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Caer desde abajo

Mientras los sistemas educativos más desarrollados retroceden desde niveles en que la mayoría de estudiantes comprende un texto básico o resuelve un problema matemático elemental, Colombia cae desde un nivel más bajo.

hace 11 horas
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  • Caer desde abajo

Mal de muchos, consuelo de tontos. La frase encaja con precisión para explicar lo ocurrido con los resultados de las pruebas PISA de 2025. Colombia volvió a salir mal. La novedad es que esta vez también cayeron las calificaciones en buena parte del mundo.

Entre 2015 y 2025, el promedio de los países de la OCDE cayó 28 puntos en lectura y 22 en matemáticas. Es un retroceso equivalente a más de un año de aprendizaje. Es decir, los jóvenes de 15 años de hoy están atrasados un año con respecto a lo que sabían los jóvenes de la misma edad hace una década.

En Colombia ocurrió algo parecido. Primero tuvo una década de avances, que comenzó en 2006 y llegó a su pico en 2015: en esos años subió 40 puntos en lectura, 20 en matemáticas y 30 en ciencias. Pero desde entonces el avance se frenó y, en algunos campos, comenzó el retroceso. En lectura pasó de 425 puntos en 2015 a 399 en 2025. En matemáticas, de 390 a 381.

Tuvimos una década de vacas gordas y ahora completamos otra de vacas flacas. ¿Qué pasó? ¿Qué está cambiando en la manera de aprender?

Los jóvenes que presentaron las pruebas PISA en 2018, cuando comenzó el retroceso, eran niños cuando se produjo la revolución de las pantallas. Entre 2012 y 2014, mientras aprendían a leer de corrido y a sostener la atención frente a un problema de matemáticas, comenzó la expansión masiva del teléfono inteligente, el video corto y las redes sociales.

En diciembre de 2012, “Gangnam Style” se convirtió en el primer video de YouTube en superar los mil millones de reproducciones. En 2013 aparecieron los videos de Instagram y las historias de Snapchat. Poco después, Facebook generalizó la reproducción automática de video.

No es una simple anécdota tecnológica. Fue la infancia de una generación que empezó a descubrir el mundo deslizando un dedo sobre una pantalla y que, pocos años después, tuvo que enfrentarse a una prueba que exigía algo cada vez más difícil: leer con atención un texto completo.

La propia OCDE ha encontrado, además, que los estudiantes que se distraen con dispositivos digitales en clase obtienen peores resultados. PISA encontró una señal inquietante. Los llamados “lectores apresurados”, estudiantes que responden demasiado rápido y se equivocan más, pasaron de 6,6% en 2018 a 11,4% en 2025. Casi se duplicaron.

Y ahora apareció un segundo desafío. Primero llegó una tecnología capaz de capturar la atención. Después llegó otra capaz de ahorrar el esfuerzo de pensar.

El 46% de los estudiantes de la OCDE, y el 56% de los colombianos, usa chatbots de inteligencia artificial al menos una vez por semana para aprender. Quienes los utilizan para tareas como resumir o redactar obtienen, en promedio, resultados inferiores en ciencias.

Eso no convierte a la inteligencia artificial en enemiga de la educación. Puede ser una herramienta extraordinaria. La diferencia está entre usarla para pensar mejor y usarla para no pensar. También sería un error caer en la nostalgia y suponer que el modelo educativo tradicional contiene todas las respuestas.

Pero hay algo que difícilmente quedará obsoleto: comprender lo que se lee, sostener la atención, distinguir una fuente confiable de una falsa, construir un argumento y resolver un problema. En la era de la inteligencia artificial esas capacidades pueden valer más, no menos.

Así como en un mundo inundado de información producida por algoritmos y de respuestas generadas instantáneamente por inteligencia artificial, la capacidad de leer críticamente, sostener la atención y distinguir entre argumentos sólidos y basura digital puede convertirse también en una habilidad todavía más valiosa.

Y aquí aparece el verdadero problema colombiano. No todos los países caen desde el mismo piso. En Colombia, el 54% de los estudiantes no alcanza el nivel básico de lectura y apenas el 29% llega al nivel básico en matemáticas.

Es decir, mientras los sistemas educativos más desarrollados retroceden desde niveles en los que la mayoría de los estudiantes logra comprender un texto básico o resolver un problema matemático elemental, Colombia cae desde un nivel mucho más bajo.

Aquí, el 54% de los estudiantes no alcanza siquiera el nivel básico de lectura y apenas el 29% llega al nivel básico en matemáticas. La distancia con el promedio de la OCDE en lectura supera los 60 puntos, una brecha equivalente aproximadamente a varios años de aprendizaje. Y cerrarla será todavía más difícil si el aprendizaje continúa deteriorándose.

El país necesita discutir qué hacer con los teléfonos celulares en los colegios, cómo recuperar hábitos de lectura, cómo formar a los profesores para trabajar con inteligencia artificial, cómo rediseñar currículos, cómo evaluar mejor, cómo extender el tiempo efectivo de aprendizaje y cómo recuperar a los estudiantes que están quedando atrás.

Nada de eso será sencillo en un sistema educativo donde cualquier reforma sustancial suele encontrar resistencias políticas, burocráticas y sindicales, entre ellas las de Fecode.

Pero quedarse quietos tampoco es una opción. Que el problema sea mundial no lo vuelve menos urgente para Colombia.

Porque no es lo mismo caer desde arriba que caer desde abajo.

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