Pico y Placa Medellín
viernes
7 y 9
7 y 9
Un día antes de la visita de Carney al Parlamento Europeo, se abrió la puerta a crear una inédita fórmula de asociación que podría convertir a Canadá en el primer ‘miembro asociado’.
Si hace unos años se hubiera asegurado que el hombre llamado a encarnar la resistencia global frente a las políticas de Donald Trump sería Mark Carney, la predicción habría despertado un profundo escepticismo. Al fin y al cabo, al actual primer ministro de Canadá siempre lo persiguió una reputación de técnico impecable, pero también de líder un tanto frío, formal y carente de ese magnetismo que suele encender a las masas. Sin embargo, el devenir de la geopolítica actual se mueve a una velocidad pasmosa, transformando los liderazgos tradicionales. Carney ya no es visto simplemente como el burócrata riguroso de traje oscuro y en cambio hoy asume el peso y el aura de las figuras determinantes de la política internacional.
La prueba de esa transformación se vio el pasado 17 de septiembre, durante su visita al Parlamento Europeo, en Estrasburgo. El líder canadiense ingresó al hemiciclo en medio de un recibimiento más propio de una estrella de rock que de un antiguo gobernador de bancos centrales. Los eurodiputados, habitualmente contenidos por el protocolo, se agolparon en las primeras filas, extendieron los brazos para estrechar su mano y sacaron sus teléfonos móviles para conseguir un selfie con él. Una eurodiputada incluso lucía una camiseta de hockey canadiense.
Pero detrás de la curiosidad por el personaje había algo más profundo. Carney llegaba a Estrasburgo convertido en portavoz de una idea que comienza a ganar espacio entre las potencias medias: si el viejo orden internacional está dejando de funcionar, la respuesta no puede consistir simplemente en escoger a cuál gran potencia subordinarse. Hay que construir alianzas capaces de equilibrar fuerzas.
La historia detrás de este fenómeno encierra una enorme ironía. Donald Trump sugirió que Canadá podría integrarse al territorio estadounidense y convertirse en el estado número 51 de Estados Unidos, una propuesta que en Canadá fue recibida como una afrenta a su soberanía. Es cierto que Washington lleva años reclamando a sus aliados que asuman una mayor parte del gasto en defensa y ha insistido en corregir desequilibrios comerciales que considera perjudiciales para su economía. En varios de esos reclamos no le faltan argumentos.
Lo paradójico es el resultado. En lugar de doblegar a su vecino del norte y hacerlo todavía más dependiente de Washington, la presión de Trump aceleró una estrategia canadiense para reducir precisamente esa dependencia. Canadá está aumentando su gasto en defensa, diversificando mercados y buscando nuevos socios. Está haciendo, en buena medida, lo que Washington reclamaba, pero alejándose de su órbita.
Un día antes de la visita de Carney al Parlamento Europeo, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, abrió incluso la puerta a crear una inédita fórmula de asociación que podría convertir a Canadá en el primer “miembro asociado” de la Unión Europea. La figura no existe hoy en los tratados del bloque y tendría que ser diseñada y negociada, pero el solo hecho de que esté sobre la mesa revela hasta dónde ha llegado el acercamiento.
Trump consiguió lo que exigía, aunque no como lo quería. Este giro estratégico responde directamente a la determinación de Carney, un dirigente liberal firme frente a las presiones comerciales e institucionales de Washington. Su hoja de ruta consiste en reducir la histórica dependencia económica y comercial que Canadá ha mantenido con su vecino del sur y tejer una red de nuevas alianzas con Europa y Asia.
El escenario internacional ya había conocido la tesis de Carney en enero, durante el Foro de Davos. Ante élites políticas y empresariales del planeta, el primer ministro canadiense declaró sin demasiados rodeos que el viejo orden mundial estaba sufriendo una ruptura y advirtió sobre el comienzo de una época en la cual las relaciones entre las grandes potencias estarían cada vez menos sometidas a las reglas multilaterales que dominaron buena parte de las últimas décadas.
Fue allí donde lanzó la frase: las potencias medias deben actuar juntas porque, en el nuevo escenario geopolítico, “si no estás en la mesa, estás en el menú”. Cuando un país mediano negocia individualmente con Estados Unidos, China o cualquier otra gran potencia, la asimetría es inevitable. Carney propone que esos países coordinen intereses y construyan alianzas que les permitan aumentar su capacidad de negociación.
Nada de esto, sin embargo, está garantizado. Estados Unidos continúa siendo, de lejos, el principal destino de las exportaciones canadienses y desmontar décadas de integración económica tomará años. La eventual membresía asociada a la Unión Europea apenas es una propuesta por definir.
Ahí está precisamente lo interesante del fenómeno Carney. El antiguo banquero central, considerado durante años un tecnócrata predecible, terminó encontrando en el desorden mundial una causa política: organizar a aquellos países que tienen demasiado peso económico y político para resignarse a obedecer a las grandes potencias, pero demasiado poco para enfrentarse solos a ellas.
América Latina debería prestar atención. Los países medianos tienen dos caminos: negociar solos con gigantes que siempre tendrán más cartas sobre la mesa o construir alianzas que aumenten su capacidad de negociación. No se trata de romper con Estados Unidos ni de sustituir una dependencia por otra. Se trata de diversificar para depender menos de las decisiones de una sola potencia.
Tal vez por eso su transformación de tecnócrata gris en protagonista resulta menos sorprendente de lo que parece. Los tiempos extraordinarios suelen fabricar liderazgos inesperados.