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Ese día, recordándole la historia, sintió que el mundo se le venía abajo. Con los ojos cerrados, gotas en la frente y el corazón frenético, sintió las manos del profesor tocar y sacar el celular de su bolsillo para devolverlo.

hace 1 hora
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Por escarmiento y no por necesidad lo hizo. Y eso no podía pasar en un colegio tan prestigioso y con una rigurosidad disciplinaria que haría temblar a cualquier institución militar. El viejo profesor cerró la puerta y pidió, sin alterarse, que el responsable devolviera el celular.

Era el modelo más reciente y costoso de la marca más anhelada por los adolescentes. Incluso servía para hacer llamadas. El joven dueño se decidió a llevarlo, entusiasmado porque lo había recibido la noche anterior de cumpleaños, pero estaba estrictamente prohibido y era duramente sancionado. Ese fue el primer recordatorio que el docente y director del curso hizo. El segundo fue que robarlo era motivo de expulsión inmediata. El tercero, que todo tenía solución y era algo que simplemente podía quedar como una broma de mal gusto, pero tenía que aparecer.

Nadie reaccionó. Hacer el intento de una llamada que delatara por vibración o sonido al responsable sería inútil, porque el propietario lo había apagado para evitarse inconvenientes en clase. El maestro les pidió a los alumnos que se pusieran de pie y sobre el pupitre pusieran sus bolsos. Nada debía quedar en el piso. Él iría uno a uno, puesto por puesto, hasta encontrar el aparato. No habría que llamar al feroz coordinador de estudiantes ni tampoco a los acudientes a la rectoría. Lo único que se escuchaba en el aula, eran los gritos de los niños de primaria que jugaban en el patio. Lo que iba a pasar era un acto de fe en su futuro, les dijo.
Parado frente a la puerta, pidió que todos cerraran los ojos.

Muchos años después, caminando ya con un bastón de apoyo y una memoria bromista que iba y volvía, el profesor fue detenido por un hombre que lo reconoció con entusiasmo. Se presentó con nombre y apellido y una pregunta aterradora para él. —¿Se acuerda de mí?— le dijo sonriéndole. Una sonrisa del viejo maestro fue la única respuesta. No tenía la menor idea.

El hombre se excusó suponiendo que habían sido miles a los que, como a él, había enseñado. Además el bigote y las entradas no ayudaban, pero le explicó que 19 años atrás fue su alumno y que gracias a él un día decidió también convertirse en profesor.
Ese día, recordándole la historia, sintió que el mundo se le venía abajo. Con los ojos cerrados, gotas en la frente y el corazón frenético, sintió las manos del profesor tocar y sacar el celular de su bolsillo para devolverlo. No quería robarlo, solo que el prepotente dueño recibiera un susto de humildad. Confesó que en ese momento imaginaba lo peor, pero que al abrir los ojos, nada pasó. Nadie volvió a hablar del tema ni fue señalado como un hampón, que no lo era.
Con la voz aguada, le dio las gracias por salvar su dignidad sin decirle una sola palabra. El maestro, abrazándolo, le dijo que ahora tenía claro ese momento cuando iba puesto por puesto y alumno por alumno, pero que no recordaba que él lo hubiera hecho porque también había cerrado los ojos para buscar el teléfono. Era un acto de fe.

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