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El periodista foca

Un país que premia al periodista que aplaude y castiga al que pregunta, tarde o temprano, termina gobernado por quienes prefieren el aplauso a la verdad.

hace 7 horas
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  • El periodista foca

Por Diego Santos - @diegoasantos

Hay una máxima que aplica en cualquier democracia: un gobierno sin prensa que lo incomode es un gobierno que gobierna a oscuras. No importa el color. No importa el mesías de turno. Cuando el poder deja de sentir el aliento del escrutinio en la nuca, comienza a creerse sus propios comunicados de prensa.

Lo hemos visto antes. Lo estamos viendo ahora. Y lo volveremos a ver, porque la tentación de ser voceros oficialistas es más rentable, a corto plazo, que hacer preguntas incómodas.

La prensa acrítica no es periodismo: es relaciones públicas. Un gobierno que no es cuestionado deja de corregir errores porque nadie se los señala a tiempo. Deja de rendir cuentas porque nadie exige el detalle. Empieza a confundir la ausencia de crítica con la existencia de consenso. Y ese espejismo —el de creerse incuestionable— es el primer síntoma de cualquier decadencia institucional, esté a la izquierda, al centro o a la derecha del espectro. Un caso claro pasó durante el proceso de paz de Juan Manuel Santos, con una prensa entregada.

De tiempo atrás, los medios no han sido críticos por convicción, sino por bando. Criticamos al gobierno que no es el nuestro con el mismo fervor con que defendemos al que sí lo es. Eso no es periodismo independiente, es tribalismo con carnet de prensa. Y ese tribalismo le ha hecho un daño casi tan grande a la credibilidad del oficio como la genuflexión misma. Porque cuando el público empieza a intuir —con razón— que la crítica de un medio depende de quién esté en el poder y no de los hechos, deja de creerle a cualquiera. Y un país sin una prensa creíble es tan vulnerable como uno sin prensa crítica.

No basta con criticar. Hay que criticar con la misma vara sin importar el color de la bandera que uno tenga en el escritorio de la casa. Eso es más difícil que ser opositor de oficio. Exige memoria, exige consistencia, exige aguantar el insulto de las dos tribunas el mismo día. Eso está faltando en Colombia.

Los gobiernos que no toleran preguntas incómodas —y los que sistemáticamente evitan las ruedas de prensa reales, los que solo dan entrevistas a los amigos, los que construyen su propio aparato de medios paralelos para no tener que enfrentar el contradictorio— no están protegiendo su gestión. Están ocultando sus costuras. Y las costuras, tarde o temprano, se rompen en público, casi siempre en el peor momento posible.

La democracia no se defiende con aplausos. Se defiende con preguntas mal recibidas, con columnas que incomodan al que manda, con la incomodidad estructural de un cuarto poder que, cuando funciona, no le cae bien a nadie que esté sentado en el poder.

Un país que premia al periodista que aplaude y castiga al que pregunta, tarde o temprano, termina gobernado por quienes prefieren el aplauso a la verdad. Y ya sabemos cómo terminan esas historias: mal, y con poco margen para corregirlas.

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