrirlos de par en par para mirar el complejo entorno social.

Hay que reivindicar el sagrado derecho a tener un mal día, a sentir frustración y a recordar siempre que la felicidad no es un indicador de productividad corporativa, sino un destello frágil que cobra sentido cuando dejamos de mirarnos tanto a nosotros mismos y empezamos, finalmente, a encontrarnos de verdad en los rostros de los demás.

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