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Cuando el poder pretende regular hasta el aire que respiramos, el simple hecho de bailar en una acera se transforma en el manifiesto político más revolucionario de nuestro tiempo.
Por Lina María Múnera G. - muneralina66@gmail.com
Resulta fascinante —y a la vez sobrecogedor— ver cómo la libertad se abre paso por las costuras más insospechadas del autoritarismo. Mientras en Irán han comenzado los funerales del ayatolá Alí Jamenei y la incertidumbre de la guerra continúa en el ambiente, en las aceras de Teherán se libra otra batalla. Una sin drones ni armas de largo alcance, pero con guitarras eléctricas, sintetizadores y terrazas de café que desafían el monopolio del miedo. Es la revolución de lo cotidiano, la de una juventud que decidió que el futuro no se espera: se arrebata.
Si alguien le hubiera dicho a una mujer iraní hace cinco años que caminaría por la calle Iranshahr con el pelo suelto, camiseta de tirantes y enseñando el ombligo, habría dicho que esa era simplemente una locura. Hoy, esa audacia es paisaje urbano. Los cafés, que antes eran refugios semiclandestinos para el encuentro privado, se han tomado los andenes. Hay filas a las diez de la noche para tomar un sándwich, compartir una cerveza sin alcohol y escuchar música electrónica en vivo. Es el vitalismo estallando en la cara de una teocracia gris.
Con pequeños gestos, la libertad parcial ha florecido en el fango de la desesperación. El régimen, asfixiado por los frentes geopolíticos y la urgencia de mantener una cohesión social mínima, ha tenido que aflojar la mirada inquisidora en las esquinas. Es allí, en ese descuido del censor, donde las nuevas generaciones han ensanchado las grietas del sistema. Mina, una violinista local, lo resumía con lucidez al tocar sin velo en una esquina: sintió que recuperaba el control de su destino y que su relación con la ciudad cambiaba para siempre. Qué fuerza tan telúrica tiene la música cuando se convierte en un acto de desacato.
Por supuesto que esta no es la revolución definitiva. Algunos temen que solo sea el escape de vapor que necesita el régimen para que no estalle la olla a presión, una especie de equilibrio entre represión y “relajación moral” que le permita mantenerse. Las leyes restrictivas siguen intactas en Irán, las prisiones albergan a las activistas históricas y cambiar un hiyab por una blusa escotada no tumba un gobierno. Pero nunca se debe menospreciar el peso de los símbolos. Recuperar el cuerpo, el espacio público y el derecho a sonreír con el sexo opuesto bajo el sol no es una frivolidad; es alterar el tejido mismo del control estatal.
Para los jóvenes de Teherán, Isfahán o Mashad, estos hábitos nuevos son trincheras. Muchos de ellos consideran, con razón, que ganar un derecho que les pertenecía y les fue negado es ya una victoria definitiva. La juventud persa nos está dando una lección universal: cuando el poder pretende regular hasta el aire que respiramos, el simple hecho de bailar en una acera se transforma en el manifiesto político más revolucionario de nuestro tiempo. Al final, la cultura demuestra ser el idioma más indomable, capaz de devolverle la vida, los colores y las melodías a una ciudad que la intolerancia pretendía enmudecer.