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Llevar la tradición de los zócalos a distintas partes del mundo, el sueño de un artista nacido en Guatapé, Antioquia

Nigdan Suárez trascendió del zó-calo al mural en altorrelieve y ahora busca llevar su arte a Guatemala y México, la meca del muralismo en Latinoamérica.

  • Nidgan Suárez tiene 35 años y es artista empírico, pero ha “bebido” de la tradición local y ha hecho talleres de escultura. FOTO Julio César Herrera.
    Nidgan Suárez tiene 35 años y es artista empírico, pero ha “bebido” de la tradición local y ha hecho talleres de escultura. FOTO Julio César Herrera.
hace 44 minutos
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En Guatapé se inventaron un verbo nuevo, “zocalizar”, y lo usan para hablar de conquistar espacios a punta de zócalos. Este bien lo conjuga en la primera persona del singular y la tercera del plural Nigdan Suárez, que a sus 35 años ya tiene reconocimiento en este pueblo del Oriente antioqueño como líder en el singular arte de modelar paisajes y plasmar personajes en las partes inferiores de las fachadas, algo que por demás le ha dado fama al municipio y atrae todas las semanas a cientos de turistas.

Nigdan no hace alarde ni tiene poses de gran maestro, pero es heredero de una tradición que él ha llevado a un nivel superior, pues no se quedó solo con los zócalos sino que decidió que podía copar paredes enteras con obras en altorrelieve —que no es fácil precisar si son pinturas o esculturas— hechas a punta de cemento y arena, llevando a un nivel artístico lo que otros ven solo como una especie de artesanía. Guardadas las proporciones, ha logrado en su campo de trabajo lo que han hecho por ejemplo Carlos Vives con la renovación del vallenato o Leonor Espinosa con las recetas de la comida típica colombiana.

Mas en otro sentido sí muestra una vocación de maestro, ya que hace parte de un movimiento que busca replicar el zocalismo (¿otro término nuevo?) entre las nuevas generaciones de guatapenses.

Él dice que son no menos de 5.000 zócalos y por lo menos 30 murales en su haber; cerca del 70 por ciento quedan en Guatapé pero también hay muestras de su destreza en muchos otros municipios de Antioquia, Valle y Tolima.

—Mi papá ha estado en muchísimas más partes, ha ido hasta Putumayo y Ecuador —cuenta como tratando de atenuar con modestia la grandeza del logro propio.

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Ahora, la mira del joven artista está puesta en un horizonte todavía más amplio, pues en los próximos meses espera irse a Guatemala e incluso a México que es referente en muralismo y por tanto tiene mucho valor simbólico demostrar allí una evolución distinta de ese formato.

Herencia de papá y mamá

Los primeros pasos, o mejor dicho las primeras palustradas, para llegar hasta el punto actual se iniciaron hace 16 años. Él tenía 19, estudiaba una tecnología en Mecatrónica en la institución universitaria Pascual Bravo, de Medellín, y los fines de semana iba al pueblo. Entonces, su padre, don Ignacio, firmó un contrato con el Municipio para “zocalizar” una amplia parte del área urbana, de manera que no le alcanzaba el tiempo para los encargos de particulares.

La fórmula fue que Nigdan se encargara de iniciar y don Nacho terminara.

—Ahí me fui metiendo, me fui metiendo. Igual a mí siempre me gustó el muralismo, entonces yo ya hacía por ahí uno que otro mural. Empecé como ayudante y ahí continué después aprendiendo la técnica –dice.

Claro que el punto de partida no fue propiamente de ceros y hasta se puede afirmar que hay algo genético en su capacidad artística, porque Nigdan creció viendo a su mamá tejiendo, haciendo peluches o adornos navideños, mientras que su papá se embelesaba con los zócalos, dibujaba y tallaba en madera. Así que él también hizo sus primeros pinitos jugando con plastilina o dándoles forma a troncos de madera.

