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Policrisis en perspectiva

Hoy reina la frustración. Ya las encuestas previas al último escándalo mostraron el desencanto. Ahora se hace evidente el hastío de la sociedad con la podredumbre de buena parte de nuestra clase política.

09 de junio de 2023
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  • Policrisis en perspectiva

Por Henry Medina Uribe - medina.henry@gmail.com

Los últimos acontecimientos que enlodan la política colombiana producen tristeza y honda preocupación, pero eran predecibles.

Ante la carencia de ética en la política, quienes ejercen ese indispensable oficio, que por definición y esencia deberían dedicarse al servicio responsable, transparente y digno de lo público, se dedican desafortunadamente a la lucha de intereses individuales, egoístas, mezquinos y perversos. La controversia entre ideas sobre políticas y acciones que beneficien a la sociedad y respeten la dignidad de los asociados, ha sido cambiada por controversias de bajo nivel, con frecuencia despreciables y ruines.

Esa no es una característica nueva; es un cultivo de vieja data abonado en las últimas décadas por la corrupción y el desprecio de los valores humanos. Son vicios que afectan los usos y costumbres de nuestra sociedad en evolución, ¿o acaso en involución?

Lo que es fácil apreciar en el diálogo y la interacción diaria es el deseo de la sociedad colombiana por revertir esa tendencia, por construir un nuevo país, por erradicar las malas prácticas, y quizás esa fue una de las razones por las cuales la mayoría del electorado votó por el proyecto que con mayor énfasis proponía el cambio y la regeneración del país.

Hoy reina la frustración. Ya las encuestas previas al último escándalo mostraron el desencanto. Ahora se hace evidente el hastío de la sociedad con la podredumbre de buena parte de nuestra clase política, y ello hace a nuestro país más vulnerable, con el riesgo de llegar a no ser viables como sociedad, o al menos a que esta sea cada vez más frágil.

Los errores políticos tienen siempre un costo y los actuales pueden ser muy altos. De por sí, nuestro país se mueve en un ambiente complejo, volátil, incierto, e inseguro, y podremos llegar a enfrentar la erosión de la cohesión social, mayor polarización y el olvido de las funciones fundamentales y prioritarias del gobierno por atender la crisis y sobrevivir. Ello puede llevarnos a una policrisis descomunal.

Para aumento de nuestra desgracia, las afectaciones del entorno internacional en el inmediato futuro son de alto riesgo (Global Risk Report 2023, del Foro Económico Mundial).

La guerra en Ucrania, la confrontación geoeconómica inherente a ella, sus efectos de la desaceleración económica mundial y la crisis financiera global tendrán efectos en nosotros, teniendo como principal víctima a las franjas poblacionales más vulnerables.

En medio de este desolador panorama, surge la inquietud sobre dónde encontrará el gobierno la sapiencia, gobernabilidad y ecuanimidad para dictar las políticas públicas más acertadas para la solución a los anunciados problemas de costo de vida, manejo de la inflación importada, seguridad alimentaria, posible crisis en el suministro de energía y retos de las tecnologías verdes, entre otros.

En este desafiante contexto, conviene advertir que los problemas y la soluciones son de todos. Los colombianos no debemos permitir que los árboles nos impidan ver el bosque. No podemos perder la visión de largo plazo, ni nuestro compromiso con la verdad, lo trascendente y la vigencia de las instituciones.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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