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Por Aldo Civico - @acivico
En un mundo obsesionado con encontrar estrellas, el técnico Luis de la Fuente eligió construir un sistema. Y fue ese sistema el que llevó a España de nuevo a la cima del fútbol. No solo porque reuniera jugadores extraordinarios, sino también porque su seleccionador comprendió una verdad que muchas organizaciones todavía ignoran: el talento no florece en el vacío. Es el resultado de un entorno capaz de reconocerlo, desarrollarlo y hacerlo crecer.
Vivimos en la era del resultado inmediato. Los mercados exigen crecimiento trimestral, los inversionistas esperan retornos rápidos y las redes sociales premian lo instantáneo. En ese contexto, muchas empresas creen que liderar consiste en fichar a la próxima gran estrella que resolverá todos los problemas. De la Fuente demuestra exactamente lo contrario. Cuando España ganó la Eurocopa, la conversación buscó al héroe: Lamine Yamal, Rodri, Nico Williams o Dani Olmo. Sin embargo, pocos repararon en un hecho más revelador. Durante más de una década, De la Fuente había trabajado con muchos de ellos en las categorías inferiores de la Federación. Los conocía desde adolescentes. Había visto su potencial antes de que fuera evidente y había acompañado su desarrollo mucho antes de que ocuparan las portadas.
No es casualidad que pensemos así. Desde hace siglos, las culturas explican los grandes logros a través de héroes individuales. Es una narrativa sencilla y seductora, pero rara vez verdadera. Detrás de cada aparente genio hay una comunidad, una cultura y un sistema que hicieron posible su florecimiento. De la Fuente parece haber comprendido esa verdad: un gran líder no se limita a descubrir el talento, sino que lo acompaña. En demasiadas organizaciones, sin embargo, confundimos gestionar el talento con comprarlo. Invertimos enormes recursos en atraer personas brillantes y mucho menos en crear los entornos donde puedan desplegar su mejor versión. Comprar parece más rápido que cultivar. Pero la naturaleza recuerda una verdad sencilla: los bosques no se compran; se siembran.
Incorporar talento externo puede ser indispensable. El error consiste en creer que una contratación reemplaza el trabajo lento e invisible de construir un ecosistema. Una estrella puede acelerar el rendimiento, pero no crea por sí sola la cultura ni la confianza que permiten a los demás crecer. Por eso, De la Fuente rara vez habla del equipo como una suma de individualidades extraordinarias. Habla del grupo, del cuerpo técnico, de una metodología compartida. Comprendió que el principal activo estratégico de una organización no reside en el talento aislado de sus miembros, sino en la calidad de las relaciones que construyen entre sí. Eso es inteligencia colectiva: una capacidad que emerge cuando las personas aprenden a pensar, aprender y crear juntas. No es la suma de inteligencias individuales; es una cualidad nueva que solo surge cuando hay confianza, un lenguaje compartido y un propósito común.
De la Fuente nunca tuvo prisa. Entendió que la confianza, la colaboración y el talento requieren tiempo. El legado de un líder nunca se mide por el brillo de sus estrellas, sino por la fuerza de la constelación que fue capaz de crear.