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Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

Injusticia cultural

La injusticia en nuestro país promueve que la cultura y el aprecio por la cultura se distribuyan inequitativamente entre unos y
entre otros.

hace 2 minutos
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  • Injusticia cultural

Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

La inequidad es un mal de múltiples rostros. Al lado de los recursos y las oportunidades, también el aprendizaje está injustamente distribuido. Aunque este no tenga la naturaleza de la riqueza, la desigualdad en Colombia es tal, que aquello que se aprende no está justamente distribuido entre una región y otra. No todos aprendemos lo mismo, ni en los mismos niveles. El alcance al que una persona puede aspirar; los capitales culturales a los que un colombiano puede acceder se forjan, no con los cinceles y el mérito, sino con los martillos y el privilegio. Parcialmente repartidas, las oportunidades de hacerse a ciertos conocimientos se encuentran mal distribuidas y, contrario a quienes sí van a aprender ciertas habilidades y a pulir ciertas capacidades, la desigualdad educativa de nuestro país determina que unos niños en algunas regiones, que nacieron en ciertos márgenes y en determinadas periferias, estén condenados a no aprender lo que pudieron aprender y dejar atrofiar las destrezas que bien se pudieron cultivar.

Si comparamos las regiones entre sí, se constata una latente desigualdad educativa en nuestro país. Los estudiantes de ciertos departamentos, como Chocó o Vaupés, obtienen resultados inferiores en pruebas de lectura, matemáticas y otras áreas, comparados con los resultados que obtienen estudiantes de otros departamentos, como Boyacá y Cundinamarca. Ahora bien, esta injusticia, de orden cognitivo y epistémico, no se cristaliza exclusivamente en la incapacidad básica de leer o de escribir. El problema no es, únicamente, la ausencia de destrezas para decodificar una palabra, leer una frase o comprender un texto. Tampoco por la habilidad automática de navegar entre un número determinado de palabras en un determinado número de segundos y ser capaz de elegir, entre cuatro opciones, la respuesta correcta.

Esta injusticia va más allá. Anula las posibilidades que un niño tiene para conocer ciertos cuentos, para que se les cultive cierto aprecio por las letras o cierta sensibilidad por las artes. Pobre y restringido, el capital cultural que le será heredado a penas sí le ofrecerá un conjunto de palabras a las que podrá apelar para nombrar el mundo: su vocabulario se quedará corto. Delimitando los límites en los que se mueve una persona, este capital define la variedad de vocablos a los que podrá o no acudir para comprender sus horizontes. Además, es poco probable que se apropie del lenguaje de la música o, si quiera, entienda la lógica de los algoritmos. Hay todo un universo que se pierde al ser despojado de este capital: las formas, los gustos, las maneras.

La injusticia en nuestro país promueve que la cultura y el aprecio por la cultura se distribuyan inequitativamente entre unos y entre otros. Esta injusticia delimita lo que un niño no leerá, los libros a los que nunca tendrá acceso y la curiosidad que, por la pobre educación que recibe, nunca florecerá. En últimas, esta injusticia determina la cultura que, por el lugar en el que nació, por la inequidad de la que es víctima, por la suerte que tuvo, no le será dada.

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Por Andrés Restrepo Gil - restrepoandres20@hotmail.com

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