Pico y Placa Medellín
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Ingeniero civil con maestrías en Finanzas de la Universidad EAFIT y Administración de City, University of London. Ha sido analista financiero, consultor en estrategia y director de Planeación. Su trayectoria combina el análisis cuantitativo con la comprensión económica de empresas y regiones. Apasionado por los desafíos que despiertan su curiosidad, Mateo plantea lo que Medellín requiere para consolidarse como destino global sostenible.
Nos protegerá lo construido —en concreto, en conocimiento y cohesión social— entre un sismo y el siguiente.
Por Mateo Castaño Sierra - @matecastano
Tras el sismo del 10 de agosto revivió una leyenda urbana: que a Medellín la protege el batolito antioqueño, esa gran masa de roca sobre la que se asienta buena parte del Valle de Aburrá. Y la geografía pareció darle la razón: Medellín y Cali están casi equidistantes del epicentro en San José del Palmar, y a Cali le fue mucho peor. Pero conviene decirlo con cabeza fría: el batolito existe, es un suelo rígido y competente, y aun así no es un escudo. La NSR-10 —nuestra norma de sismorresistencia— pone a Medellín en zona de amenaza sísmica intermedia, exactamente igual que a Cali. Esta vez hubo, sobre todo, suerte: la intensidad con que se siente un sismo depende del tipo de onda que genera y de cómo cada suelo la amplifica o la atenúa. Y eso es particular de cada sismo. Del próximo no sabemos nada.
Lo que pasó en Cali es una lección de sismorresistencia. El daño no se repartió al azar: se concentró en comunas de clase media del centro-sur. Solo la comuna 19, sobre el abanico del río Cañaveralejo, aportó la mitad de los colapsos y más de la mitad de los fallecidos en apenas el 4% del área urbana. Lo notable es que eso podría decir uno estaba escrito: el estudio de microzonificación sísmica de Cali advertía que allí el suelo podía demandar hasta 0,40 gravedades, cuando la norma nacional exige diseñar para 0,25. Un 60% más. Y aquí la paradoja: la norma es de obligatorio cumplimiento, pero el estudio que la perfecciona no ha sido incorporado a la regulación de la ciudad —sí lo hizo Bogotá desde 2010—. Es decir, la carga sísmica de algunas edificaciones caleñas pudo haberse subestimado.
Y lo de Cali es lo de Medellín. Tenemos microzonificación sísmica desde 1998 —casi 30 años— y tampoco la hemos incorporado a nuestra normativa urbanística. Según ese estudio, en algunas zonas de la ciudad la aceleración del suelo puede llegar a 0,25 gravedades pero por NSR-10 diseñamos para 0,15. Estamos subestimando la carga sísmica hasta en 66%.
Esto no significa que nuestras edificaciones estén mal hechas. El diseño sísmico acumula decenas de factores de seguridad: de importancia, de irregularidad en planta y altura, de sobreestimación de cargas, de subestimación de la resistencia del concreto y del acero. Pero podemos hacerlo mejor, y ahora tenemos evidencia de que hacerlo mejor salva vidas.
¿Qué toca? Actualizar microzonificación de Medellín e incorporarla a la norma urbanística, vía POT o decreto distrital, como Bogotá. No es una panacea: solo cobija estructuras nuevas o repotenciadas y encarecerá algunas obras —y con ella precios—. Probablemente salve vidas cuando venga el próximo sismo. Porque vendrá; el asunto es estar mejor preparados.
Queda un dato que ninguna norma recoge: más de $2 billones en donaciones, del ciudadano de a pie al gran empresario. Esa solidaridad no es el final; es parte de la preparación. Una sociedad cohesionada responde más rápido, se recupera antes y exige mejores normas: la solidaridad también es sismorresistencia. Porque el día que vuelva a temblar no nos protegerá el batolito. Nos protegerá lo que hayamos construido —en concreto, en conocimiento y cohesión social— entre un sismo y el siguiente.
Ingeniero civil con maestrías en Finanzas de la Universidad EAFIT y Administración de City, University of London. Ha sido analista financiero, consultor en estrategia y director de Planeación. Su trayectoria combina el análisis cuantitativo con la comprensión económica de empresas y regiones. Apasionado por los desafíos que despiertan su curiosidad, Mateo plantea lo que Medellín requiere para consolidarse como destino global sostenible.