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La pasión política

El centrismo no tiene hoy en Colombia fuerza alguna para ser por lo menos fiel de la balanza.

hace 5 horas
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  • La pasión política

Por Alberto Velásquez Martínez - opinion@elcolombiano.com.co

Lograr en la política del trópico un debate electoral racional, menos apasionado, es como obtener la cuadratura del círculo. Un imposible. No es sino mirar el que ahora se desarrolla en Colombia, país radicalizado hasta el cogollo y en donde no se ha quedado agravio escondido que lanzar contra opositores y aun contra socios políticos.

El país se mueve hoy alrededor de la radicalización. No admite razones, y menos términos medios en la contienda y en los principios en discusión. Las extremas llenan los espacios ideológicos. Es blanco o negro. Los pacifistas no tienen cabida porque el escenario de las confrontaciones se volvió gallera. Y el cortejo de los pugnaces, según dice el filósofo español Josep Ramoneda en su libro Después de la pasión política, lo conforman los actores y electores que se mueven entre la frivolidad y el oportunismo. Eso da pie para que Ramoneda exagere describiendo el centro político como “una de las fabulaciones, el lugar ideal para pronunciar la disolución de la política. Un territorio sin principios, que practica la cultura del eufemismo, un espacio vacío en el que las ideologías se neutralizan y se desdibujan”. Y remata la que, para nosotros, es una descripción excesiva: “El centro no existe, nadie es de centro, es un eslogan, su vanguardia es el conformismo, una vanguardia descafeinada, sin rostro, una expresión del vaciado político, expresión aséptica de una hegemonía ideológica a la que siempre ha estorbado la política democrática”.

Sin embargo, algo de esa película proyectada por el politólogo catalán se está entreviendo en el polarizado espectáculo del debate electoral colombiano. Quienes han enarbolado las banderas del centro se van quedando sin votantes, porque su discurso se confunde, quizá erróneamente, con las dubitaciones, con el equilibrismo. Y esa falta de rigor para tomar posiciones definitorias y cautivar con propuestas que calen en el votante –espacio centrista copado por un candidato inteligente y decente, y por otra vociferante y contradictoria– ha facilitado que el panorama político lo llenen las extremas. La de izquierda y la de derecha, que aparecen en las encuestas con el favoritismo electoral. Así, los centristas se quedan sin votos, mirando con preocupación el alto grado de sectarismo que corrompe el sistema político. Los que se apartan de los dogmatismos aparecen en las encuestas como fantasmas, en vía de extinción electoral.

El centrismo no tiene hoy en Colombia fuerza alguna para ser por lo menos fiel de la balanza. Está desaparecido del escenario. Se quedará en mitad de camino, perdiendo toda esperanza, como alma en pena, de llegar a la segunda y definitiva vuelta presidencial. El voto se aferra a lo apasionado. Oscila entre el miedo y el revanchismo.

En este debate, en el que además hay algunos actores que alegran el circo, no ha sido escaso el aventurero al que su palabra “se toma bajo sospecha, porque en su accionar político nada se dice en función de lo que significa, sino en clave de estrategias y tácticas”. Las mismas con las cuales esperan un puesto, un contrato, alguna canonjía como premio de consolación a su interesada como penúltima adhesión.

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