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Trump desató polémica con amenaza de exterminio a Irán, pero logró que se abriera Ormuz

El presidente de Estados Unidos ha vuelto a sus palabras amenazantes, que muchos califican que tienen ínfulas de “emperador”, que escandalizan hasta a los propios republicanos que antes apoyaron su gobierno. A última hora de ayer Pakistán logró mediar para un acuerdo de cese al fuego.

  • Varios congresistas republicanos han criticado a Trump por sus temerarias amenazas en contra de Irán. FOTO Getty
    Varios congresistas republicanos han criticado a Trump por sus temerarias amenazas en contra de Irán. FOTO Getty
Daniel Rivera Marín

Editor General

hace 8 minutos
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Lenguaraz es un buen calificativo para definir al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien escandalizó a su país y horrorizó a oriente medio el lunes en la noche cuando dijo que estaba dispuesto a “aniquilar a toda una civilización” si Irán no abría el estrecho de Ormuz, esa garganta de tan solo 33 kilómetros por donde se mueve gran parte del petróleo que surte al mundo. El desespero del republicano ha rozado cumbres impensadas, pues él mismo se metió en una guerra que anteriores presidentes habían rechazado, por más buena relación que tuvieran con Israel, decisión que ha subido el valor del galón de gasolina en algunos estados de 2 a 5 dólares en tan solo semanas.

La promesa para desatar ese infierno, y “aniquilar a toda una civilización” —la persa, para no ir más lejos, donde está el embrión de la escritura, el amor por los jardines embellecidos y el canto a la hermosura— estaba prevista para la noche iraní del martes, y en efecto hubo ataques, aunque contenidos para lo que se temía. Sin embargo, cambió de decisión, o la aplazó, gracias a la intervención de Pakistán.

Y es que el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, mediador clave en la guerra, le pidió al presidente que prorrogara dos semanas su ultimátum a Irán para que reabra el estrecho de Ormuz: “Los esfuerzos diplomáticos para lograr una solución pacífica a la guerra en curso en Oriente Medio avanzan de forma constante, enérgica y decidida, con la posibilidad de dar lugar a resultados sustanciales en un futuro próximo. Para que la diplomacia siga su curso, insto al presidente Trump a que amplíe el plazo dos semanas”.

Sharif instó a Irán a abrir ese paso estratégico para el suministro mundial de petróleo y gas, “durante un periodo de dos semanas como gesto de buena voluntad”. Horas después de dicho comunicado se anunció que el cese al fuego estaba pactado. Por medio de un comunicado, la Casa Blanca anunció en redes las palabras de Trump: “Acepto suspender el bombardeo y el ataque a Irán por un período de dos semanas. ¡Este será un alto al fuego bilateral! La razón para hacerlo es que ya hemos cumplido y superado todos los objetivos militares, y estamos muy avanzados con un acuerdo definitivo relativo a la paz a largo plazo con Irán, y la paz en el Medio Oriente”.

Sobre la noticia, el diario The New York Times publicó: “Irán aceptó la propuesta de alto el fuego de Pakistán tras intensos esfuerzos diplomáticos pakistaníes y la intervención de última hora de China, un aliado clave, según tres funcionarios iraníes. El Consejo de Seguridad Nacional de Irán confirmó oficialmente el acuerdo, presentándolo como una victoria en la que Estados Unidos aceptó las condiciones de Irán”.

Una vez más parece que Trump se sale con la suya, sin embargo, no es del todo así, pues su amenaza escandalizó en Estados Unidos. Los mismos congresistas republicanos han salido a distanciarse, como pasó con Nathaniel Moran, representante de Texas, quien escribió en redes sociales: “Permítanme ser claro: no apoyo la destrucción de 'toda una civilización’. Eso no nos representa, y no es coherente con los principios que han guiado a Estados Unidos durante mucho tiempo”. Ya días atrás, la exdiputada Marjorie Taylor Greene, quien estuvo al lado de Trump en plena campaña y era una de sus más grandes aupadoras, pidió que se le destituyera del cargo.

