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Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com
“La sombra es peligrosa cuando no le prestamos la debida atención”. (Carl Jung).
Todos tenemos un lado sombrío que nos acompaña en silencio.
Alexander Solzhenitsyn, novelista, historiador y disidente político ruso célebre por denunciar los campos de trabajo forzado soviéticos o «gulag», premio Nobel de Literatura (1970) lo describía así: “¡Si todo fuera tan sencillo! Si en algún lugar existieran personas acechando para perpetrar iniquidades bastaría con separarlas del resto de nosotros y destruirlas. Pero la línea que divide el bien del mal pasa por el centro mismo del corazón de todo ser humano. ¿Y quién está dispuesto a destruir un solo fragmento de su propio corazón?”.
El psiquiatra y psicoterapeuta suizo Carl Jung contribuyó a darle forma a la sombra, a la bestia que reprimimos, a los aspectos psicológicos oscuros que desde la infancia relegamos al olvido o enterramos en el inconsciente y que se manifiestan de manera indirecta por vergüenza, mandato familiar o precepto social.
Los vicios del individuo y el colectivo se sabían desde tiempos remotos. “Conócete a ti mismo” y “nada en exceso”, máximas escritas en el oráculo del templo de Apolo en Delfos, alertaban sobre las pasiones políticas y religiosas, el egoísmo, los excesos de ira, soberbia, envidia, codicia y sed de poder. Así mismo, invitaban a conocer las propias fortalezas y debilidades, a humanizar las acciones con moderación y equilibrio, a reconocer las limitaciones y actuar con sabiduría. De lo contrario tarde o temprano se expresarían en conductas nocivas o en un sin número de somatizaciones que, hasta el día de hoy, revelan la profunda conexión entre el cuerpo y la mente en la breve y certera frase: “cuando el alma llora, el cuerpo grita”.
Sin embargo, con todo lo sensatas y atemporales las advertencias se han esfumado. El oráculo nos ha abandonado en un período donde, pese a los adelantos de la modernidad, la desmesura, la inestabilidad, la radicalización, los dilemas éticos y la hibris del poder tecnológico, nos sacuden de forma desoladora a escala global: fanatismos políticos y religiosos, corrupción, tráfico de armas, mujeres, niños, y órganos, químicos que danzan en ríos y océanos, divulgación de noticias falsas, verdades a medias, aturdimiento y personajes que desconociendo principios fundamentales juegan a ser salvadores de un mundo desgarrado por el absurdo. Se trata de la maldad, “pecado original” que con su narrativa cruel, sensacionalista y enrevesada indica un declive gradual de la sensibilidad, el raciocinio y la cultura a la vez que la pluralidad, lo variado y único de la existencia amenaza con extinguirse.
Es fundamental acercarse con valentía y sinceridad a las facetas reprimidas que habitan el inconsciente personal y colectivo. Contactar con sus capacidades transformadoras, iluminarlas con entendimiento, encausar el pensamiento, la razón y la emoción y, dejando de proyectar la mezquindad propia en los otros, asumir la responsabilidad como individuos.
Sanar las relaciones con honestidad, respeto y equidad forjan un humano prudente y lúcido. Así en los tiempos que corren suene extemporáneo