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¿Murió el amor entre profesores y alumnos?

La responsabilidad no recae únicamente sobre el profesor, sino sobre un andamiaje que prefirió burocratizar la enseñanza, rebajar estándares y despojar al maestro del prestigio social y económico que merecía.

hace 2 horas
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  • ¿Murió el amor entre profesores y alumnos?

Por Diego Santos - @diegoasantos

Esta semana de receso me crucé con tres autores cuyas páginas me devoré con un apetito tardío pero voraz. Juan Rulfo, Roberto Bolaño y Clarice Lispector. En concreto, Pedro Páramo, Los detectives salvajes y La hora de la estrella. Me da mucha vergüenza admitir que la literatura latinoamericana nunca fue mi devoción. A Rulfo lo vine a descubrir hasta hace unos años, y mal; a Bolaño lo había hojeado años atrás con aburrimiento; y de Lispector ignoraba absolutamente todo.

El fogonazo que encendió este banquete no provino de un claustro académico ni de una selecta lista escolar. Nació, sí, de un podcast literario maravilloso conducido por el escritor español Javier Peña, titulado Grandes infelices. Más allá de sugerirles que se zambullan en el genio de estos autores, que apenas asoman como una mínima punta del inmenso iceberg literario de la región, me detengo en el camino que me llevó a sacudir el polvo de mi profunda ignorancia de las letras latinoamericanas.

El trayecto del que les hablo me dejó al descubierto la profunda fractura que hoy separa el vínculo entre docentes y alumnos y que, a mi juicio, es la principal causa de alejamiento entre los jóvenes con la educación tanto escolar como universitaria.

Si bien la curiosidad suele ser un impulso innato, el oficio de cultivarla y darle filo solía ser la mayor responsabilidad de los profesores de colegio y universidades. En algún punto del camino -¿Cuándo? No sé- esa complicidad se quebró. El estudiante dejó de representar para el docente una responsabilidad intelectual para transformarse en un trámite o, peor aún, en una carga pesada y tediosa de calificar. Este divorcio no es un fenómeno de ayer por la tarde, sino un vicio arraigado que lleva décadas marchitando el propósito y potencial educativo.

En la actualidad, esa sed de conocimiento ya no se apaga en pupitres desgastados ni frente a profesores atados a programas desactualizados. La calma y la alimenta una biblioteca digital infinita que nos bombardea desde múltiples formatos, accesible al instante y casi siempre sin costo. Es cierto que no existe privilegio superior al de toparse con un docente apasionado que funcione como brújula para encarrilar el asombro y exigir criterio, pero esa figura se volvió un ave exótica en nuestra sociedad.

Y este es el verdadero desafío que enfrentan hoy los educadores y los centros de enseñanza. Su tarea principal debería ser reconquistar un terreno que cedieron por inercia o por la comodidad que trajo la era digital en este siglo.

La responsabilidad no recae únicamente sobre los hombros del profesor individual, sino sobre un andamiaje institucional que prefirió burocratizar la enseñanza, rebajar los estándares y despojar al maestro del prestigio social y económico que merecía.

Si las aulas se resignan a competir con el teléfono ofreciendo lecciones mecánicas, la batalla está perdida de antemano. El reto inaplazable consiste en volver a despertar la fascinación por el pensamiento, antes de que el salón de clases termine reducido a un mero repositorio telarañudo de diplomas sin valor.

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