Un salto cualitativo crucial fue su encuentro con un señor de nombre Manuel, conocido como Macana, un artista plástico precursor en la localidad de los zócalos con figuras en alto relieve.

De él, Nigdan recomienda ver zócalos emblemáticos que se conservan aún en la calle del comercio, como el de los billares o el trasteo que simboliza toda la reubicación para construir el malecón.

Hasta ese momento lo que imperaba era el bajo y medio relieve, es decir con espesores de hasta un centímetro sobre los cuales pintaban las figuras.

En el altorrelieve en cambio la tercera dimensión, o sea la profundidad, es más pronunciada y requiere una destreza mayor para matizar los detalles que dan volumen, como los pliegues o las comisuras en las facciones, así como las formas de los dedos en manos y pies, que hacen que todo se vea más real.

El segundo envión, hacia el muralismo, fue igual de relevante, pues era pasar de un “lienzo” de cemento de más o menos un metro por un metro a formatos de cuatro, cinco o seis metros e incluso a murales gigantes de hasta 17 metros por 17 metros.

Lo difícil es mantener la armonía en las proporciones al agrandar las imágenes; esto se logra trazando una cuadrícula orgánica en la respectiva pared con base en la cual se dibujan los contornos; posteriormente se instala una urdimbre de fique o alambre para anclar el concreto que aporta el relieve.

La experiencia le ha indicado a Nigdan que cuando se trata de detalles como narices, ojos o bocas, el grano de la mezcla que use debe ser demasiado fio y se precisa cernir bien la arena varias veces con una malla de huecos minúsculos.

El realismo llega a ser tal que, Andrés Higuita, un artista plástico graduado en la Universidad de Antioquia y que lleva ya cuatro años como aprendiz de Nigdan, asegura que algunas veces al pintar flores se le acercan insectos a chupar néctar.

Memoria a ras de piso

Ese hiperrealismo de la tercera dimensión aplicado a los murales zocaleros es palpable en la obra instalada en el año 2022 en la inmensa pared trasera de la edificación donde funciona una parte de la Secretaría de Turismo: se trata de un mural de 17 metros de largo por 6 de alto, que les hace un homenaje a los medios tradicionales de transporte y a los silleteros originales.

En uno de sus extremos, un campesino mestizo lleva a cuestas en su silleta a un “blanco”; la expresión del rostro, junto con los músculos tensados en las pantorrillas fibrosas denotan el esfuerzo para subir una loma con un peso de más de 80 kilos.

Del lado derecho, una recua de mulas corona otra cuesta empedrada llevando a bordo el primer piano de cola que se introdujo a territorio antioqueño y el primer teléfono, todo a través de la ruta que partía de Barranquilla por el río Magdalena hasta Puerto Berrío y luego continuaba por trocha hacia Puerto Triunfo y las cercanías de Guatapé, para finalizar en Medellín, Santa Fe de Antioquia o Bogotá.

Nigdan defiende hasta el cansancio que los zócalos no solo poseen un valor estético sino que son una forma de memoria visual —un vehículo para contar historias— mediante la cual se afianza la identidad.

Por ejemplo, hay algunos de arrieros y al indagar el pasado se encuentra que es porque ancestros de los habitantes actuales ejercieron ese oficio, e igual ocurre con aquellos donde el motivo son “moto-chivas”, esos vehículos que deslumbran a los turistas de la actualidad.

Otros más se destacan por figuras de la Pantera Rosa, Popeye y la Pequeña Lulú y resulta que es porque eran los apodos de personajes que han vivido en las respectivas casas.

—Hay familias que tienen zócalos de volquetas o de cafetales y uno pregunta y dicen: ‘Es que nuestro abuelo manejaba volquetas y era el que movía toda la carga’ –añade Nigdan quien rememora que en ese maremágnum de zócalos guatapenses una vez encontró la imagen de una molienda y se sorprendió al enterarse por el relato de la familia que en pueblo hubo un tiempo en el que sembraron caña para producir panela.

