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País narcotizado...

Es preocupante observar cómo el gobierno parece ignorar el auge del lavado de activos. ¿Sabían que Colombia se encuentra entre los 10 países que más negocian en plataformas tecnológicas y criptomonedas?

13 de septiembre de 2023
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Por Cristina Plazas Michelsen - opinion@elcolombiano.com.co

En el ámbito político, se han realizado numerosos análisis sobre los planes futuros del presidente Petro, que abarcan desde la formación de milicias campesinas hasta los cambios constitucionales que quiere hacer, su estado de salud y los incumplimientos de la agenda.

Sin embargo, es alarmante cómo se presta poca atención a lo que representa el mayor peligro para nuestra sociedad: el narcotráfico y el lavado de activos. Aunque el presidente Petro se enorgullece en sus redes sociales exhibiendo las fotos con las incautaciones de droga, la realidad es que estas acciones a menudo son más un espectáculo que una solución efectiva. Incluso el Ministerio de Defensa informó que, durante el primer semestre de 2023, la erradicación manual de cultivos de coca disminuyó significativamente en comparación con el mismo período en 2022, con una reducción del 87%. Además, las incautaciones de cocaína y heroína también experimentaron descensos del 18% y 45%, respectivamente, en el mismo período de tiempo.

El problema no son solo estas cifras alarmantes sino también la aparente falta de acción del gobierno contra el lavado de activos.

En esta columna me centraré en lo que se observa en las calles: una creciente tendencia al lavado de activos y la percepción de falta de voluntad, o incluso apoyo pasivo, por parte del gobierno a este pernicioso negocio.

Resulta desalentador ver a jóvenes adquiriendo automóviles de lujo como si fueran golosinas, marcas como Ferrari y Lamborghini, especialmente en ciudades como Medellín. La pregunta inevitable es: ¿De dónde proviene este dinero? Es evidente que tiene vínculos con el narcotráfico.

Es preocupante observar cómo el gobierno parece ignorar el auge del lavado de activos. ¿Sabían que Colombia se encuentra entre los 10 países que más negocian en plataformas tecnológicas y criptomonedas?

Las plataformas tecnológicas, conocidas como APIs, a través de las cuales se realizan transacciones con criptomonedas, no dejan un rastro claro del origen de los recursos y su titular, lo que facilita su conversión en moneda local, como el peso, que luego se puede retirar en cajeros automáticos de bancos locales. Un ejemplo común es cómo un colombiano con una empresa registrada en el exterior puede adquirir criptomonedas a través de estas plataformas para luego monetizarlas y transferir los pesos lavados a otras plataformas como Nequi o Daviplata, desde donde se pueden retirar miles de millones de pesos en efectivo, incluso en algunos casos para financiar grupos al margen de la ley.

Es muy común ver una proliferación de colombianos creando compañías de exportación de servicios, lo cual dificulta la verificación de sus operaciones. Esta es otra de las modalidades más utilizadas en el lavado de dinero en la actualidad, ya que es más complejo verificar una exportación de servicios tecnológicos que una exportación de productos tangibles.

Posiblemente, la prueba más sólida de que nuestra economía está afectada por el narcotráfico, además de las cifras de crecimiento de los cultivos de coca, que alcanzan las 230.000 hectáreas, es el comportamiento de nuestra moneda.

El peso colombiano, hasta la fecha, se ha convertido en la moneda más revaluada del mundo. ¿Hemos desarrollado una economía más sólida? Claramente no. Nuestra economía muestra signos de fuerte desaceleración: el consumo se bajó, las ventas de viviendas están paralizadas, el desempleo persiste, la inflación es alta y la inversión es escasa. Además, el ambiente político está marcado por la incertidumbre; Petro sigue hablando de reformas que asustan a los inversionistas, el orden público es precario y carecemos de confianza inversionista.

En una situación como esta, resulta absurdo afirmar que, a día de hoy, el peso colombiano sea la moneda más revaluada del mundo. Puede haber ciertos factores que influyan en una recuperación del peso, como las altas tasas de interés locales o el hecho de que se había devaluado en exceso, pero el lavado de activos y el auge del narcotráfico son sin duda factores que nos sitúan el primer lugar como la moneda más revaluada del planeta.

Es una situación alarmante que, sin duda, está fortaleciendo a grupos al margen de la ley, políticos y contratistas corruptos, y tendrá un impacto en las próximas elecciones.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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