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El mundo cambió

La verdadera línea divisoria de esta época no corre entre la izquierda y la derecha. Corre entre el sistema político de antes y la ruptura.

hace 3 horas
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  • El mundo cambió

Es interesante dar una mirada atrás para entender cómo está cambiando la manera de hacer política electoral en el mundo. Y qué mejor caso de estudio que los resultados de la primera vuelta electoral en Colombia.

Ya abundan los diagnósticos sobre por qué Paloma Valencia, la candidata que parecía tener más músculo político y cubrir un espectro ideológico más amplio, no logró colarse en segunda vuelta cuando tenía, en el papel, todo para conseguirlo. Que la fórmula con Juan Daniel Oviedo fue un error, dicen unos. Que cargar con Álvaro Uribe la ataba a una etapa que parte del electorado quiere dejar atrás, anotan otros. Que los partidos tradicionales que la rodeaban enturbiaron su mensaje. Que el llamado al voto útil llegó tarde. Que la campaña no se sacudió a tiempo.

Todas esas lecturas podrían tener algo de cierto. Pero quedarse en ellas es perder de vista lo esencial: la derrota de Paloma, antes que un tropiezo de campaña, habla un idioma que hoy se entiende en Londres, Washington, París, Santiago, Buenos Aires, São Paulo y mucho más allá.

Los últimos dos años han sido brutales para los políticos tradicionales y para quienes encarnan continuidad, experiencia o moderación. Para quienes entendían la política de la manera clásica en que se ha venido tramitando al menos durante los últimos cincuenta años.

Emmanuel Macron, Keir Starmer y Friedrich Merz —los rostros de la política moderada europea— gobiernan hoy con popularidades por el piso: Macron ronda el 20% de aprobación, Starmer no supera el 25% y Merz llegó al poder con los peores números de entrada de un canciller alemán en décadas. Los tres están asediados por derechas e izquierdas más radicales que les respiran en la nuca. Y ni hablar de Estados Unidos, donde Donald Trump se impuso primero sobre el establecimiento de su propio partido y luego sobre el demócrata, hasta convertir la rebelión contra los de siempre en la fuerza dominante de su política.

El caso colombiano se entiende mejor mirando al resto del mundo, donde la derecha tradicional viene siendo desplazada por una derecha de ruptura.

En Chile, hace apenas unos meses, Evelyn Matthei —exalcaldesa, exsenadora, la apuesta de la gestión y de los empresarios— se desplomó de ser la favorita a quedar en el quinto lugar con apenas el 13%, mientras José Antonio Kast y el ultralibertario Johannes Kaiser ganaron terreno. La suma de esa derecha rozó el 70% del electorado chileno, pero su versión institucional fue la gran derrotada, y fue Kast quien finalmente llegó a La Moneda. En Argentina, el movimiento de Mauricio Macri y Patricia Bullrich —con estructura, cuadros y experiencia de gobierno— acabó subordinado a Javier Milei, el outsider al que poco antes despreciaban. Y en Brasil, ya en 2018, Geraldo Alckmin, el candidato serio de la centroderecha y exgobernador de São Paulo, se hundió hasta el 5% mientras repetía que el país no necesitaba un “showman”. Jair Bolsonaro demostró lo contrario.

Las campañas políticas siempre han tratado de mover el entusiasmo y las emociones del electorado. La diferencia es que si antes el mecanismo para convencer —o manipular— era más lento (plaza pública, cuñas de televisión, debates), hoy, en un mundo dominado por algoritmos y redes sociales, esa capacidad se vuelve prácticamente infinita.

Hay quienes sostienen que el fenómeno no se puede reducir a las redes sociales y que la fuerza de los discursos de ruptura también responde a un malestar más profundo: costo de vida, inseguridad y creciente desconfianza hacia las instituciones.

Sin duda esos problemas existen. Pero lo que hace distinto estos tiempos es la catarata de mensajes en redes sociales que aceleran el malestar ciudadano, la total incapacidad de estas plataformas de entender argumentos y la intolerancia que van ambientando. El algoritmo exacerba la indignación, incluso antes de comenzar la campaña.

En ese contexto, los candidatos que ofrecen moderación cargan con el peso de todas las frustraciones acumuladas.

Y no se trata de un simple giro a la derecha. En varios de esos países también fueron castigados la izquierda y el centro. Colombia, que entró en esta lógica desde 2022 —cuando más de dos tercios del país respaldó a Petro o a Rodolfo Hernández, dos discursos distintos pero igual de antisistema—, vuelve a confirmarlo: a segunda vuelta pasaron dos rupturas. Iván Cepeda, que recoge casi punto por punto la favorabilidad de Petro, y Abelardo de la Espriella, el outsider de la derecha. Los damnificados fueron los perfiles institucionales: Paloma, Sergio Fajardo, Claudia López.

La verdadera línea divisoria de esta época no corre entre la izquierda y la derecha. Corre entre el sistema político de antes y la ruptura.

Abelardo entendió esa gramática mejor que nadie. El “Tigre” no es un accidente criollo y no se reduce a sus videos en redes. Construyó un símbolo, una estética —la camiseta de la Selección, el espectáculo, la inteligencia artificial al servicio del clip viral— y un relato de patria, familia y orden contra “los de siempre”. Convirtió el rechazo a la política tradicional en sentido de pertenencia. Fue la versión colombiana de lo que Milei hizo en Argentina, Bolsonaro en Brasil, Kast en Chile.

El votante de 2026 está pidiendo algo distinto. Por eso la derrota de Paloma dice menos de su campaña que de la época en que vivimos.

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