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Amistad

hace 3 horas
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Setenta y tres años después volvió a pedirle ayuda a su mamá para poder recibir a sus amiguitas. Abrazándola con ternura, su hija de 62 años decidió no corregirla. Le sonrió con el mismo afecto con el que creía que su abuela lo hacía y le dijo que no se preocupara, que ella se encargaría de organizarlo todo.

La memoria de su madre iba desapareciendo con la misma velocidad de los momentos. De repente podía recordar con precisión alguna canción que bailó en las fiestas del colegio o el vestido que llevaba puesto el día en que conoció al hombre con el que compartiría buena parte de su vida, incluso el nombre de su única hija, pero olvidar lo que acababa de decir. Los recuerdos, cuando aparecían, lo hacían necios y caprichosos negándose a respetar la línea de tiempo.

Ella, para ayudarla, escribió instrucciones en una hoja grande y las pegó en la nevera. Eran pocas, sencillas y suficientes para ayudarle a recordar que seguía siendo la anfitriona que siempre había disfrutado ser. Ofrecer el café, llevar las canastitas de arepas y el jugo, estaba escrito. Todo ya estaba dispuesto y servido en la cocina.

En la tarde llegaron las tres amigas de toda la vida con las que se acompañaban desde su primera infancia. Ninguna bajaba ya de los ochenta. Las mismas con las que había compartido cumpleaños, matrimonios, nacimientos, despedidas y funerales. Habían envejecido juntas y se repetían que las amigas eran la familia que habían escogido. Ya se parecían hasta en la forma de buscar las gafas que llevaban puestas.

Conversaban despacio, hablaban de los pequeños nietos que rondaban los 40, de pastillas, de médicos. Así se prestaban entre ellas esa memoria de toda una vida que habían construido juntas mientras la anfitriona iba y venía con café.

El tiempo se les fue en el cuchicheo señorial rutinario de sus reencuentros inolvidables. Siempre más especiales que el anterior por la tonta idea de que pudiera ser el último. —Calle esos ojos— decía una u otra cuando alguna decía eso mientras se despedían con la promesa de volver a encontrarse muy pronto.

De salida en el pasillo, una de ellas comentó que la pobre anfitriona había estado tan distraída que ni siquiera les ofreció un café, mientras otra la miraba confundida y le preguntaba de cuál anfitriona hablaba, a lo que la tercera le respondía que con la que se iban a ver en un rato porque hace mucho no la visitaban.

La hija encontró intacto el café, las canastitas y el jugo. Su mamá le sonreía sentada en la mesa mientras, con picardía, tomaba uno de los vasos, una arepa y le decía que eso no podía perderse, aunque fuera una lástima que sus amiguitas nunca hubieran llegado.

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