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A Helene le encantan esos libros de segunda mano que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
La historia es tan simple y tan bella. Una mujer, Helene Hanff, decide escribir a la librería Marks & Co. en Londres después de leer un anuncio publicado en la Saturday Review of Literature que dice que ellos están especializados en libros agotados. Helene es una escritora pobre amante de los libros antiguos que desea aquellos que son imposibles de encontrar en Estados Unidos, lugar donde vive, salvo en ediciones raras y carísimas, o bien en ejemplares se segunda mano en Barnes & Noble que, además de mugrientos, suelen estar llenos de anotaciones escolares.
Así comienza una fascinante correspondencia que va desde 1949 hasta 1969, 20 años en los cuales llegan a Nueva York los libros que la señorita Helene desea mientras se teje una entrañable amistad en aquellos tiempos cuando los ingleses tuvieron racionados los alimentos hasta 1953: 60 gramos de carne por familia y semana, y un huevo por persona y mes. En la medida que ella recibe los libros que cuidadosamente le buscan los libreros de Marks & Co., ella envía alimentos y cosas que no se encuentran en Londres o solo se pueden conseguir en el mercado negro.
A Helene le encantan esos libros de segunda mano que se abren por aquella página que su anterior propietario leía más a menudo; es así como un libro lleva al otro y el fantasma del anterior propietario de la “Antología del aficionado a los libros”, por ejemplo, que le consiguió muy especialmente su amigo librero Frank Doel, le señala discretamente párrafos que jamás había leído antes; como la descripción que hace Tristram Shandy de la notable biblioteca de su padre que “contenía todos los libros y tratados escritos sobre el tema de las grandes narices”. Desde luego Helene solo puede pedirle a su librero en una nueva carta: “¡Frank! ¡Consígueme un Tristram Shandy!”
El buen librero es aquel que cuando uno regresa a esculcar una y otra vez las estanterías encuentra “migas de pan” hechas libros que él pone por ahí y se alegra porque uno las encontró para agregar luego, aprovechando la emoción en el rostro, “te conseguí también tal o cual libro” o “yo creo que este te puede encantar”, y uno le cree porque lo que está vendiendo no es una mercancía sino sus tesoros. Sobre esto es “84, Charing Cross Road”, un libro que releo todos los abriles desde que mi librero de cabecera me lo regaló, hace ya varios años.
Como dijo un periodista de Newsweek: “84, Charing Cross Road” es uno de esos libros de culto que los amigos se prestan unos a otros y que transforman a sus lectores en otros tantos miembros de una misma sociedad secreta. Eso espero que pase en este abril, un mes perfecto para dar algún libro entrañable con una carta bien especial entre las páginas, y otros más se enamoren de los libros.