Luego de la polémica, en la red Truth Social, Trump dejó la puerta abierta a un acuerdo de última hora: “Ahora que tenemos un cambio de régimen completo y total, en el que prevalecen mentes diferentes, más inteligentes y menos radicalizadas, quizá pueda suceder algo revolucionariamente maravilloso ¿QUIÉN SABE? Lo descubriremos esta noche”.

Ahora bien, de visita en Budapest, su vicepresidente, JD Vance, previó intensas negociaciones en las próximas horas, pero advirtió que Washington tiene “herramientas” que por el momento no ha usado. Unas declaraciones que, según una publicación de una cuenta vinculada a la excandidata demócrata Kamala Harris, comportarían implícitamente un eventual uso de armas nucleares por parte de Washington. Algo que la Casa Blanca desmintió tajantemente en la red social X: “Literalmente nada de lo que @VP [JD Vance] dijo 'da a entender' eso, absolutos bufones. Solo el presidente sabe” lo que hará con Irán, insistió por su parte la portavoz de Trump, Karoline Leavitt.

Pero ayer sí hubo bombardeos en la provincia de Alborz (norte), según medios locales. Dieciocho personas murieron en una zona residencial, entre ellas dos niños. Dos puentes también fueron alcanzados al sur de Teherán, uno de ellos en Kashan, donde dos personas murieron, y otro cerca de Qom.

Se llevaron a cabo ataques asimismo contra la isla de Jark en el Golfo, punto neurálgico de la industria petrolera iraní, según la agencia Mehr. En un comunicado, el ejército israelí afirmó haber llevado a cabo “una ola de ataques a gran escala contra decenas de sitios de infraestructuras” en varias zonas de Irán. No especificó cuáles ni dónde.

Esta semana, el New York Times publicó un adelanto de una investigación periodística que revela lo que sucedió semanas antes de los ataques a Irán en la Sala de Crisis de la Casa Blanca. Esto hace parte del libro “Cambio de régimen: Dentro de la presidencia imperial de Donald Trump” —traducción nuestra—. Allí se revela cómo se pasó de la cautela a “la audacia” de un Trump que parece convencido de su propia infalibilidad. La reconstrucción de esas jornadas permite entender cómo Estados Unidos se encaminó hacia una confrontación abierta con Irán, no mediante el consenso de sus agencias de inteligencia, sino a través de una simbiosis de intereses con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en un entorno donde los contrapesos internos simplemente dejaron de existir.

Todo comenzó a cristalizarse el 11 de febrero, en una reunión que rompió los protocolos habituales de la diplomacia estadounidense. Sentado frente a Trump en un espacio que rara vez recibe a líderes extranjeros para sesiones de trabajo presenciales, Netanyahu desplegó una presentación de sesenta minutos que dibujaba un Irán al borde del abismo. El líder israelí argumentó con vehemencia que la República Islámica era un castillo de naipes esperando un soplido externo.

Para dar rostro a su teoría, proyectó un video con un montaje de figuras del exilio, entre ellas Reza Pahlavi, hijo del último sha, sugiriendo que el relevo teocrático estaba listo para asumir el mando. Netanyahu y sus asesores del Mossad vendieron la idea de una victoria limpia: el programa de misiles iraní desmantelado en semanas, el estrecho de Ormuz bajo control y una respuesta enemiga mínima. Fue una oferta de gloria sin costos aparentes que resonó de inmediato en el Despacho Oval. La respuesta de Trump fue tan breve como definitiva: “Me parece bien”.

Sin embargo, tras las puertas cerradas de las agencias de inteligencia, la realidad era percibida de forma radicalmente distinta. Los analistas estadounidenses trabajaron contra reloj para desmenuzar la presentación israelí y sus conclusiones fueron demoledoras. Si bien aceptaban que era posible golpear objetivos militares y eliminar a figuras clave como el ayatolá, calificaron como una “farsa” la idea de un levantamiento popular espontáneo que instaurara un régimen secular.

John Ratcliffe, director de la CIA, y el secretario de Estado, Marco Rubio, coincidieron en que el escenario de cambio de régimen planteado por Netanyahu carecía de sustento en la realidad. No obstante, al presentar estas dudas al presidente, se toparon con un muro de desinterés. Trump asimiló la advertencia técnica pero la segregó de su decisión política; para él, el destino del gobierno iraní era un “problema de ellos”, mientras que su foco personal permanecía inamovible en la destrucción física del ejército persa.

