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Colombia tiene una ventaja frente a la tragedia de hace 27 años: ya sabe algo sobre cómo reconstruirse después de un terremoto”.
Seis días después del terremoto que le cambió el libreto al nuevo gobierno —y sobre todo la vida a millones de colombianos— el país empieza a pasar de rescatar a reconstruir. La emergencia no ha terminado. Pero mientras continúa la atención humanitaria, Colombia debe preguntarse cómo levantar viviendas destruidas, reparar colegios y hospitales y devolver algo de normalidad a cientos de miles de afectados.
El balance, una semana después, tiene la contundencia brutal de las cifras: cerca de 294 muertos, 320 desaparecidos, 3.935 heridos, 353 rescatados, más de 81.506 viviendas averiadas, 14.493 destruidas, 121 edificios colapsados, 238 centros de salud y casi 2.500 centros educativos con daños estructurales, repartidos en más de 300 municipios. Son menos muertos que los 1.200 del terremoto de 1999, pero un daño mucho más disperso: no hay, como en Armenia entonces, un epicentro urbano arrasado, sino un país entero con grietas.
El gobierno de Abelardo de la Espriella comienza a armar una hoja de ruta que, por lo que hemos podido saber, apunta en la dirección correcta. La primera decisión sensata ha sido entender que atender la emergencia y reconstruir son cosas distintas que se necesitan al mismo tiempo. La primera fase —que ya casi se agota— fue salvar vidas. La ventana de búsqueda entre escombros ya se cerró en Chocó, y apenas anoche en Cali y Pereira.
Paralelamente se busca responder a quienes sobrevivieron pero quedaron sin techo. Además de alimentos, medicamentos, kits de aseo, colchones y albergues, el Gobierno anunció subsidios de arrendamiento y alivios en servicios públicos. El viernes, el presidente recorrió los Puestos de Mando Unificados en Pereira, Cali, Quibdó y El Cairo, y definió con las autoridades una atención diferencial. La gobernadora de Chocó, por ejemplo, advirtió que allí los subsidios de arriendo sirven de poco porque no hay viviendas disponibles.
Ahora comienza una segunda fase gigantesca: saber exactamente qué dejó en pie el terremoto. Desde este martes se desplegará otro ejército de la emergencia, esta vez de ingenieros estructurales. La Cámara Colombiana de la Infraestructura (CCI) y Camacol convocan profesionales voluntarios que, bajo lineamientos de la Ungrd, recorrerán los territorios inmueble por inmueble para establecer qué edificaciones pueden seguir habitadas, cuáles necesitan primeros auxilios estructurales y cuáles deberán demolerse. Simultáneamente comenzará la remoción masiva de escombros, con constructoras de la CCI aportando maquinaria pesada.
Después vendrá la tercera fase: la reconstrucción. Las viviendas que puedan salvarse recibirán subsidios de mejoramiento; para las que deban demolerse será necesaria vivienda nueva. El Gobierno pidió a las constructoras identificar proyectos avanzados en las regiones afectadas para acelerar soluciones.
La secuencia tiene lógica: rescatar, atender, diagnosticar, reparar, reconstruir. ¿De dónde saldrán los billones? Entre las alternativas está movilizar recursos de Regalías sin ejecutar —cerca de $16 billones— y ampliar Obras por Impuestos, en cupo y más allá de los municipios PDET. A esto se suman otras fuentes: el Ministerio de Educación redireccionó 48 millones de dólares de un programa con la CAF; el Banco Mundial desembolsó 200 millones de dólares; y la Vicepresidencia habla de ofertas multilaterales por 1.300 millones de dólares.
Así como ha sido doloroso ver el sufrimiento de tantos colombianos, también resulta conmovedora la explosión de solidaridad de tantos otros, del país y del mundo entero.
Pero Colombia tiene una ventaja frente a la tragedia de hace 27 años: ya sabe algo sobre cómo reconstruirse después de un terremoto. Luis Carlos Villegas, quien lideró la reconstrucción de 1999, ha recordado una lección que debería escucharse: una operación de esta magnitud necesita cuanto antes una cabeza claramente identificable, con acceso directo al presidente y su absoluta confianza. No basta con ministros, gobernadores, alcaldes y entidades nacionales trabajando en paralelo; alguien tiene que ver el mapa completo.
Hay recursos de presupuesto, créditos multilaterales, regalías, Obras por Impuestos y donaciones, y participan la Ungrd, ministerios, autoridades territoriales, Fuerza Pública, constructoras, ingenieros, organismos internacionales, empresas, universidades, fundaciones y ciudadanos. Todas son piezas necesarias, pero alguien tiene que armar el rompecabezas.
Hay otra lección del Forec que merece recuperarse. El desastre de 1999 afectó 28 municipios y la reconstrucción se dividió en 32 zonas, cada una con una gerencia responsable. El terremoto actual tiene una dispersión territorial mucho mayor. La fórmula podría resumirse así: una cabeza nacional y cientos de brazos territoriales; centralizar la estrategia y descentralizar la ejecución. Villegas calcula, a partir de esa experiencia, que las donaciones apenas representan el 3% de lo que demande la reconstrucción. El otro 97% tendrá que salir del Estado. La solidaridad ayuda a enfrentar la tragedia, el Estado tendrá que financiar la reconstrucción.
Por eso el manejo del dinero será probablemente la prueba más delicada. La emergencia económica permitirá actuar con mayor velocidad, pero por eso mismo habrá que multiplicar los controles. Cada peso recibido, contratado y ejecutado debería poder seguirse públicamente, en una plataforma abierta que ciudadanos y expertos en datos puedan auditar. Y existe una circunstancia que vuelve ese blindaje más urgente: Colombia tendrá elecciones regionales el próximo año. Los recursos deben mantenerse lejos de la política electoral; la reconstrucción no puede convertirse en una bolsa de contratación para repartir burocracia o conseguir votos.
El presidente De la Espriella no escogió su primer gran desafío; el terremoto lo escogió por él. Hasta ahora, como reconoce el propio Villegas, la reacción ha avanzado en la dirección correcta. Ahora falta construir la institucionalidad capaz de recorrer la ruta.
Sería imperdonable desperdiciar lo aprendido. Porque rescatar personas exige heroísmo durante horas. Atender damnificados exige solidaridad durante semanas. Pero reconstruir exige buena administración durante años.