Antes de untarse las manos de cemento Nigdan y sus amigos zocaleros hacen una indagación previa sobre el relato que se quiere plasmar. En un mural sencillo puede ser una entrevista de una sola sentada con el dueño y cuatro días de trabajo de campo, pero en la obra del silletero y los modos de transporte antiguos demoraron como cuatro meses indagando y planeando, luego de lo cual los cuatro artistas estuvieron mes y medio al sol y al agua empañetando, pintando y puliendo.

Semillas para el futuro

Actualmente son por lo menos 12 los zocaleros en Guatapé, pero ha habido temporadas en que suman hasta 30.

Aquí hay claras dos cosas, que hay trabajo para muchos y la intención de que la “zocalización” no se detenga. Por eso, Nigdan reparte su tiempo entre la elaboración directa de obras con la formación de nuevos talentos, en articulación con la administración municipal y con otros artistas que algún día visitaron el pueblo y terminaron quedándose para embeber la cultura local.

La juntanza ha permitido hacer ya dos talleres de zócalos con grupos de 15 alumnos y este año será el tercero, dirigido de manera especial a estudiantes locales de secundaria. Igualmente, en septiembre será la segunda edición del Festival del Zócalo y el Zocalero.

—Dentro del arte es muy común la pelea de egos, pero acá hemos tratado de generar convivencia. Si hay un artista que sabe algo que yo no sé, miramos cómo nos podemos complementar –dice Nigdan.

Al preguntarle a Andrés cómo es el intercambio de saberes, se extiende en explicaciones sobre cómo Nigdan aporta recursividad y experiencia en hallar mamneras de que materiales toscos de construcción se vuelvan sutiles insumos para el arte; mientras que él pone el rigor académico, y entre ambos buscan el equilibrio.

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—Con Nigdan ha sido muy interesante el tema de la recursividad. Él me dice: ‘No, profe, démosle flexibilidad al color para que se acople a la naturalidad del zócalo’. Acá se trata de encontrar ese equilibrio entre lo empírico y lo normativo del arte. Yo aprendo a ser más flexible en mi hacer y a Nigdan le doy algunas guías de cómo intervenir ciertos materiales; aporto lo técnico y aprendo de él esa naturalidad y soltura –explica Andrés.

Por otra parte, cualquiera sea su historia y su formación previa, uno y otro comparten el mismo desafío a la hora de intervenir una pared, pues la mayoría de las veces –tratándose de zócalos– toca trabajar acurrucados, hincados, arrodillados o tirados en el piso de cualquier manera ya que los guardaescobas por definición están a ras de piso y por tanto no dan para estar parados.

Como si fuera poco, todo acontece por lo general en la intemperie, sometidos al sol o la lluvia. Es frecuente que al artista se le duerman las extremidades y se vea obligado a suspender y pararse para estirar el cuerpo.

Nigdan se sienta también en posición de flor de loto, parece partícipe de un ceremonial. Con lentitud va puliendo el tallo de un girasol con movimientos firmes y lentos de su mano derecha.

Pasa una y otra vez el pincel, repasando lo ya pintado con vinilo a base agua mezclado con acronal, como si fuera una labor que no tiene fin para acercarse a la perfección; no le quita el ojo de encima a la obra. Para ese momento ya las flores tienen el amarillo vivaz que les aplicó Andrés. Se trata de un paisaje en altorrelieve pintado en los setenta primeros centímetros del muro exterior en un hospedaje cercano al coliseo municipal.

–Lo más importante en el zócalo es aprender a educar la paciencia –dice Nigdan.

Ambos coinciden en que este oficio es toda una terapia para alguien que sufra de ansiedad- Por otra parte, está también el reconocimiento de los turistas que se quedan impávidos mirando lo que ellos hacen y los bombardean con preguntas. Es como una puesta en escena en la que el zocalero tiene el papel protagónico.

El siguiente paso que quiere dar Nigdan en la evolución de su arte es incorporar esos conocimientos que adquirió en mecatrónica con imágenes que no solo tengan volumen sino movimiento o hasta luces.

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