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Por Rafael Nieto Loaiza - opinion@elcolombiano.com.co
El próximo presidente será De la Espriella. La tendencia parece irreversible.
El resultado es una mezcla de errores de sus contrincantes y de aciertos de DLE. Sobre desaciertos de la campaña de Paloma ya he compartido reflexiones y autocrítica. Los de Cepeda merecen algunos comentarios. Es pésimo candidato. Frío, distante, incapaz de comunicar sin papeles en la mano. Su caminar encorvado y su persistente manía de llevarse la mano al abdomen, transmiten la imagen de un hombre viejo y enfermo, percepción que, dada su historia de cáncer, no se ha preocupado en despejar.
En esas circunstancias, la escogencia de su fórmula vicepresidencia era todavía más importante. En lugar de postular una figura que le permitiera mitigar su imagen de extrema izquierda, buscó una indígena del CRIC tan radical como él que, para rematar, se vanagloria de que nunca le gustó estudiar y abandonó el bachillerato. La ignorancia, las debilidades y falencias de Quilcué se hacen agudamente más notorias en el contraste con la moderación y el conocimiento de José Manuel Restrepo.
Cepeda nunca se distanció de los errores de la “paz total”, política en la cual comparte copaternidad con Petro, y sus consecuencias, ni aclaró sus vínculos con las Farc, con quienes tiene viejas relaciones familiares. Con el país sufriendo las angustias del crecimiento exponencial del crimen, era inevitable pagar el costo político. No solo no aprovechó la percepción de algunos sectores sociales de haberse beneficiado con las transferencias monetarias de Petro, sino que se montó en una de sus facetas más débiles, la del “gobierno de la vida”. Repetir semejante cantinela, abiertamente contrafáctica, fue un despropósito electoral.
El episodio de la camiseta de la selección es paradigmático de la estupidez de su campaña. En lugar de resaltar que la selección es de todos, que en torno de ella nos unimos y no hay diferencias entre los colombianos y, en consecuencia, invitar a todos a ponérsela, despojándola así de cualquier aprovechamiento electoral, se la entregaron en bandeja de plata a su competidor. Ahora, en pleno mundial, cualquier ciudadano que la porte es, a ojo de los demás, un partidario de DLE. No recuerdo torpeza semejante.
Mientras que DLE desplegaba una campaña de redes e influencers, de mercadeo digital, altamente sofisticada y efectiva, Cepeda no sacó partido de plataformas digitales petristas y se quedó anclado en la plaza pública y en un discurso aburrido que reafirmó su imagen de dinosaurio ideológico.
Cuando se esperaba que destapara un arsenal contra DLE, salió con unas supuestas denuncias sobre hechos de hace 23 años y sin una sola prueba que muestre que, más allá de su papel de abogado de los paras y de representante de su fundación, DLE fue cómplice o hizo parte de las estructuras paramilitares. Un chorro de babas.
Finalmente, aupar su candidatura en Petro fue una espada de doble filo que terminó hiriéndolo de muerte. Si bien al principio de la campaña aprovechó el viento de cola de un gobierno que se dedicó el último año a hacer política electoral con el gasto público, lo que explica el aumento sustantivo de la popularidad del jefe de gobierno en estos meses, terminó también sufriendo el costo de tener a Petro de inopinado jefe de campaña de DLE.
La insistencia del inquilino de la Casa de Nariño en la constituyente y sus denuncias sin pruebas de fraude en el proceso electoral reforzaron la percepción de que su propósito, el de ambos, es no reconocer el resultado de las elecciones y cambiar la Constitución para quedarse en el poder. Las “correcciones” fueron tardías y tan insuficientes que no resultaron creíbles. Los errores de Petro hundieron a su heredero. El miedo a los grupos violentos, a perder la democracia y a que se destroce la Constitución, definieron la elección.