En este ecosistema de decisiones, el vicepresidente JD Vance emergió como la voz de una conciencia aislada. Vance, quien cimentó su carrera sobre la crítica al intervencionismo militar de Washington, fue el único miembro del círculo íntimo que presentó una resistencia argumentada.

Durante las reuniones, advirtió que una guerra de esta magnitud no solo provocaría un caos regional y un número incalculable de víctimas, sino que sería vista como una traición directa a la base electoral que lo llevó al poder bajo la promesa de terminar con las “guerras eternas”. Vance puso sobre la mesa preocupaciones pragmáticas: el agotamiento de las reservas de municiones y el riesgo de que un Irán acorralado lanzara una represalia desproporcionada que disparara los precios del petróleo a niveles catastróficos. Intentó, hasta el último momento, reconducir al presidente hacia opciones de ataque más limitadas, pero al verse superado por el entusiasmo del resto del gabinete, terminó por plegarse a la lealtad jerárquica con una frase que resume el clima de la administración: “Sabe que creo que es una mala idea, pero si quiere hacerlo, lo apoyaré”.

El resto de los asesores, lejos de actuar como moderadores, funcionaron como una cámara de eco. Pete Hegseth, secretario de Defensa, se mostró como el más ferviente defensor de la ofensiva, bajo la premisa de que el enfrentamiento era inevitable y, por tanto, era mejor ejecutarlo de inmediato.

Otros, como la jefa de gabinete Susie Wiles, aunque preocupados por el impacto electoral de un conflicto bélico en vísperas de los comicios de mitad de mandato, prefirieron guardar silencio por considerar que no era su función cuestionar decisiones militares en foros grupales. Incluso el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto, mantuvo una neutralidad tan extrema que sus advertencias sobre los riesgos logísticos y el cierre de rutas comerciales estratégicas se perdieron en la ambigüedad. Trump, en ese entorno de deferencia absoluta, solo escuchaba lo que confirmaba su visión.

Esta autoconfianza presidencial no era gratuita, sino que se alimentaba de precedentes que el mandatario consideraba infalibles. El éxito de la operación en Venezuela a principios de año, que terminó con la captura de Nicolás Maduro sin bajas estadounidenses, y la falta de una respuesta contundente de Irán ante ataques previos a sus instalaciones nucleares, crearon en Trump la convicción de que el poderío militar de EE. UU. podía moldear la realidad a voluntad.

Cuando se le confrontó con la posibilidad de que el suministro de armas estuviera mermado por el apoyo a otros aliados, el presidente se refugió en la existencia de un arsenal de “bombas de precisión baratas”, restando importancia a la complejidad técnica de una guerra moderna. Su respuesta ante las dudas planteadas en privado por voces externas fue una síntesis de su filosofía de gobierno: las cosas saldrían bien porque, bajo su mando, “siempre lo están”.

Lo que diferencia este momento de su primer mandato es la ausencia total de figuras que actúen como “adultos en la sala”. En 2026, Trump está rodeado de colaboradores que no ven en él a un político que debe ser contenido, sino a una figura histórica cuya intuición trasciende el análisis convencional.

Tras haber sobrevivido a juicios, atentados y crisis políticas, el equipo de la Casa Blanca parece haber desarrollado una fe casi mística en el destino del presidente. Esta percepción de infalibilidad eliminó los filtros necesarios para evaluar los riesgos de una campaña militar contra una potencia regional como Irán. Al final, la decisión no fue el resultado de un consenso estratégico ni de una evaluación rigurosa de la inteligencia nacional, sino de un impulso visceral validado por un entorno que ya no cuestiona, sino que ejecuta.

Mientras la administración se prepara para las consecuencias de esta ofensiva, el mundo observa cómo la política exterior de la mayor potencia del planeta ha quedado supeditada a la fe en un hombre que cree que las realidades se crean con la sola voluntad de decretarlas. La historia de estas dos semanas y media es, en última instancia, el retrato de un poder imperial que ha decidido que su propia intuición es el único radar válido para navegar las tormentas de la geopolítica global.

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