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Ser uno con todo

La divinidad está en todas partes, pero sólo para quien consigue verla y honrarla.

hace 4 horas
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  • Ser uno con todo

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Cada quien verá que hace con sus vacaciones, no faltaba más, a mí me gusta honrar los motivos por los cuales me fueron otorgadas. Tengo que decir que tuve una Semana Santa verdaderamente santa en medio de la naturaleza. Elegí actividades que para mí son sagradas y me abandoné a ellas. Caminé sin rumbo, leí y abandoné lecturas, tomé el sol, pinté, escribí, germiné semillas, sembré árboles, cogí aguacates y limones. Me di cuenta de que no pasa nada si no hago nada. No se cae el mundo, no se desploma la economía, no falla el sistema, hace tiempo aprendí que nadie es tan importante.

Lo curioso es que en ese no pasar nada, paradójicamente, pasa mucho. Las lecturas se asientan, emergen ideas novedosas, los escollos literarios se resuelven, se descubren nuevos caminos. Se duerme mejor, se sueña mejor, se mira mejor, los problemas se empequeñecen ante algo tan inmenso como una montaña o tan imparable como un río; se experimenta la divinidad. Una tarde mientras caminaba recordé la escena de la película Nomadland donde Fern deambula entre rocas inmensas y árboles tan antiguos que provoca arrodillarse frente a ellos. Justo en ese momento tiene una epifanía que la lleva a abrazar su insignificancia. «No somos nada —dice—, pero es una nada que se siente bien. Es como si todo lo que te duele se volviera muy pequeño». Es lo que pasa cuando adoras la naturaleza. Te percibes en completa unidad con ella. Imposible ignorar aquí a Hölderlin: «¡Ser uno con todo, esa es la vida de la divinidad, ese es el cielo del hombre!». Soy de las que cree que el cielo, el paraíso, o como quieran llamarlo, está aquí para que podamos disfrutarlo, pero respeto al que decide aplazar el gusto o negárselo por completo. La narrativa religiosa nos ha hecho un gran daño en ese sentido. Salir de ahí es como cuando tocas fondo: nadie puede hacerlo por ti. Tienes que darte cuenta tú solo de lo que te está lastrando y actuar en concordancia.

También recordé El llamado de la selva y entendí que la trayectoria hacia la santidad no siempre es de lo salvaje a lo civilizado, también puede ser al revés. Cuando Buck, el perro, encuentra a su amo muerto tras el ataque de los indios, su dolor se transforma en una furia ciega. Ataca a los cazadores con una ferocidad tal que estos huyen aterrorizados. En ese momento, Buck comprende que ahora el hombre no es su amo ni mucho menos el ser invencible que creía, entonces se entrega al silencio blanco del Ártico, atiende el llamado de su estado más puro y salvaje. El perro es ahora su propio amo y su propio dios.

Porque la divinidad está en Buck, está en ti y en mí y en todos los seres que habitan la tierra. Está, como no, en las piedras. En las hojas de hierba de Whitman y en sus hormigas perfectas como los granos de arena. La divinidad está en todas partes, pero sólo para quien consigue verla y honrarla.

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